El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?
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Capítulo 21
Capítulo 21. Su talento no se comparaba con el tuyo
Elena volvió a su departamento cuando Valeria por fin dejó de tener fiebre.
La cena con Gabriel era al día siguiente. Todavía no había elegido un vestido.
Por la tarde fue a una tienda de ropa de gala.
La encargada y varias empleadas estaban alrededor de un maniquí. Ajustaban la tela y revisaban cada detalle con tanto cuidado que no vieron a Elena hasta que estuvo cerca.
—Disculpe. ¿En qué podemos ayudarla?
—Primero voy a mirar.
—Claro.
Aunque llevaba años casada con Adrián, casi nunca asistía a eventos con la familia Valdés. Él e Isabel no la llevaban cuando recibían invitaciones.
Carmen, por su parte, hacía tiempo que había dejado de interesarse por aquellas reuniones.
Elena no era experta en vestidos de gala. Pero Valeria trabajaba en moda y le había enseñado a reconocer lo que le favorecía.
Recorrió los estantes.
Había muchos vestidos hermosos. Quería algo sencillo con lo que pudiera sentirse cómoda.
Entonces vio completo el que las empleadas estaban arreglando.
Era de tul lila, con la cintura definida y flores delicadas sobre la tela. El collar del maniquí completaba el conjunto.
Elena se acercó.
Iba a tocar la tela cuando la encargada le sujetó la muñeca.
Demasiado fuerte.
Ella frunció el ceño por el dolor.
La mujer la soltó enseguida.
—Perdón. No quise lastimarla. Es un encargo para una clienta. Solo existe este vestido y cuesta muchísimo. Si le pasa algo, nosotras no podemos pagarlo.
—No se preocupe.
Elena retiró la mano.
El vestido ya tenía dueña.
Los demás también eran caros: algunos costaban decenas de miles de pesos; los más exclusivos, más de un millón. Aun así, junto a aquel vestido parecían mucho menos especiales.
Elena eligió uno de seda color crema con un bordado discreto.
Era bonito. También se parecía más a lo que ella quería usar.
Mientras pagaba, oyó conversar a dos empleadas.
—Entre el vestido lila y el collar son más de treinta millones. Es como ponerse una casa de lujo.
—Y seguramente solo lo va a usar una vez.
Elena miró de nuevo el maniquí.
Treinta millones.
Aunque hubiera estado disponible, no podía permitirse un capricho así.
Tomó su compra y se fue.
***
Al volver, Valeria llamó para invitarla a cenar al día siguiente.
Cuando supo lo del evento, cambió el plan.
—Entonces voy a ayudarte a arreglarte.
Llegó la tarde siguiente, dispuesta a encargarse de todo.
El vestido favorecía a Elena. Con el peinado y el maquillaje que eligió Valeria, su belleza se veía natural, sin ocultar la tranquilidad de su expresión.
Gabriel se quedó mirándola al llegar.
—Te ves preciosa. Ese vestido te queda muy bien.
—Gracias.
Ya en el auto, él volvió al tema del trabajo.
—¿Mañana te incorporas oficialmente?
—Sí.
—Perfecto. Marina también empieza mañana. Es la persona de la que te hablé, la que trabaja con algoritmos. Así puedo presentarlas...
Elena se volvió hacia él.
—¿Marina Salazar? ¿La que regresó hace poco de Madrid?
Gabriel la miró, sorprendido.
—Sí. ¿La conoces?
—Es mi media hermana. Tenemos el mismo padre.
Él se quedó callado.
Sabía parte de la historia de su familia. No había relacionado a aquella candidata con ella.
Elena añadió:
—También es la mujer con la que está Adrián.
Gabriel frenó de golpe.
—Elena...
—Estoy bien.
Ella se acomodó en el asiento.
—Pero no quiero que entre a nuestra empresa. Puedes pensar que estoy mezclando asuntos personales con el trabajo. Aun así, no voy a aceptar que esté allí.
Gabriel no necesitó pensarlo.
—Estoy de acuerdo.
Elena lo miró.
No tenía que defenderse, demostrar que no estaba exagerando ni soportar que alguien le pidiera ceder otra vez.
Él la había escuchado.
—Gracias —dijo—. Aunque eso significa perder a alguien con mucho talento.
Gabriel negó con la cabeza.
—Marina es buena. Pero su talento no se compara con el tuyo.
Elena pensó que lo decía para hacerla sentir mejor.
Él lo notó.
—Hablo en serio.
Ella tardó en responder.
—Si ya habían hablado, ¿por qué no había empezado antes?
—Dijo que tenía unos asuntos pendientes. No le pregunté cuáles.
Llegaron unos minutos después.
Antes de bajar, Elena volvió a pensar en la decisión de Marina.
—No entiendo por qué quería trabajar con nosotros.
Nova Áurea crecía, pero había empresas mucho más grandes. Con sus estudios y sus contactos, Marina tenía otras opciones.
Su condición de cofundadora de Nova Áurea no era pública. Su hermana no tenía motivos para saber que la empresa también era suya.
Gabriel sonrió.
—En la entrevista habló mucho de cuap. Le interesa nuestro lenguaje de programación.
Elena lo miró.
Cuap era el lenguaje que ella había desarrollado con su equipo a los diecisiete años.
Al principio, algunos no habían entendido su valor. Con el tiempo se había convertido en una de las mayores ventajas de la empresa.
Otros equipos lo habían estudiado e intentado reproducir sus resultados. No lo habían conseguido.
Marina quería entrar por cuap.
—Y no es la única —añadió Gabriel—. Varios de los mejores profesionales que contratamos vinieron por lo mismo.
Elena guardó silencio.
Gabriel le dio una palmada cariñosa en la cabeza.
—Por eso te dije que no se compara contigo. Lo sé mejor que nadie.
Antes de conocer a Elena, él también había sido el alumno al que todos llamaban un genio.