A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 22
Cap 22: Huellas
El video empezó a correr y la sala lo siguió como si fuera una misa.
En blanco y negro, las dos figuras subieron la escalera. La de Camila adelante, la de Valentina dos pasos atrás. Entraron a la antesala del tocador. Camila se acomodó un mechón en el espejo. Valentina abrió su bolso. Dejó caer un objeto pequeño al piso —se vio el lipstick rodando un palmo—. Se agachó.
La mano izquierda de Valentina, en blanco y negro, pasó por debajo del clutch de Camila.
Salió con algo en el puño.
Algo que brillaba apenas, pero brillaba.
Cinco segundos.
Después Valentina se enderezó con el lipstick en una mano y el peine en la otra, como si nada.
Mauricio congeló la imagen. La pausa pesó en el salón como una respiración tomada de más.
—Hay una segunda cámara —dijo Mauricio, sin tono—. La de la vitrina, en el descanso. Capturó el momento en que la pieza fue extraída de su soporte, doce minutos antes. ¿La paso, patriarca?
—Pásala —dijo Don Augusto.
Mauricio cambió de cámara. En la vitrina del descanso, otra vez en blanco y negro, una mano enguantada —la mano de una mujer joven, la pulsera de tres aros perfectamente reconocible— levantó el collar de rubíes del terciopelo y lo escondió en el bolsillo interno de un saco corto. La cámara no tomó la cara, pero la pulsera era de Valentina. Doña Carmen la había bordado de regalo de quince años. La sala la reconoció sin que nadie tuviera que nombrarla.
Mauricio detuvo el video. Bajó la tablet.
—Eso es todo, patriarca.
* * *
Antes de hablar a la sala, Don Augusto le hizo a Mauricio una seña pequeña. Mauricio cargó la tablet hasta el patriarca. Don Augusto miró las dos cámaras en silencio, una a una, sin que el resto del salón pudiera ver la pantalla por el ángulo. Cuando terminó, cerró los ojos un segundo. Asintió.
—Mauricio. Pásalo al televisor de pared.
—Sí, patriarca.
Rodrigo Tejada —tío de Damián, esposo de Patricia, hombre de cincuenta y ocho años que llevaba toda su vida casado con una mujer más alta que él en todos los sentidos— se levantó de la mesa cinco.
—Don Augusto. Antes de que esto se proyecte. Le pido. Como hermano. Como padre.
—Rodrigo.
—Por respeto a Patricia.
Don Augusto no respondió enseguida. Lo miró tres segundos. Después habló sin alzar la voz, pero con la voz que el resto de la familia conocía como definitiva.
—Rodrigo. Yo respeto a Patricia veintiocho años más de los que tú llevas casado con ella. Por eso le voy a permitir verlo aquí mismo y no enterarse mañana por chisme de mesa. Siéntate.
Rodrigo se sentó.
Don Augusto se levantó.
No con prisa. Con el bastón firme en el piso. Setenta y tres años de espalda recta y mandíbula apretada.
Habló sin alzar la voz. No le hacía falta.
—Familia. Amigos. Lo que acaban de ver no necesita comentario de mi parte. Cada uno de ustedes tiene la información para llegar a la misma conclusión que yo. Lo que sí necesita comentario, y lo voy a hacer ahora, es la respuesta de esta casa.
Miró a Valentina. Después a Patricia.
—Valentina. Tienes dos opciones. Una: te disculpas con Camila Lazcano, en voz alta, frente a esta familia y estos invitados, esta noche. Dos: te vas de esta casa, ahora, sin discutir, y se cancela tu condición de heredera directa de la rama segunda. Eliges tú. Yo cuento hasta diez.
—Don Augusto —empezó Patricia—. Esto se puede arreglar—
—No es tu turno, Patricia.
—Pero—
—Tampoco esta noche.
Patricia bajó los ojos. Rodrigo Tejada, su esposo, le tocó el brazo con dos dedos —un gesto que pedía silencio, no apoyo—. Patricia se calló.
Don Augusto empezó a contar.
—Uno.
Valentina miró a su madre. Patricia no le devolvió la mirada.
—Dos.
Tres invitados se acomodaron en sus sillas.
—Tres.
—Cuatro.
—Cinco.
—Seis.
Valentina respiró por la boca. Apretó los puños.
—Siete.
—Patriarca. —Valentina habló por fin, con la voz blanca—. Camila. Te ofrezco una disculpa.
—La ofreces ¿por qué? —preguntó Don Augusto, sin dejar de contar dentro de su cabeza.
—Por haber puesto el collar en su bolso.
—¿Y?
—Por haber acusado falsamente a una invitada de mi familia.
—¿Y?
Valentina apretó los dientes.
—Por haber humillado a una mujer en una casa que no es la mía.
—Bien. Camila. ¿Aceptas?
Camila miró a Valentina cinco segundos largos. No dijo nada los primeros tres. En el cuarto, asintió.
—Acepto.
—Bien. —Don Augusto golpeó el bastón en el piso una sola vez—. Asunto cerrado para esta familia. Lo que pase fuera de esta casa no me corresponde. Si alguien decide presentar denuncia, está en su derecho. Si alguien decide retirar invitación, está en su derecho. La casa Tejada no encubre.
* * *
Doña Carmen se levantó del extremo de la mesa.
Caminó despacio hasta donde estaba Camila. Le tomó la mano izquierda con las dos suyas. La condujo, sin hablar, al lugar que estaba a la derecha de Don Augusto —el lugar de la nuera mayor, históricamente reservado—. La sentó ahí.
—Mija. Disculpas también de la casa. Aquí se queda hasta que el patriarca diga lo contrario.
—Gracias, Doña Carmen.
—Carmen.
—Carmen.
Mariana, en el otro extremo, no movió un músculo de la cara. Por dentro, sonrió como una madre cuando ve a su hijo elegir bien sin que nadie le tenga que recordar las reglas.
Valentina caminó hacia la puerta del salón con los ojos secos y la mandíbula apretada. Patricia la siguió tres pasos atrás. Rodrigo cerró la fila. Nadie los despidió. La puerta principal se cerró con un golpe más seco del que merecía.
El salón se quedó en silencio mucho tiempo después de que se cerrara la puerta.
Cuando volvió el murmullo, fue otro murmullo. Más bajo. Más respetuoso. El murmullo de los invitados que acaban de entender que la jerarquía de esa casa ya no la ordenaba la rama que ellos creían.
* * *
A medianoche, Don Augusto se retiró. Antes, se inclinó hacia Camila por encima del brazo del sillón y le tocó la mano con dos dedos.
—Mija. Ven a comer el domingo. Sin Damián. Quiero conocerte.
—Sí, Don Augusto.
—Augusto.
—Augusto.
—Buenas noches, mija.
—Buenas noches.
* * *
A la una y diez, en el coche de regreso, Damián manejó él mismo —Cipriano se había ido con Mariana en otro auto—. La carretera de Las Lomas hacia el sur estaba vacía. La lluvia había empezado fina hacía veinte minutos.
Camila apoyó la cabeza contra la ventana.
—¿Siempre has sabido defenderte sola —preguntó Damián, sin mirarla— o aprendiste a la fuerza?
Camila tardó en responder. Cuando lo hizo, la voz le salió muy quieta.
—A la fuerza, siempre a la fuerza.
Damián no dijo nada más.
Pero no apartó los ojos de la carretera con la misma facilidad de antes. En el siguiente semáforo en rojo, sin verla, movió la mano derecha del volante y la apoyó, abierta, sobre el descansabrazos del medio. Una invitación que no era invitación. Camila la miró tres segundos. Después puso encima la suya.
La mantuvo ahí hasta el verde.
Cuando arrancó, las dos manos se quedaron juntas el resto del camino.
* * *
A las dos menos cuarto, Damián la dejó en la puerta del edificio. No bajó —el brazo del cabestrillo todavía no le permitía esfuerzos—. Camila se inclinó por la ventana.
—Buenas noches.
—Buenas noches. Camila.
—¿Sí?
—Eso de "a la fuerza, siempre a la fuerza" se acabó hoy.
Camila no contestó. Cerró la puerta. Subió al cuarto piso. Antes de meter la llave en la cerradura, se quedó dos segundos quieta en el pasillo del edificio. Apoyó la frente en la madera del 4B. Respiró.
Después abrió.