Al límite
Valeria se levantó de golpe de su escritorio y cruzó la oficina con paso acelerado.
—Oye, ¿a dónde vas? —preguntó Laura, su compañera de trabajo.
—Perdona, amiga, me voy antes hoy —respondió Valeria sin detenerse.
—¿Ya le pediste permiso al de ahí adentro? —Laura señaló con la mirada al hombre sentado tras el vidrio de la oficina principal.
—Listo —dijo Valeria levantando el pulgar.
—¿El témpano de hielo te dejó ir temprano? —Laura no se lo creía. Valeria soltó una carcajada y se despidió con la mano.
Salió al vestíbulo de la empresa con una sonrisa radiante.
El taxi que había pedido por aplicación ya la esperaba en la entrada.
—Buenas tardes. A la dirección de la app, por favor —indicó Valeria.
El auto avanzó despacio entre el tráfico denso de la ciudad.
Valeria bajó frente a la Pastelería Camila, su favorita.
—Espéreme un momento, solo voy por un pastel —le pidió al conductor, que asintió.
Con el pastel asegurado, le pidió que la llevara al salón de belleza.
Tengo que verme perfecta, pensó.
* * *
Valeria entró a la casa de puntillas, conteniendo la emoción. Caminó directo hacia la habitación principal, segura de que su esposo estaría ahí. Esa mañana él le había avisado que no iría a la oficina porque se sentía mal.
Doña Rosa, la empleada doméstica, se cruzó en su camino.
—Seño... —no alcanzó a terminar la frase.
—Shh, tranquila, Doña Rosa —susurró Valeria. La mujer la observó con el rostro descompuesto.
—Pe... pero, señora...
—Vamos, ayúdeme a darle la sorpresa a Adrián —insistió Valeria en voz baja.
Doña Rosa le sujetó la mano, intentando detenerla.
—¿Qué pasa? Adrián está en la habitación, ¿no? Esta mañana me dijo que se sentía mal.
—El señor Adrián sí está en la habitación, pe... pero... —antes de que pudiera terminar, Valeria ya caminaba hacia la puerta.
Qué rara está Doña Rosa, pensó.
Aguzó el oído. Del otro lado de la puerta llegaban sonidos extraños.
La puerta estaba entreabierta. Lo que vio a través de la rendija no dejaba lugar a la imaginación.
Empujó la puerta de par en par.
—¿Qué están haciendo? —gritó.
Los dos que estaban en la cama se sobresaltaron.
—Mi amor... no es lo que parece —balbuceó él mientras agarraba lo primero que encontró para cubrirse.
El impacto la dejó sin fuerzas. Las piernas que siempre la habían sostenido se volvieron de trapo.
Adrián se acercó, pero ella lo apartó de un manotazo.
—Eres un maldito —le dijo con la voz quebrada y lágrimas cayéndole por las mejillas.
Había ido a darle una sorpresa, y la sorprendida fue ella.
—Mi amor, no es lo que piensas...
—¿Desde cuándo? —lo cortó Valeria con la mirada clavada en él.
—Puedo explicarlo.
—No hace falta. Lo que vi lo explica todo.
Valeria intentó ponerse de pie. Adrián quiso ayudarla, pero ella lo empujó con tanta fuerza que lo hizo trastabillar.
Su mirada se desplazó hacia la cama. Ahí estaba sentada la otra mujer, envuelta todavía en la sábana. Las marcas de lo que habían hecho eran imposibles de ignorar.
Valeria se rio de su propia estupidez.
—Perdóname —dijo la mujer en la cama sin una pizca de remordimiento.
—¿Perdón? ¿Escuché bien? —Valeria dejó escapar una risa amarga.
—¿Qué pecado cometí, Dios mío, para que estos dos me traicionen así?
Ámbar, su media hermana, se levantó de la cama.
—Tu pecado fue no poder darle un hijo a Adrián —declaró sin el menor pudor—. ¿Sabes cuánto desea él tener un bebé en brazos? ¿No puedes ponerte un segundo en su lugar?
Valeria giró la cabeza hacia Adrián exigiéndole una respuesta. Las palabras de Ámbar no coincidían con lo que él le había dicho.
—Dile tú, Adrián. Dile que tus padres exigen un heredero. Y que eso jamás lo va a conseguir contigo —Ámbar se adelantó sin darle tiempo a hablar.
—¡Adrián! —Valeria necesitaba escucharlo de su boca.
—Perdóname —murmuró él.
—Basta. Tu disculpa ya lo dice todo.
Sintió que le clavaban un puñal en el pecho. El hombre al que había amado y entregado todo la había traicionado.
—Ya, déjalo así —intervino Ámbar—. Adrián hizo lo que hizo y tú también tienes parte de culpa. Si hubieras podido darle un hijo, jamás te habría engañado.
—¡Cállate! —estalló Valeria.
Fulminó a los dos con la mirada.
—Solo quiero que lo sepas y que no culpes a Adrián de todo —insistió Ámbar, justificando lo injustificable.
Valeria volvió a mirar a Adrián.
—Gracias por abrirme los ojos.
—Gracias por estos siete años inútiles.
—Gracias por hacerme perder el tiempo.
—Gracias por tu cariño, tu amor y tu lealtad de mentira.
—Gracias por todo —dijo mientras se daba la vuelta para irse.
—Qué bien, así Adrián no tiene que molestarse en echarte —Ámbar seguía provocando.
—¿A dónde vas? —Adrián la sujetó del brazo.
—Suéltame —ordenó Valeria con una mirada que cortaba.
—No te voy a dejar ir. Te amo.
—Tch. Guárdate tu amor para la zorra de ahí —escupió Valeria. Ya no le quedaban palabras suaves. Ni siquiera para su propia hermana.
Se zafó del agarre de Adrián con un tirón brusco. Sin decir una palabra más, se alejó de los dos. Que él no la defendiera lo decía todo.
—¡Vete bien lejos! —gritó Ámbar a su espalda—. Ningún hombre va a querer a una mujer estéril como tú.
Valeria se detuvo en seco.
Ámbar sonrió con malicia.
—¿Qué pasa? ¿Dije algo que no fuera cierto? —la retó.
Valeria giró sobre sus talones con los puños cerrados.
La bofetada aterrizó de lleno en la mejilla de Ámbar.
Cuando levantó la mano para darle una segunda, una mano firme la detuvo.
—¡Basta! —gritó Adrián.
—Adrián, mírala... Tu esposa me está agrediendo —gimoteó Ámbar con fingida tristeza.
Valeria puso los ojos en blanco, hastiada de la manipulación de siempre. Que Adrián la defendiera a ella le dolió más que todo lo anterior.
—Me voy —dijo Valeria, soltándose de Adrián.
—¡No! No voy a dejarte ir. Sigues siendo mi esposa.
La palabra "esposa" en boca de Adrián le revolvió el estómago. Hubo un tiempo en que ese trato le parecía dulce. Ya no.
Valeria esbozó una sonrisa helada.
—Nos divorciamos.
Para ella no existía perdón posible para la infidelidad.
Ámbar sonrió con satisfacción. Por fin, pensó, aliviada.
Adrián corrió detrás de Valeria, que se alejaba sin mirar atrás.
* * *
Bonita sorpresa de Año Nuevo, pensó Valeria, sola en la barra de un club nocturno, con la mirada perdida en el fondo de su copa.
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