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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:575
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 11 ELLA VOLVIÓ

Los dos días siguientes fueron raros. Dante apenas me hablaba. Se encerraba en su despacho desde temprano y regresaba a su habitación tarde, cuando yo ya estaba acostada o fingiendo estarlo. No me gritó, no me reclamó, pero su silencio pesaba más que cualquier reproche. Cada vez que nos cruzábamos en los pasillos, sus ojos se desviaban rápidamente, como si verme le recordara que le habíamos ocultado algo.

Yo entendía su dolor. También me odiaba un poco a mí misma por mentirle, aunque fuera por su bien. Don Eliseo me había pedido paciencia, me había dicho que encontraríamos pruebas antes de decírselo, pero cada día que pasaba veía cómo la distancia entre Dante y yo crecía un poco más.

Era martes por la tarde. Estaba en el salón ayudando a Don Eliseo a ordenar unos papeles de la fundación cuando sonó el timbre de la puerta. Clara fue a abrir. Un minuto después regresó, con una expresión extraña en el rostro.

—Señor Eliseo… hay una señora en la entrada. Dice que es Sofía. Que viene a visitarlo.

Don Eliseo levantó la cabeza. Sus cejas se juntaron un poco, como si no esperara esa noticia.

—¿Sofía?

—Sofía Montalvo —aclaró Clara, y miró a mí de reojo, como si supiera que ese nombre debía importarme.

Sofía Montalvo. La hermana de Victoria. La ex novia de Dante. La mujer de la que todo el mundo hablaba en las cenas, la que habían dado por segura como futura señora Ferrer antes de que yo apareciera.

Sentí cómo se me apretaba el estómago sin poder evitarlo. Me enderecé un poco en la silla, intentando mantener la compostura.

Don Eliseo se frotó la barbilla, pensativo.

—Pasa, Clara. Que pase.

Clara asintió y se marchó. Unos minutos después apareció en la puerta del salón.

Era hermosa, no podía negarlo. Alta, delgada, con el cabello castaño largo y lacio que le caía por la espalda como una cortina de seda. Llevaba un vestido blanco sencillo pero elegante, unos zapatos de tacón bajo y una sonrisa cálida que iluminaba todo su rostro. Caminaba con una seguridad natural, como si conociera cada rincón de aquella casa de memoria.

Sus ojos se posaron primero en Don Eliseo. La sonrisa se le ensanchó.

—Don Eliseo —dijo, acercándose y dándole un beso en ambas mejillas—. Cuánto tiempo. Me alegro tanto de verle.

—Sofía, querida —respondió el anciano, devolviéndole el saludo con amabilidad—. Qué sorpresa. Hacía años que no pasabas por aquí.

—Lo sé. He estado viviendo en París, terminando mis estudios. Pero ya he vuelto para quedarme. Y lo primero que hice fue venir a saludarle. A usted… —se giró en ese momento, y sus ojos se encontraron con los míos. Su sonrisa no flaqueó, pero vi cómo le brilló algo en la mirada, rápido como un relámpago, que no era amabilidad—… y a la nueva señora Ferrer, claro. Aitana, ¿verdad? He oído hablar mucho de ti.

Me levanté de la silla. Le tendí la mano, intentando que no me temblara.

—Mucho gusto, Sofía.

Ella tomó mi mano. Su apretón fue firme, un poco más fuerte de lo necesario, y duró un segundo más de lo educado.

—El gusto es mío. Dante tiene mucha suerte.

En ese momento oímos pasos en el pasillo. Dante apareció en la puerta, con la chaqueta del traje en el brazo y la corbata medio desabrochada. Venía de la oficina. Se detuvo en seco al verla.

Su rostro se transformó. Primero sorpresa, pura y genuina. Luego incomodidad. Se pasó una mano por el cabello, ese gesto que hacía cuando estaba nervioso. Sus ojos se movieron de Sofía a mí, y luego de vuelta a ella, como si no supiera dónde mirar.

—Sofía —dijo, y su voz sonó más ronca de lo normal—. ¿Qué haces aquí?

Ella se giró hacia él. La sonrisa se le volvió más dulce, más íntima. Caminó unos pasos hacia él, hasta quedar a solo un metro de distancia.

—He vuelto, Dante. No podía dejar de pasar a saludarte. A todos.

Dante asintió, sin decir nada. Se veía incómodo, como si no supiera cómo comportarse con ella ahí. Noté cómo se tensaban los músculos de su mandíbula.

Don Eliseo, que había estado observando todo en silencio, intervino para romper la tensión.

—Bueno, ya que estás aquí, quédate a cenar con nosotros, Sofía. Clara preparará algo rico. Será como los viejos tiempos.

Sofía giró la cabeza hacia el anciano.

—Me encantaría, don Eliseo. Muchas gracias.

La cena fue una de las más incómodas de mi vida. Sofía se sentó justo al lado de Dante, en el sitio que yo solía ocupar algunas noches. No dejó de hablarle todo el rato: le recordaba anécdotas de cuando eran jóvenes, le preguntaba por sus cosas, por sus gustos, por los lugares que solían frecuentar. Tocaba su brazo de vez en cuando, de forma casual, como si fuera algo natural entre ellos.

Dante respondía con monosílabos, con asentimientos breves, evitando su mirada la mayor parte del tiempo. Pero de vez en cuando la miraba, y en sus ojos veía una mezcla de confusión y algo que no supe identificar. ¿Nostalgia? ¿Duda?

Yo me quedé callada la mayor parte del tiempo, comiendo sin apetito, apretando los dedos alrededor del vaso de agua con tanta fuerza que me dolían las nudillos. Cada vez que Sofía decía "recuerdas cuando…", sentía un nudo más fuerte en la garganta. Cada vez que le tocaba el brazo a Dante, sentía una punzada en el pecho que no debía sentir. No tenía derecho. Él no era mío. O al menos no del todo.

—Y tú, Aitana —dijo Sofía de repente, volviéndose hacia mí con esa sonrisa perfecta—. ¿Cómo te has adaptado a la vida aquí? Debe ser difícil, venir de un mundo tan distinto al de Dante. A veces las diferencias pesan mucho en un matrimonio, ¿no crees?

Levanté la vista. La miré fijamente. Sabía lo que estaba haciendo. Era una indirecta, suave, elegante, pero una indirecta al fin y al cabo.

—Me he adaptado bien —respondí, manteniendo la voz tranquila—. Las diferencias también pueden enriquecer. Y Dante me ha ayudado mucho.

Ella sonrió, como si mi respuesta le hubiera parecido curiosa.

—Claro. Dante siempre ha sido muy protector. ¿Recuerdas, amor, cuando me ayudaste a preparar esa exposición de arte hace años? Pasaste tres noches sin dormir ayudándome a montar todo. Eres tan bueno con las personas que te importan.

El "amor" se quedó flotando en el aire. Vi cómo Dante se tensó al instante.

—Sofía —dijo, con voz baja y seria—. Eso fue hace mucho tiempo.

Ella soltó una risita suave, como si él hubiera dicho una tontería.

—Ya lo sé. Pero los recuerdos bonitos no se olvidan, ¿verdad?

Don Eliseo carraspeó, intentando cambiar de tema. Empezó a hablar de la fundación, de los nuevos proyectos, pero yo ya no escuchaba. Tenía la cabeza llena de la voz de Sofía llamándolo "amor", de su mano en el brazo de Dante, de la forma en que él la miraba a veces, como si viera un fantasma de su pasado.

Cuando terminó la cena, Sofía se despidió. Abrazó a Don Eliseo con cariño. Luego se giró hacia Dante. Se acercó a él y lo abrazó también, por sorpresa. Él se quedó rígido un segundo, y luego le devolvió el abrazo de forma rápida y educada.

—Espero vernos pronto —le dijo ella al oído, lo suficientemente alto para que yo también lo oyera—. Hay muchas cosas que me gustaría contarte.

Luego se giró hacia mí. Me dio una sonrisa dulce.

—Un placer conocerte, Aitana. Espero que nos hagamos buenas amigas.

No respondí nada. Solo asentí.

Cuando se fue, la casa se quedó en un silencio pesado. Don Eliseo dijo que se iba a descansar y se marchó a su habitación, dejándonos solos en el comedor.

Dante estaba de pie cerca de la mesa, mirando hacia la puerta por la que se había ido Sofía. Tenía una expresión extraña en el rostro, pensativa, confundida.

—¿Así que ella es tu ex? —pregunté, y odié cómo mi voz sonó un poco agria, un poco celosa.

Él se giró hacia mí. Sus ojos se encontraron con los míos.

—Sí. Hace años.

—Parece que le importas mucho —dije, y no pude evitar que el tono sarcástico se me escapara.

Dante frunció el ceño. Se acercó a mí un poco.

—¿Qué pasa, Aitana? ¿Estás celosa?

—No —respondí demasiado rápido. Bajé la mirada, sintiendo cómo se me calentaban las mejillas—. Solo… solo me sorprende que venga así, de golpe, después de tantos años. Y que te llame "amor".

Él se quedó callado un rato. Se pasó una mano por el cabello, frustrado.

—Fue una relación de jóvenes. No significó nada serio. Al menos no para mí.

—Pero para ella sí —insistí, levantando la vista.

Dante me miró fijamente. Por un segundo vi algo en sus ojos, algo que se parecía a esperanza. Luego desapareció.

—No sé lo que ella quiere. Pero no tienes por qué preocuparte.

—No estoy preocupada —mentí.

Él soltó un suspiro. Se giró para marcharse, pero antes de llegar a la puerta se detuvo. No se giró.

—Ella es el pasado, Aitana. Tú eres el presente.

Y se fue.

Me quedé ahí parada, mirando la puerta vacía. Sus palabras me habían dado un pequeño alivio, pero no suficiente. Porque había visto la mirada de Sofía. Había visto la forma en que le hablaba, en que le tocaba, en que se refería a su pasado común. Ella no había venido solo a saludar.

Ella había venido a recuperar lo que creía suyo.

Y yo, que solo era una esposa por contrato, que ni siquiera le había dicho la verdad sobre la carta de sus padres… no sabía si tenía derecho a luchar por él.

Cerré los ojos. El silencio de la casa me envolvía. Y en mi cabeza, la voz de Sofía repitiendo una y otra vez: "Espero que nos hagamos buenas amigas".

Sabía que aquello no era una promesa de amistad.

Era una advertencia.

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