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El bebé que nunca fue de mi esposo

El bebé que nunca fue de mi esposo

Status: En proceso
Genre:Doctor / Vientre de alquiler / Amante arrepentido
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell



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Capítulo 20

Capítulo 20 — Sofía quiere ocupar el lugar de Valeria

Valeria Montes tenía dos cajas fuertes ahora: una con las pruebas de Laura Campos, guardadas para el momento exacto; otra, en su cabeza, con la fotografía que había tomado semanas atrás sin que nadie lo notara.

En ella, Adrián Del Valle abrazaba a Sofía Mendoza junto al arriate del hospital, la boca de él en el pelo de ella, las manos de ella en su pecho. Nítida. Inconfundible. La había guardado como quien guarda una llave, esperando la cerradura adecuada.

La cerradura llegó una mañana cualquiera, en forma de una periodista de espectáculos hambrienta de una primicia.

Valeria Montes hizo llegar la fotografía por un canal limpio, imposible de rastrear hasta ella, acompañada de datos suficientes para que la historia se sostuviera sola: nombres, cargos, fechas. No añadió su versión. No hizo falta. La imagen hablaba, y el apellido Del Valle hacía el resto.

A mediodía, la noticia estalló en las redes.

«El heredero de un imperio empresarial engaña a su esposa con una aristócrata venida a menos.»

El titular corrió como pólvora. El Grupo Del Valle acababa de salir a bolsa; el nombre estaba en boca de todos los inversores del país. Y de pronto, en lugar de balances y proyecciones, lo que circulaba era una fotografía del director del grupo con la lengua enredada en el pelo de su amante.

En su oficina, Roberto Del Valle —el suegro— estrelló la taza de café contra la pared. La porcelana estalló en mil pedazos, el líquido chorreó sobre el papel tapiz importado.

—¡Esto va a hundir la cotización! —rugió, con la cara amoratada—. ¡Acabamos de salir al mercado y este imbécil nos regala esto! ¿Dónde está Adrián? ¡Que venga ahora mismo!

Pero Adrián Del Valle no podía venir. Adrián Del Valle estaba atrapado.

Un enjambre de periodistas había rodeado el edificio donde vivía Sofía Mendoza. Cámaras, micrófonos, flashes. Cuando él intentó salir por el garaje, lo interceptaron; cuando intentó volver a subir, lo grabaron huyendo. Cada movimiento suyo alimentaba el escándalo. En cuestión de horas, los temas se encadenaron unos con otros como una avalancha: la infidelidad, la identidad de la amante, la ruina de la familia de Sofía Mendoza, y —el golpe final— el rumor de que la esposa engañada, embarazada y abandonada, había intentado quitarse la vida.

Ese último rumor también lo había sembrado Valeria Montes.

Esa misma tarde, ella lo había orquestado con frialdad quirúrgica. Llamó a Adrián Del Valle justo cuando sabía que estaba con Sofía Mendoza, y dejó que la voz le temblara al punto exacto.

—Adrián… ya lo vi todo. Está en todas partes. —Un sollozo perfectamente dosificado—. Si tanto la amas, no voy a estorbar. Prefiero irme. Prefiero desaparecer y dejarles el camino libre, a ti y al bebé también…

—¡Vale! ¡Vale, no hagas ninguna tontería! —El pánico en la voz de él fue instantáneo, real, porque en su tontería iba también el heredero—. ¡Espérame, voy para allá, no cuelgues!

Ella colgó. Llamó a una ambulancia a la villa. Después apagó el teléfono, se metió en la bañera con agua tibia y esperó, tranquila, mientras el pánico se propagaba por la ciudad como el fuego.

Adrián Del Valle cruzó la ciudad como un poseído, dejando atrás a los periodistas, imaginándose lo peor. Cuando llegó a la villa, la ambulancia estaba ahí, las luces girando en silencio. Se le doblaron las rodillas. Subió los escalones de tres en tres, gritando su nombre.

La encontró en la sala, envuelta en una bata, el pelo húmedo, tomando café con toda calma.

—Ah, llegaste —dijo ella, alzando la taza en un gesto sereno—. La ambulancia fue un malentendido de la servidumbre, ya se van. ¿Querías algo?

Adrián Del Valle se quedó plantado en el umbral, entre el alivio y una confusión que le revolvía las tripas. La había creído muerta. Y ahí estaba, intacta, mirándolo con esa serenidad nueva que no le conocía y que empezaba a inquietarlo más que cualquier llanto.

Valeria Montes lo observó por encima del borde de la taza. Lo había hecho correr. Lo había hecho temer. Lo había hecho medir, por primera vez en años, cuánto valía ella cuando amenazaba con desaparecer. No por amor —eso jamás—, sino por el poder que da ver a un hombre arrodillarse ante la posibilidad de perder lo que cree suyo.

Días después, ingresada por precaución médica a causa del embarazo, Valeria Montes recibió en su habitación de hospital una notificación en el teléfono. Un depósito. La periodista le había hecho llegar, discretamente, el pago por la exclusiva.

Sonrió. Dinero. Su propio dinero, ganado con sus propias manos, sin deberle nada a nadie. El primer ladrillo de una independencia que pensaba levantar hasta el cielo.

Mientras tanto, en las redes, la marea de comentarios cambiaba de rumbo. Los curiosos habían empezado a investigar a la esposa engañada, y lo que encontraron los dejó boquiabiertos: expediente académico brillante, una de las cirujanas más jóvenes y prometedoras del Metropolitano, mujer hecha a sí misma, sin un apellido poderoso que la respaldara. «¿Y esta mujer se dejaba pisotear por semejante hombre?», escribían unos, entre la admiración y la incredulidad. «Pobre. Otra mujer cegada por amor más», escribían otros, con esa crueldad fácil de quien juzga desde afuera.

Valeria Montes leyó los comentarios sin ofenderse. Que la creyeran una tonta enamorada. Cuanto más subestimaran, más margen tendría para maniobrar.

Dejó el teléfono sobre la mesita y cerró los ojos. Al otro lado de la puerta, en algún lugar de aquel mismo hospital, alguien recorría en ese instante los pasillos con paso tranquilo y bata blanca.

Porque aquel hospital, aunque ella aún no lo tuviera del todo presente, también era del profesor Ferrer. Él lo había fundado. Y en su territorio, tarde o temprano, todos los caminos volvían a cruzarse con el suyo.

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