Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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LA MUJER DETRÁS DEL ESPEJO
El club se llamaba *Athenaeum*. No aparecía en ninguna guía turística, ni en ningún registro público de Manhattan. Ocupaba los tres últimos pisos de un edificio discreto en Gramercy Park, con acceso exclusivo para mujeres cuyo patrimonio familiar superaba los nueve ceros.
Victoria Sterling me recibió en el salón privado del piso dieciocho.
No había guardaespaldas. No había asistentes. Solo ella, sentada junto a una mesa de caoba con dos copas de coñac intactas, vestida con un traje sastre color hueso que costaba más que mi primer coche. El cabello gris recogido en un moño perfecto. Los ojos —los mismos ojos grises de Patrick, pero más afilados, más viejos, más peligrosos— clavados en los míos.
—Señorita Vasquez —dijo, sin levantarse—. Siéntese.
Me senté. No toqué la copa.
—¿Dónde está Clara?
—Clara está en un lugar seguro. —Victoria tomó un sorbo lento de su coñac—. Más seguro del que usted le habría ofrecido.
—No me gusta el juego de las adivinanzas.
—A mí tampoco. —Dejó la copa con un clic suave—. Por eso seré directa. Usted lleva semanas orquestando la destrucción de mi futura nuera. Ha contratado investigadores. Ha movido dinero a través de fundaciones ficticias. Ha hackeado sistemas de seguridad de mi empresa. Y lo ha hecho con una precisión que solo puede venir de alguien que conoce los movimientos de su objetivo antes de que los haga.
El aire se espesó.
—No sé de qué...
—No mienta. —La voz de Victoria no subió de tono. No necesitaba hacerlo—. Mi hijo es un romántico. Yo no. He revisado cada centavo que su hermano ha movido en los últimos dos meses. He leído cada correo que Clara ha enviado desde el piso 65. He visto las cámaras que usted creía que había desactivado.
Cerré los ojos un segundo.
Victoria Sterling no era Silvia. Silvia era una niña jugando a ser depredadora. Victoria era la depredadora que había devorado a tres generaciones de hombres de negocios y seguía teniendo hambre.
—¿Qué quiere? —pregunté, con la voz más firme de lo que me sentía.
—Quiero que deje de destruir a Silvia.
La risa casi se me escapó. Casi.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque Silvia, con todos sus defectos, es útil. —Victoria me miró con una calma glaciar—. Su secreto la hace controlable. Su necesidad de validación la hace predecible. Su miedo la hace leal. Usted, en cambio, es ninguna de esas cosas.
—Eso suena a cumplido.
—No lo es. —Se inclinó hacia adelante—. Usted es el tipo de mujer que destruye imperios por deporte. Mi hijo lo ve. Yo también. Y por eso debe irse.
—¿Irme? ¿De Sterling Holdings? ¿De la ciudad? ¿Del país?
—De la vida de mi hijo. —Cada palabra fue un bisturí—. Acepte el dinero que le ofrezca. Retire su propuesta asiática. Vuelva a su loft en Tribeca y deje que Patrick se case con Silvia. En seis meses, ella le dará un heredero. En un año, yo me encargaré de que la saquen discretamente de la empresa. Y usted podrá reconstruir Vasquez Group con los fondos que le daré. Suficientes para que nunca más tenga que jugar a ser peligrosa.
—¿Y si me niego?
Victoria sonrió. Una sonrisa que no tenía nada de humana.
—Entonces tendré que recordarles a usted y a su hermano por qué los Vasquez estuvieron a tres semanas de la bancarrota la primera vez.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué está insinuando?
—Estoy insinuando —dijo, sacando una carpeta de su bolso—, que el "accidente" que casi destruyó a su familia no fue mala gestión. Fue una advertencia. Una advertencia que su padre ignoró. Y por la que pagó con la vida.
La carpeta se abrió sobre la mesa. Fotografías. Documentos. Estados bancarios. Y una imagen que me heló la sangre.
Mi padre. Reuniéndose con Victoria Sterling, tres días antes de que el coche se saliera de la carretera en los Hamptons.
—Su padre —continuó Victoria, con esa voz clínica de quien describe un experimento—, iba a exponer una operación de Sterling Holdings que habría costado miles de empleos. Le ofrecí salir de eso con dignidad. Él se negó. Así que tuve que tomar medidas.
—Usted lo mató.
—Yo protejo lo que es mío. —No hubo remordimiento. Ninguno—. Y ahora, usted está haciendo exactamente lo que él hizo. Amenazando lo que es mío.
—Patrick no es suyo.
—Todo lo que lleva el apellido Sterling es mío. —Se puso de pie—. Tiene veinticuatro horas para aceptar mi oferta. Después, le mostraré lo que les hago a las mujeres que se interponen en mi camino.
Me puse de pie también. Las piernas me temblaban, pero la voz no.
—Victoria. —La llamé por su nombre de pila por primera vez—. Usted cometió un error.
—¿Cuál?
—Creer que yo soy mi padre.
Salí del salón antes de que pudiera responder. Bajé las escaleras de servicio, ignorando el ascensor, ignorando todo excepto la necesidad de aire.
En el vestíbulo, un hombre de seguridad me abrió la puerta.
—Señorita Vasquez, su coche la espera.
—No he pedido ningún coche.
El hombre frunció el ceño. Miró hacia atrás. Luego, con una incomodidad evidente:
—Me dieron instrucciones de la señora Sterling.
Salí a la calle. Y allí estaba.
No era un coche.
Era Patrick.
De pie junto a un sedán negro, con el rostro pálido como el papel, los puños apretados, los ojos grises ardiendo con algo que no había visto nunca en él.
Furia.
Pura. Destilada. Familiar.
—Suba —dijo, abriendo la puerta del copiloto.
—¿Cómo sabe que estuve aquí?
—Porque llevo siguiéndola desde que salió de mi casa esta mañana. —Su voz era un hilo de acero—. Porque no confío en mi madre. Y porque —hizo una pausa, y algo en su expresión se quebró—, porque tengo sueños, Elena. Sueños donde usted muere. Donde su hermano muere. Donde mi firma destruye todo lo que usted ama. Sueños que no deberían ser posibles.
Me quedé quieta en la acera. La lluvia había vuelto. Fina. Helada.
—Suba, Elena. —Su voz se quebró—. Por favor. Antes de que mi madre envíe a alguien peor que yo.
Subí.
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El coche arrancó en silencio. Patrick conducía con las dos manos apretadas al volante, los nudillos blancos. Manhattan pasaba por las ventanas como una película muda.
—¿Qué le dijo? —preguntó finalmente.
—Que mi padre no murió en un accidente.
El coche dio un volantazo. Patrick lo corrigió. Respiró hondo.
—Lo sé.
Lo miré.
—¿Qué?
—Lo sé, Elena. —Su voz era un susurro—. Lo descubrí hace tres años. Iba a enfrentarla. Iba a destruirla. Pero entonces ella me mostró las pruebas de que, si lo hacía, la empresa colapsaría. Veinte mil empleos. Pensiones. Familias. Me chantajeó con la culpa. Y yo —se pasó una mano por el cabello—, yo cedí.
—Patrick...
—He sido cómplice. —Los ojos grises se llenaron de algo que no era lágrimas, pero se parecía—. De la muerte de su padre. De la destrucción de su familia. Y usted vino a Sterling Holdings buscando venganza, y yo —idiota de mí— me enamoré de usted sin saber lo que le había hecho.
No dije nada.
Porque no era eso.
No era venganza.
Era supervivencia.
Era la única forma que tenía de no volverme loca recordando la otra vida. La única forma de asegurarme de que Lucas no muriera en una carretera. De que mi madre no muriera de pena. De que yo no terminara en un apartamento de Queens firmando papeles de bancarrota.
—Patrick —dije, con la voz baja—. Tengo que pedirle algo.
—Lo que sea.
—Necesito que me deje terminar lo que empecé.
Él me miró. Largo rato. Y en sus ojos vi algo que me rompió el corazón.
No era amor.
Era *reconocimiento*.
El mismo reconocimiento que yo sentía cuando lo miraba. Como si nos hubiéramos conocido antes. Como si algo entre nosotros fuera más antiguo que esta vida.
—¿Qué le pasó a mi padre, Elena? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Por qué lo mató mi madre?
Cerré los ojos.
Y entonces, el teléfono de Patrick sonó.
Lo miró. Palideció.
—Es Lucas.
—¿Qué?
—Está en el hospital. —Patrick me pasó el teléfono, con las manos temblando—. Dice que fue un accidente. Dice que necesita que vaya inmediatamente.
Tomé el teléfono.
—¿Qué accidente?
—No lo sé. —Patrick apretó el volante—. Pero Elena... —me miró, y en sus ojos vi el terror puro—, Lucas no tiene coche. Nunca ha tenido coche. Le da pánico conducir desde que su padre murió.
El mundo se detuvo.
Porque Lucas no conducía.
Pero alguien, esta noche, había querido que yo creyera que sí.
Alguien quería que corriera al hospital.
Alguien quería sacarme de ese coche.
Alguien que sabía exactamente cómo manipularme.
Miré a Patrick.
Y supe, con esa certeza que solo viene de haber vivido dos vidas, que Victoria Sterling no había terminado.
Que apenas empezaba.
—Patrick —dije, con la voz más fría que me fue posible—, no vamos al hospital.
—¿Qué?
—Vamos a Sterling Holdings. —Abrí la puerta del coche mientras todavía se movía—. Porque si Lucas está en peligro, la única persona que puede protegerlo es la que está en el piso 65, con acceso a todas las cámaras de la ciudad.
—¿Clara?
—Clara. —Salí a la lluvia—. Y esta vez, no voy a pedirle permiso a nadie.
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