Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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## Capítulo I
### Lucía Pereyra
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Mi nombre es Lucía Pereyra. Soy hija de uno de los empresarios más grandes del país: Luciano Pereyra. Soy su única heredera, por lo que es mi responsabilidad mantener el legado de la familia...
Terminando de hacer mis trámites universitarios. Como futura empresaria, tuve que especializarme en administración de empresas y finanzas.
Papá está orgulloso de mí, y eso es lo que más me importa. Hago todo esto por él; mamá murió cuando yo tenía doce años, así que él me cuidó hasta ahora, enseñándome que la lealtad y el compromiso son pilares fundamentales en los negocios.
Soy su creación: ambiciosa e implacable, incapaz de detenerme hasta conseguir lo que quiero. Aprendí bien de él. En la vida y en los negocios todo se reduce a ganar o perder, y yo jamás pierdo.
O eso pensaba. Al menos eso fue lo que me inculcó. Nunca imaginé que lo perdería todo por un capricho, por un amor que terminaría destruyendo cada cosa que construí con tanto esfuerzo...
Levanté la vista con los ojos arrasados en lágrimas, mirando fijamente al hombre que tenía enfrente. Mis manos temblaban ligeramente mientras contenía la marea de emociones que amenazaba con desbordarse.
—Al fin puedo ver tu verdadera cara —dije con una amargura desgarradora, dejando escapar el dolor más hondo de mi corazón—. Al fin puedo decir que te odio sin tener que mentir al hacerlo —terminé de hablar, firmando con pulso firme los documentos que reposaban sobre la mesa, mientras la última chispa de ilusión se apagaba en mi interior.
Él solo sonrió con una frialdad absoluta, una mueca cargada de maldad que reflejaba la completa indiferencia hacia mi sufrimiento. No le importaba nada más que él mismo; nada más que su ansiada venganza.
No importaba que me amara, ni importaba que yo lo amara a él. Para sus ojos, yo nunca dejé de ser el peaje de su venganza...
### Carlos Torres
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Mi nombre es Carlos Torres, el CEO más importante del país. Gobierno con firmeza casi todas las sucursales aliadas a mi corporación, tanto nacionales como internacionales, y me desempeño como presidente de la filial principal. Soy el único hijo de los difuntos fundadores de las empresas bajo mi cargo: mis padres, Carla y Fabián Torres.
Arrebatados de este mundo en un trágico accidente ocurrido hace unos años, ambos fallecieron en el acto. Tenía apenas diecisiete años cuando la noticia me golpeó como un mazazo. Mi único familiar restante, mi tío Roberto Torres, se hizo cargo de mí, ayudándome a sobrellevar el vacío y el dolor. Sin embargo, meses después de su partida, descubrí una verdad devastadora: no había sido un accidente. Alguien los había asesinado con premeditación.
Me negué a creerlo hasta que las pruebas indiscutibles cayeron en mis manos. Desde ese preciso instante, un único propósito se grabó a fuego en mi mente y en mi corazón: cobrar venganza contra el responsable de destruir mi vida, Luciano Pereyra. Fue él quien asesinó a mis padres y se apropió indebidamente de la mitad de su patrimonio. Aunque con los años he logrado recuperar gran parte de lo robado, aún me queda camino por recorrer.
Voy a hacer que la familia Pereyra sufra lo indecible, hasta verlos suplicar clemencia con lágrimas en los ojos, porque no existirá otra forma de redención. Tendrán que arrastrarse y llorar por el daño irreparable que le causaron a mis padres y a mí.
No importa si dentro de mi pecho aún late el recuerdo de una Pereyra; no importa si mi corazón estalla en mil pedazos cada vez que la veo llorar. Jamás perdonaré... Jamás permitiré que nada se interponga en el camino de mi venganza.
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Venganza Imperdonable
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### Capítulo I: Mi primer amor...
#### Carlos Torres (16 años de edad)
La lluvia caía con fuerza sobre ella, empapando sus hombros mientras contemplaba la lápida que tenía enfrente. Sus lágrimas, silenciosas y amargas, se confundían con las frías gotas de agua que surcaban su rostro.
Sentía un nudo apretado en la garganta al verla tan vulnerable, tan sumida en un desamparo absoluto sin poder hacer nada para aliviar su sufrimiento. Un impulso desesperado me empujaba a abrazarla, a ofrecerle el consuelo que en vano buscaba en esa fría piedra. Pero sabía muy bien que no sería suficiente; tenía la certeza de que ninguna de mis palabras podría aplacar el profundo vacío de su corazón.
—Mamá, hoy papá se está casando con otra mujer —la escuché decir con voz quebrada, mientras se limpiaba las mejillas con la manga del abrigo—. Dice que te sigue amando, pero no le creo. Afirma que te ama, pero aun así se va a casar con otra... —Sus sollozos eran tan desgarradores que lograban atravesar el fuerte repiqueteo de la tormenta.
De repente, sus piernas fallaron y se dejó caer de rodillas sobre el lodo, arruinando sin importarle el costoso vestido de gala que su padre le había comprado para la ocasión.
La impotencia me quemaba por dentro. Quería salvarla de su propio dolor, pero llevaba años intentándolo sin éxito; siempre terminaba consumida por la misma ausencia inquebrantable.
Miré hacia abajo, observando mis zapatos nuevos completamente embarrados. Sabía que mi padre se enojaría muchísimo; se supone que debíamos estar listos en la iglesia y no vagando por el cementerio.
—Mamá, yo te prometo que haré que él jamás olvide tu presencia. Papá no tiene el derecho de olvidarte nunca...
La vi ponerse de pie con lentitud. Giró sobre sus pasos y se acercó a mí, con la ropa empapada y temblando de frío. Nos miramos fijamente a los ojos durante unos segundos eternos, donde el silencio habló por nosotros.
—Vamos a la iglesia —murmuró con voz ronca, tomando mi mano con firmeza.
No me negué. Nunca lo hacía. Ella ejercía un poder absoluto sobre mí desde que, dos años atrás, descubrí que estaba enamorado de mi mejor amiga. Pero, por desgracia, ella detestaba que se le declararan. Por eso prefería guardar mis sentimientos bajo llave, esperando pacientemente a que fuera lo suficientemente madura para comprenderlos.
Lucía podía ser un tanto caprichosa e inmadura, y a veces actuaba con una coraza tan terca que rozaba lo odioso, pero poseía un fondo noble y generoso. Un corazón tan puro que yo jamás me atrevería a lastimar.
Mientras caminábamos bajo la torrencial lluvia, con mi mano aferrada a la suya, no podía dejar de pensar en lo profundamente enamorado que estaba de ella.
*«Te amo»*, pensé en decirle cuando la vi caminar unos pasos delante de mí, pero sabía que no entendería el peso de esas palabras.
Imaginar su reacción era sencillo: pensaría que solo era un adolescente inexperto hablando por hablar, que esos sentimientos no debían pronunciarse con tanta ligereza. Probablemente me diría algo como: *«Apenas estás creciendo, ¿cómo vas a saber qué es el amor si jamás has sentido algo así?»*. Me habría destruido con su respuesta, dejándome sumido en la vergüenza por ser tan ingenuo.
Ya había visto a más de diez chicos ser rechazados de la misma manera, esquivando sus declaraciones con el clásico escudo: *"Somos demasiado jóvenes para sentir algo tan fuerte por alguien"*.
Lucía era así: fría, distante y ruda en la superficie, pero por dentro era una criatura increíblemente sensible y frágil. Era como un cubito de azúcar que amenazaba con disolverse al menor contacto con el agua. Era hermosa, con esa belleza etérea propia de la luna en una noche despejada; incluso rodeada de estrellas, ella brillaba con luz propia, iluminando cada rincón de mi mundo con ilusiones imborrables.
Ilusiones que marcarían mi vida para siempre.
Se detuvo justo antes de llegar a la entrada de la iglesia, girándose repentinamente para mirarme a los ojos con una intensidad que me dejó sin aliento.
—¿Me prometes que nunca me vas a traicionar como lo hizo papá? —Su pregunta me descolocó por completo, pero asentí de inmediato, reafirmando mi compromiso con toda la fuerza de mi alma.
—Jamás me atrevería a traicionar tu amistad —respondí con voz suave. Ella cerró los ojos un instante, respirando hondo.
Sin que me diera tiempo a anticipar sus intenciones, abrió los ojos y acortó la distancia de golpe, acunando mi rostro para fundir nuestros labios en un beso breve, cálido y tembloroso.
Nuestro primer beso. Ella había sido mi primer beso... y mi primer amor.