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Bajo contrato con el magnate

Bajo contrato con el magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Venderse para pagar una deuda / Amante arrepentido / Romance oscuro / Completas
Popularitas:282
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.

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Capítulo 7

Capítulo 7 — A quien me cría, lo cuido

Valentina había anotado tres preguntas para el médico, pero al entrar al cuarto su abuela le pidió que se acercara. Cerró la libreta. Hacía días que no la encontraba sentada, esperando una visita.

La abuela Amparo estaba sentada contra las almohadas, más flaquita que antes pero con color en las mejillas por primera vez en semanas. Cuando vio entrar a Valentina, se le abrió la cara entera.

—¡Mija! —Le tendió las dos manos—. Ven, ven, déjame verte. Ay, qué ojeras traes, niña. ¿Estás durmiendo bien?

—Estoy bien, abuela. —Valentina se sentó en la orilla de la cama y le besó los nudillos—. La que me importa eres tú. Dice el doctor que la cirugía salió muy bien.

—Bendito sea Dios. —La abuela se persignó despacio—. Fíjate que anoche recé mi rosario completo por primera vez sin cansarme. Y este cuarto, mija… —bajó la voz, como si contara un secreto— este cuarto ha de costar un dineral. Todo tan bonito, con su tele y su bañito propio. Yo le digo a las enfermeras que se equivocaron de vieja, que a mí me toca allá abajo con las demás.

Valentina forzó una sonrisa.

—Te tocó porque te lo mereces.

—Me tocó porque alguien lo está pagando. —Los ojos de la abuela, viejos pero listos, se le clavaron con cariño y con sospecha—. Y no eres tú con tus clasecitas de baile, mija, a mí no me engañas. ¿Quién es ese buen cristiano que anda cubriendo todo esto?

A Valentina se le atoró la mentira en la garganta. Justo entonces, gracias a Dios y para su desgracia, se abrió la puerta.

—Buenas.

Era Rubén.

Traía la camisa arrugada y el aliento agrio de quien no ha dormido en su cama. Se acercó frotándose las manos, con esa sonrisa aceitosa que Valentina conocía de toda la vida.

—Mamá, qué buena cara traes ya. —Se inclinó a besar a la abuela, que apenas le respondió—. Y tú, hija. Justo a ti te andaba buscando. Necesito platicar contigo un segundito. Afuerita.

Valentina se levantó despacio.

—Ahorita vengo, abuela.

* * *

Valentina esperó a que se cerrara la puerta del cuarto. Quería preguntarle a su padre por los hombres que habían destrozado la casa; Rubén empezó a hablar antes de que pudiera hacerlo.

—Mira, hija, no te voy a hacer el cuento largo. —Se pasó la mano por el pelo—. Estoy en un problema serio. Unos con los que me metí no se andan con juegos. Necesito que me prestes. Ya que tienes de dónde, ¿no?, con tu… benefactor.

—No.

—Es tu padre el que te lo está pidiendo, Valentina. Un poquito de respeto.

—Fueron a la casa, Rubén. Rompieron la puerta, tiraron todo. ¿Les diste tú la dirección?

—No tenían por qué meterse con ustedes. Yo les dije que iba a pagar. Por eso necesito que me ayudes.

—Te estoy diciendo que entraron a la casa de tu mamá y vuelves a pedirme dinero. —Valentina bajó la voz al ver a una enfermera acercarse—. No voy a darte nada. La abuela me crio y yo voy a cuidarla. Lo que tú debas lo arreglas tú.

Nunca lo había llamado Rubén a la cara. Esperó que le reclamara también eso, pero él estaba mirando la puerta de la habitación.

—Te vas a arrepentir de hablarme así —masculló—. El día que ese hombre se aburra de ti y te deje en la calle, vas a venir corriendo a buscar a tu papá.

—Ya sé lo que pasa cuando te pido ayuda. No necesito esperar a ese día.

Rubén se fue sin volver a entrar a ver a su madre. Valentina lo siguió con la vista hasta el elevador. Le dolía admitir que había esperado que él al menos preguntara cómo había salido la operación. Cada vez se prometía no esperar nada; cada vez volvía a hacerlo.

Después se limpió la cara, se compuso la sonrisa, y volvió a entrar con la abuela como si nada.

* * *

Por la tarde, en la ESD, Gonzalo la interceptó a la salida del ensayo.

—Ya es oficial —le dijo, tendiéndole un papel sin mirarla, con las orejas coloradas de siempre—. La producción confirmó las audiciones para el viernes. Tu nombre sigue en la lista. No lo bajaron.

—¿Por qué te tomas tantas molestias? —preguntó ella otra vez.

—Me mandaron las confirmaciones a mí. Soy el delegado. —Gonzalo señaló la fecha—. Revísala. Y ve, aunque Paola siga molestando.

Valentina comprobó que su nombre siguiera allí. Preguntaría si podía usar el salón una hora más al día; necesitaba trabajar el final de la pieza, donde siempre llegaba sin aire.

Luego sonó el teléfono. Era Lino.

—Señorita Cabrera. El señor Mondragón la espera esta noche. Hay una cena. Paso por usted a las ocho.

Miró el reloj. Si tenía que estar lista a las ocho, perdería el ensayo extra de esa noche. Guardó la hoja y avisó a la maestra que volvería temprano al día siguiente.

* * *

El salón privado del Hotel Gran Corona brillaba de candiles y cristal.

Valentina entró del brazo de Damián con el vestido negro y las perlas que él le había hecho ponerse, sintiéndose menos como una invitada y más como un accesorio caro que él había decidido lucir esa noche.

Una mujer apartó su bolso para dejarles sitio. Otra miró primero a Valentina y después buscó la reacción de Damián. Ella esperó una presentación que no llegó: él ya estaba hablando de negocios.

—Mira nomás —oyó a una señora murmurarle a otra, sin molestarse mucho en bajar la voz—. La compañía del joven Mondragón. Cada mes trae una distinta.

—Pobrecita. Ni cuenta se da de que es la del mes.

Valentina oyó lo de "la del mes". Se concentró en desdoblar la servilleta sin mirar a las mujeres. No esperaba que la trataran como a su novia, pero Damián podía haber dicho su nombre.

Durante la cena él la mantuvo a su lado. Le acercaba el agua, le preguntaba por lo bajo si quería algo más y volvía a conversar sin incluirla. Valentina intentó seguir una discusión sobre un hotel; cada vez que encontraba dónde intervenir, alguno cambiaba de tema.

Hacia el final de la cena, un empresario mayor, de esos que se sienten con derecho a todo, le clavó a Valentina una mirada larga por encima de su copa y luego se dirigió a Damián con una sonrisa curiosa.

—Oye, Damián, no seas malo. Toda la noche con esta belleza colgada del brazo y no nos la presentas. —Ladeó la cabeza, evaluándola como quien tasa una joya—. Dinos, pues. ¿Y esta señorita quién es?

La mujer que había hablado de "la del mes" se volvió hacia ellos. Valentina dejó de doblar la esquina de la servilleta y miró a Damián. Quería oír qué contestaba sin tener que pedírselo ella.

Damián dejó la copa.

—Valentina Cabrera —dijo.

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