NovelToon NovelToon
Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10 — El presidente hecho guardaespaldas

Viendo que Amelia ya se acercaba, Adrián amenazó:

—Que la señora no descubra quién soy. Si no, te mando a África.

—…Está bien —cedió Emilio.

—Adrián, ¿qué haces aquí?

Amelia se plantó frente a ellos. Al mirarlo, algo cruzó por sus ojos. Con ese traje, Adrián no tenía nada que ver con el hombre de ropa informal del día anterior. Parecía un presidente de empresa de pies a cabeza, con una distinción que se diría innata. Pero como conocía su situación, Amelia descartó enseguida la idea que empezaba a formarse.

Al notar el cambio en su mirada, a Adrián se le encogió el corazón, temiendo que hubiera adivinado algo.

—Vine acompañando a mi jefe a una junta —se apresuró a decir.

—¿Cuándo conseguiste trabajo? —preguntó ella, extrañada. ¿No había dicho por la mañana que todavía no encontraba nada?

Adrián siguió tapando el hueco con excusas.

—Ya había mandado mi currículum. Esta mañana me confirmaron como guardaespaldas del señor Emilio. No alcancé a contártelo.

Un militar retirado contratado como guardaespaldas: sonaba de lo más razonable.

Amelia miró a Emilio, a su lado, y frunció apenas el ceño. Le resultaba conocido. Pero pensó que, siendo un jefe de empresa, quizá lo había visto en algún evento de trabajo. Como era el jefe de Adrián, no quería quedar mal con él, así que le sonrió.

—Hola, señor Emilio. Soy la esposa de Adrián.

Al oírla, a Emilio se le heló el alma. Que la señora lo saludara con tanta cortesía era como quitarle años de vida. Pero por el futuro de su jefe —y el suyo propio—, se armó de valor y forzó una sonrisa.

—Hola, señora Guerrero.

Al lado, Fernanda, que sabía toda la verdad, se aguantaba la risa a duras penas. Su hermano, el presidente del grupo, haciéndose pasar por guardaespaldas: no podía ser más absurdo. Fingiendo no saber nada, lo pinchó a propósito.

—Señorita Amelia, así que estaba casada. Pero con lo bonita que es y lo bien que trabaja, ¿por qué se casó con un guardaespaldas?

Apenas lo dijo, sintió la mirada gélida de Adrián clavada en ella. Se corrió un paso hacia Amelia; con Amelia al lado, no le temía a nadie.

Amelia miró a Adrián, cuyo semblante se había ensombrecido, y sonrió.

—No hay oficios nobles ni indignos. Con que uno trabaje con empeño, basta.

Como cierta gente: título universitario, un trabajo envidiado por todos, ¿y de qué le servía? Seguía siendo un traidor y un desagradecido.

Al oír la respuesta, a Adrián se le curvaron levemente los labios.

—Ame, ¿y tú qué haces aquí?

—Tengo un trabajo justo acá. —Amelia miró la hora; la junta estaba por empezar—. Se me hace tarde, me voy. Trabaja bien.

No olvidó despedirse de Emilio.

—Señor Emilio, le encargo mucho a mi esposo.

Y se llevó a Fernanda deprisa rumbo a la sala de conferencias número tres.

Viéndola alejarse, Adrián soltó el aire y le advirtió a Emilio:

—De ahora en adelante, cuando te topes con la señora, no olvides interpretar bien tu papel.

Emilio asintió, apurado. Qué difícil se le había vuelto ser asistente: además de su trabajo, ahora tenía que actuar. ¿Sería eso lo que llamaban ser un empleado polivalente?

...

En la sala número tres, la junta estaba en pleno apogeo. La interpretación simultánea de Amelia fluía sin tropiezos. Como el cliente era español, esta vez interpretaba principalmente al español. Fernanda, que la veía trabajar así de profesional y concentrada por primera vez, no resistió la tentación de grabar unos videos cortos y enviárselos a Adrián.

«Hermano, Amelia trabajando está guapísima.»

En ese momento, Adrián asistía a otra junta, en otra sala. El teléfono le vibró. Abrió el chat y miró uno de los videos. En él, Amelia, con auriculares, tomaba notas con un bolígrafo, absolutamente concentrada, los labios moviéndose sin pausa. Aunque no se oyera lo que decía, se percibía su profesionalismo.

A Adrián se le curvó la boca sin querer. Dos años atrás ya sabía que Amelia debía dominar los idiomas.

—Primo, ¿tú también aquí?

Un hombre se sentó de golpe en el asiento contiguo. Era Fabián Guerrero, hijo de uno de los tíos de Adrián; es decir, su primo. Rara vez coincidían, y menos desde que Adrián entró al ejército. Fabián llevaba un tiempo desempeñándose como gerente general en una filial del grupo, y con bastante éxito. Doña Leonor barajaba últimamente trasladarlo a la sede.

Adrián lo miró de reojo, el ceño apenas fruncido, bloqueó la pantalla del teléfono y soltó un «ajá» indiferente.

Fabián prosiguió, despreocupado.

—La abuela dijo que recién te retiraste ayer. No esperaba encontrarte aquí hoy. Creí que no vendrías a esta junta.

—Esta junta anual del proyecto gubernamental es clave para el Grupo Guerrero. Deberías saberlo —dijo Adrián con voz plana.

—Por supuesto. Por eso vine, para luego poder reportarte.

Fabián lo sabía bien: aunque Adrián hubiera pasado años en el ejército, el verdadero presidente del Grupo Guerrero siempre había sido él; doña Leonor solo administraba de cara al público.

—Con que hagas bien tu propio trabajo, es suficiente —dijo Adrián.

El sentido era claro: no metas la mano donde no te corresponde.

Fabián rió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

—Está bien. Ahora que volviste, el Grupo Guerrero no tendrá problema alguno. Mi lugar está allá, voy para allí.

Adrián observó pensativo su silueta al alejarse y luego apartó la vista.

...

Seis de la tarde. Terminó el trabajo de interpretación de Amelia.

Tras separarse de Fernanda, pensó en volver directo a casa y pasar antes por el supermercado. Con Adrián recién instalado, faltaban muchos artículos de primera necesidad. Como no sabía qué prefería él, lo pensó un poco y le mandó un mensaje.

«Estoy en el súper comprando cosas para la casa. ¿Necesitas algo?»

Adrián respondió enseguida:

«Mándame la ubicación, voy para allá.»

Media hora después, cuando Adrián llegó, Amelia estaba justo frente al estante de artículos de higiene femenina, eligiendo. Cuando quiso darse cuenta, el hombre estaba de pie detrás de ella, contemplando la variada estantería con un dejo de curiosidad.

—¿Có… cómo llegaste hasta aquí? —Amelia lo empujó hacia afuera, incómoda—. Ve a buscar tus cosas.

Adrián no se avergonzó en absoluto. Con toda seriedad dijo:

—Vine a informarme. Por si algún día lo necesitas, así te lo puedo comprar yo.

A Amelia le corrió por dentro una oleada de calidez. En tres años con Bruno, él jamás había tenido semejante detalle, mucho menos hecho algo así.

Un empleado que ordenaba la mercadería cerca los miró y sonrió.

—Señorita, qué suerte tiene. Ya no quedan muchos hombres que le compren esto a su esposa.

A Amelia se le curvaron los labios, pero como apenas llevaba dos días de conocer a Adrián, le dio vergüenza. Tomó rápido dos paquetes de los de siempre y los echó al carrito.

—Vámonos.

Viéndola escabullirse a escondidas, Adrián sonrió. Esa mujer, avergonzada, resultaba de lo más adorable. La fría intérprete que un rato antes traducía sin pestañear ante una sala llena de gente no tenía nada que ver con la muchacha de mejillas encendidas que ahora empujaba el carrito casi a la carrera. Y, por alguna razón, a Adrián le gustaban las dos por igual.

1
Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play