Scarlett Harrington lleva tres años casada con Ethan Collins. Durante todo ese tiempo creyó tener el matrimonio perfecto, construyendo un hogar junto al hombre que amaba y en quien confiaba plenamente.
Sin embargo, todo cambia el día que regresa antes de lo previsto de un viaje de negocios para sorprender a su esposo. La sorpresa termina siendo para ella cuando encuentra a Ethan en la cama con su propia mejor amiga. En un solo instante, el amor, la confianza y los sueños que había construido se hacen pedazos.
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Capitulo 4
Scarlett se quedó de pie, inmóvil, mientras el eco de sus propias palabras se apagaba. Ya no había gritos, ni reproches, ni desesperación. En su mirada solo quedaba una calma glacial, tan profunda que dejó a Ethan y a Valeria mudos, incapaces de añadir nada más. Caminó despacio hacia el armario, sacó una maleta pequeña y la dejó sobre la cama —su cama—, sin mirarlos siquiera.
—Scarlett… por favor, no te vayas así —suplicó Ethan, con la voz ahogada—. Dime algo, grítame, maldíceme… lo que quieras, pero no te quedes callada. Ese silencio me duele más que cualquier golpe.
Ella siguió doblando una prenda con movimientos precisos, casi mecánicos.
—¿Qué quieres que te diga? —preguntó al fin, sin levantar la vista, con un tono tan llano que parecía hablar de algo ajeno—. ¿Que me duele? Ya lo sabes. ¿Que me traicionaste? Ya lo vi con mis propios ojos. ¿Que todo lo que creí fue mentira? Tú mismo me lo confirmaste. ¿De qué servirían más palabras?
—Podríamos arreglarlo… podemos intentarlo… —balbuceó él, dando un paso hacia ella, pero ella alzó la mirada y él se detuvo en seco, golpeado por esa frialdad que nunca le había visto.
—No hay nada que arreglar —respondió ella con firmeza—. La confianza no es un plato que se rompe y se pega. No sirve de nada si está llena de grietas. Y tú la hiciste pedazos hasta que no quedó ni un trozo entero.
Valeria se acercó tímidamente, con los ojos hinchados:
—Scarlett, de verdad… nunca quisimos que pasara así… si pudieras perdonarnos…
Scarlett la miró por primera vez desde que habló, y no había rabia en sus ojos, solo una tristeza infinita y una distancia insalvable.
—¿Perdonarlos? —repitió suavemente—. ¿Cómo perdonar que la persona a la que le conté mis miedos, mis sueños, mi vida entera, se riera de mí a mis espaldas? ¿Cómo perdonar que el hombre al que le entregué todo, eligiera engañarme una y otra vez? No tengo fuerzas para odiarlos, Valeria. Y tampoco tengo fuerzas para perdonarlos. Solo quiero irme.
Ethan se dejó caer sentado al borde de la cama, escondiendo el rostro entre las manos.
—¿Así de fácil? ¿Tres años de vida juntos se terminan en un segundo?
—No fue un segundo —lo corrigió ella, cerrando la maleta con un golpe seco—. Fue cada mentira que me dijiste, cada vez que me dijiste que estabas ocupado, cada vez que ocultaste lo que sentías. El matrimonio murió hace mucho tiempo, Ethan. Hoy solo me enteré.
Se colgó la maleta del hombro y se dirigió hacia la puerta. Él se levantó de un salto, desesperado:
—¡Espera! ¿A dónde vas? ¿Cuándo volverás?
Scarlett se detuvo un instante, sin girarse.
—No voy a volver. Y no me busques. No hay nada aquí que me pertenezca ya. Ni esta casa, ni tus promesas, ni tú.
Y salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio pesado, roto solo por el llanto desconsolado de Ethan, mientras ella avanzaba por el pasillo con la cabeza en alto, sabiendo que no había marcha atrás.
Ya en el recibidor, Scarlett se detuvo un instante para ajustarse el asa de la maleta, mientras Ethan salía tras ella desesperado, sin importarle su estado, con la voz rota y las manos temblorosas.
—¡No puedes irte así! —gritó, agarrándose del marco de la puerta—. ¡No puedes marcharte sin decirme cuándo volverás, sin dejarme siquiera una esperanza!
Scarlett giró lentamente la cabeza para mirarlo, y en sus ojos ya no quedaba ni rastro de la mujer que lo amaba con devoción: solo había una extraña que lo miraba con distancia.
—¿Esperanza? —repitió con voz suave pero tajante—. ¿Qué esperanza me queda? ¿Esperar a que vuelvas a mentirme? ¿A que vuelvas a traicionarme? ¿O tal vez esperar a que un día me digas que ya no me necesitas?
—¡Te necesito! ¡Dios mío, Scarlett, no sabes cuánto te necesito! —sollozó él, cayendo de rodillas sin importarle su orgullo—. ¡No sé vivir sin ti! ¡Todo lo que soy, todo lo que tengo, lo quiero compartir contigo! ¡Solo con tú!
—Y yo te di todo lo que tenía —respondió ella, con una lágrima que rodó por su mejilla pero que no borró su firmeza—. Te di mi juventud, mi confianza, mi corazón entero. Y tú lo pagaste con mentiras. ¿Qué más quieres que te dé? ¿Qué me queda por entregar que no hayas destrozado ya?
—¡Me arrepiento! ¡Me arrepiento cada segundo! —suplicó, arrastrándose un poco hacia ella—. ¡Puedo cambiar! ¡Juro que seré el hombre que mereces! ¡Solo dame una oportunidad de demostrártelo!
—Las oportunidades se ganan con lealtad, no con ruegos —lo cortó ella con calma—. Tú ya tuviste todas las oportunidades del mundo, y las desaprovechaste una por una. No te voy a dar más poder para hacerme daño.
Valeria apareció en el pasillo, temblando, con la voz apenas un susurro:
—Scarlett… por favor… no te lleves todo…
Scarlett la miró una última vez, y negó lentamente con la cabeza.
—Ustedes ya se llevaron lo más importante. Se llevaron mi amistad, mi matrimonio y mi paz. Ahora solo me queda irme con lo poco que me dejaron.
Abrió la puerta, y el aire fresco de la tarde golpeó su rostro. Ethan lanzó un último grito desgarrador:
—¡Te amo! ¡Te amo más de lo que puedo explicar!
Scarlett se detuvo en el umbral, pero no giró.
—Si realmente me amaras… no me habrías lastimado así. Adiós, Ethan. Que tu conciencia te acompañe mejor de lo que yo lo hice.
Y cruzó el umbral, cerrando la puerta tras de sí con suavidad, como si con ese gesto cerrara también la vida que había compartido con él para siempre.