🎄 El esposo que apareció en invierno
Una joven de 18 años es abandonada por el amor de su vida justo cuando descubre que está embarazada de cuatrillizos. Sin familia, sin apoyo y completamente rota, termina viviendo uno de los momentos más difíciles de su vida… hasta que el destino interviene.
Una noche fría de invierno, es encontrada desmayada en la calle con fuertes dolores por un hombre desconocido que decide ayudarla y llevarla al hospital. Allí, un malentendido con los medios los obliga a fingir ser esposos para evitar el escándalo. Lo que comienza como una mentira por necesidad, se convierte en un matrimonio real.
Él, un hombre que siempre soñó con ser padre pero que fue herido por una relación pasada, decide aceptar a la joven y a sus cuatrillizos como su familia. Les da su apellido, los protege y los presenta ante su propia familia en plena Navidad, como su esposa y sus hijos.
Entre momentos de dolor, protecció.
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Capitulo 23: El mapa escondido
El amanecer llegó acompañado de una espesa neblina.
La mansión Valcárcel parecía envuelta en un manto blanco mientras todos se preparaban para el viaje.
Ricardo estaba convencido de que el mapa señalaba una antigua propiedad familiar ubicada en las montañas.
Un lugar del que casi nadie hablaba.
Un lugar que había permanecido abandonado durante décadas.
Y tal vez...
un lugar donde se escondía la verdad.
Lucía ayudó a Adrián a preparar algunas cosas.
Aunque intentaba parecer tranquila, la preocupación era evidente.
—Todavía no me gusta esta idea.
Confesó.
Adrián sonrió.
—Solo iremos a investigar.
—Eso dijiste la última vez.
Y terminaste encontrando una fortuna perdida.
Él soltó una pequeña carcajada.
—Prometo regresar pronto.
Lucía bajó la mirada.
Y antes de darse cuenta, acomodó la corbata de Adrián.
Un gesto sencillo.
Pero tan natural que ambos se quedaron en silencio durante unos segundos.
—Cuídate.
Susurró ella.
—Siempre.
Respondió él.
Por un instante parecieron olvidar todo lo que los rodeaba.
Hasta que Isabella apareció.
—¿Interrumpo algo?
Preguntó con una sonrisa traviesa.
Los dos se separaron inmediatamente.
—¡Isabella!
Protestó Lucía.
La joven soltó una carcajada.
—Era broma.
Aunque no parecía tan broma.
Poco después, Adrián, Alejandro y Esteban partieron hacia las montañas.
El viaje duró varias horas.
Mientras avanzaban por caminos cada vez más antiguos y estrechos, el paisaje cambiaba.
Bosques.
Ríos.
Colinas cubiertas de vegetación.
Y finalmente...
las ruinas de una enorme propiedad.
—Llegamos.
Dijo Ricardo por teléfono cuando Adrián le envió una fotografía.
El anciano observó la imagen desde la mansión.
Y por un momento quedó en silencio.
—No puede ser.
Murmuró.
—Todavía sigue en pie.
La vieja mansión parecía detenida en el tiempo.
Las paredes estaban desgastadas.
Las ventanas cubiertas de polvo.
Y la naturaleza había comenzado a reclamar el lugar.
Pero aun así conservaba cierta majestuosidad.
Como si guardara secretos que se negaban a desaparecer.
—Es enorme.
Comentó Esteban.
—Mucho más de lo que imaginaba.
Alejandro observó los alrededores.
—Si el medallón está aquí...
lo han escondido muy bien.
Los tres comenzaron a explorar.
Habitación tras habitación.
Pasillo tras pasillo.
Encontraron muebles antiguos.
Cuadros.
Libros.
Objetos cubiertos por décadas de polvo.
Pero nada relacionado con el medallón.
Horas después estaban a punto de rendirse.
Hasta que Adrián encontró algo extraño.
Una marca.
Exactamente igual a la que aparecía en el mapa.
Tallada en una pared.
—Aquí.
Dijo.
Los otros corrieron hacia él.
La marca señalaba una biblioteca antigua.
Llena de estanterías enormes.
Miles de libros cubrían las paredes.
Pero había algo diferente en una sección específica.
Una estantería parecía más nueva que las demás.
—Ayúdenme.
Pidió Adrián.
Los tres empujaron.
Y de pronto ocurrió.
La estantería comenzó a moverse lentamente.
Revelando una puerta oculta.
El corazón de todos se aceleró.
—No puedo creerlo.
Murmuró Esteban.
Adrián abrió la puerta.
Y una escalera descendió hacia la oscuridad.
La linterna iluminó el camino.
Paso a paso bajaron.
El aire era frío.
Pesado.
Como si nadie hubiera entrado allí durante generaciones.
Finalmente llegaron a una pequeña cámara subterránea.
En el centro había un cofre.
Antiguo.
Cubierto de polvo.
Y marcado con el símbolo familiar.
Nadie habló.
Durante varios segundos solo observaron.
Porque sabían que aquel momento podía cambiarlo todo.
Adrián respiró profundamente.
Y abrió el cofre.
Dentro encontraron documentos.
Cartas.
Fotografías.
Y una pequeña caja de terciopelo.
El corazón de Esteban comenzó a latir con fuerza.
—Ábrela.
Susurró.
Adrián levantó la tapa lentamente.
Y todos quedaron inmóviles.
Porque dentro descansaba un medallón de plata.
Exactamente igual al de la fotografía.
Exactamente igual al descrito en las cartas.
Habían encontrado el medallón perdido.
Pero la sorpresa no terminó allí.
Debajo había otro documento.
Uno mucho más reciente.
Y cuando Adrián comenzó a leerlo, su expresión cambió por completo.
—No...
Murmuró.
—Esto no puede ser.
—¿Qué ocurre?
Preguntó Alejandro.
Adrián levantó lentamente la vista.
Con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
—Según este documento...
la verdadera fortuna jamás desapareció.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
Preguntó Esteban.
—Alguien la ha estado administrando durante generaciones.
Todos se quedaron sin palabras.
Porque aquello significaba que la persona detrás del secreto seguía existiendo.
Y probablemente también sabía que ellos habían encontrado el medallón.
Muy lejos de allí, el hombre del automóvil oscuro recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Y sonrió.
Una sonrisa fría.
Peligrosa.
—Así que encontraron el medallón.
Perfecto.
Porque ahora comienza la verdadera historia.