Valeria Montes dedicó cinco años a cuidar al hombre que amaba. Cuando Adrián por fin se recupera, descubre la verdad: él se casó con ella para conseguir que el prestigioso profesor Gabriel Ferrer lo operara y ahora planea divorciarse, entregarle el bebé a su amante y dejarla con las manos vacías.
Pero Adrián ignora algo: el embrión implantado en Valeria no lleva su material genético. Todo apunta a Gabriel, el brillante y distante cirujano que fue su mentor… y que jamás logró olvidarla.
Decidida a proteger a su hijo, Valeria reúne pruebas, recupera los bienes que los Del Valle le arrebataron y presenta el divorcio. Sin embargo, escapar no será fácil. Su matrimonio sostiene un fideicomiso millonario, y la familia de Adrián está dispuesta a todo para impedir que se marche.
Mientras antiguos crímenes salen a la luz y varios accidentes revelan un patrón mortal, Gabriel regresa para protegerla. Esta vez, Valeria no piensa soportar otra humillación.
Adrián creyó que ella nunca lo abandonaría. Su amante creyó que podría reemplazarla. Ambos estaban equivocados.
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Capítulo 24
Capítulo 24 — Invitemos a la amante a la gala de aniversario
—Se me ocurrió una idea para arreglar lo del escándalo —dijo Valeria Montes una mañana, sirviéndole el café a Adrián Del Valle con una dulzura que él ya empezaba a creerse.
—¿Qué idea? —preguntó él, atento como no lo había estado en tres años.
—Nuestro tercer aniversario de boda es dentro de dos semanas. —Ella removió su taza con delicadeza—. ¿Y si lo celebramos a lo grande? Una velada, invitados de peso, prensa. Y para que no parezca frívolo en medio de todo esto, lo unimos a una subasta benéfica. La gente vería a un matrimonio sólido y generoso, no a un escándalo. La cotización se recuperaría. Y de paso, callaríamos muchas bocas.
Adrián Del Valle la miró con algo parecido a la gratitud. Ahí estaba de nuevo esa mujer sensata, capaz, que pensaba en la familia y en la empresa incluso después de todo lo que él le había hecho. Comparó, sin poder evitarlo, aquella serenidad con los gritos y las exigencias de Sofía Mendoza, y por primera vez la comparación no favoreció a la amante.
—Es una idea brillante —dijo—. Me encargo de todo. Lo que necesites.
—Lo que necesite —repitió ella, sonriendo por dentro.
Lo que Valeria Montes necesitaba era exactamente eso: que él firmara los cheques. Una gala de esa envergadura, con subasta benéfica, costaría una fortuna. Y cada moneda saldría del bolsillo de Adrián Del Valle. Recuperar la imagen pública, sí; pero también desangrarlo, obligarlo a exhibir generosidad delante de todos, y en el mismo golpe, tender una trampa exquisita.
Porque Valeria Montes pensaba invitar a Sofía Mendoza.
Esa tarde, cuando Adrián Del Valle dejó el teléfono sobre la mesa para ir a atender una llamada de la oficina, Valeria Montes lo tomó sin prisa. Buscó el número de Sofía Mendoza —lo tenía memorizado desde hacía tiempo— y marcó. Dejó que sonara una vez, dos. Cuando la línea se abrió al otro lado, ella no habló hacia el teléfono. Habló hacia Adrián Del Valle, que justo regresaba, alzando la voz apenas lo suficiente.
—Amor —dijo, melosa, mirándolo a los ojos mientras el teléfono, boca arriba sobre la mesa, transmitía cada palabra—, gracias por lo del aniversario. Tres años. Nunca me habías organizado nada así. Sé que a veces discutimos, pero eres el único hombre al que he querido. Y sé que tú también me amas a mí, ¿verdad?
Adrián Del Valle, que no había notado la llamada abierta, parpadeó confundido ante aquel arrebato inesperado.
—Eh… claro, Vale. Claro que te amo.
—Dilo otra vez —ronroneó ella—. Que me amas a mí. Solo a mí.
—Te amo a ti. Solo a ti.
Al otro lado de la línea, en su piso, Sofía Mendoza escuchó cada sílaba con el auricular temblándole en la mano. La sangre se le fue del rostro y luego le volvió de golpe, ardiendo.
—¿«Solo a ti»? —siseó cuando pudo hablar, aunque ellos ya habían colgado sin oírla—. ¿«El único hombre al que he querido»? ¡Maldita zorra!
Colgó y marcó a Adrián Del Valle como una posesa. Él contestó al salir del salón, y tuvo que apartarse el teléfono de la oreja ante el chillido.
—¿Con que muy enamorado de tu esposita? —le gritó Sofía Mendoza—. ¿Tres años de matrimonio y una gran fiesta para ella? ¿Y yo qué, Adrián? ¿Yo qué soy para ti, mientras le juras amor eterno a esa impostora?
—Sofía, cálmate, no es lo que crees…
—¡Quiero ir! —lo cortó ella—. Quiero ir a esa fiesta. Quiero ver con mis propios ojos cómo actúas ahí, delante de todos. Y quiero que me demuestres, delante de esa gente, que la que te importa soy yo. Si no me invitas, se acabó, ¿me oyes? Se acabó de verdad esta vez.
Adrián Del Valle cerró los ojos, atrapado entre dos fuegos. Sabía que llevarla era una locura. Sabía también que negarse podía provocar en Sofía Mendoza un ataque de furia capaz de detonar otro escándalo justo cuando intentaba apagar el anterior.
—Está bien —cedió, bajando la voz—. Vendrás. Pero discreta. Y en la subasta… te compraré algo. Delante de todos, si eso te tranquiliza. Una prueba de que a la que quiero es a ti.
—Más te vale que sea algo caro —replicó ella, súbitamente aplacada—. Algo que valga lo que me haces sufrir.
Cuando Adrián Del Valle volvió al salón, se guardó el teléfono con una sonrisa forzada. No sabía que Valeria Montes lo había visto todo desde el sofá, y que sabía perfectamente con quién había hablado, y para qué.
—¿Todo bien? —preguntó ella, inocente.
—Todo bien. Cosas de la oficina.
—Menos mal. —Ella se estiró para acomodarle el cuello de la camisa, un gesto conyugal impecable—. Ah, otra cosa. La abuela quiere donar algo importante para la subasta. Dijo que aportará sus aretes de esmeralda. Las piezas de familia.
Adrián Del Valle asintió, distraído. Valeria Montes, en cambio, tenía cada movimiento medido. Aquellos aretes de esmeralda, herencia de la abuela, serían la joya estrella de la noche.
—Cuando salgan a subasta —añadió, casual—, deberías pujar por ellos y quedártelos, amor. Sería un desperdicio que fueran a parar a manos de un extraño. Y quedaría precioso: el nieto recuperando las joyas de la abuela para la familia. La prensa lo adoraría.
—Tienes razón —dijo Adrián Del Valle, sin sospechar el precio que aquello alcanzaría en una puja frente a otros millonarios—. Los recupero yo.
Valeria Montes sonrió y volvió a su asiento.
En una sola tarde había conseguido tres cosas. Que Adrián Del Valle pagara la gala entera. Que él mismo hubiera invitado a su amante a la celebración de su aniversario, cavando su propia tumba social. Y que se comprometiera a gastar una fortuna pujando por los aretes de la abuela mientras, en secreto, le había prometido a Sofía Mendoza otro regalo carísimo para «demostrarle su amor».
Dos mujeres. Dos regalos. Una sola cuenta bancaria vaciándose. Y una noche, la del aniversario, en la que todos aquellos hilos tensados por su mano se cruzarían al fin sobre el mismo escenario.
Valeria Montes bebió su café, tranquila, contando los días.
Un solo movimiento, dos pájaros abatidos, pensó. Y el más divertido todavía está por venir.