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El Pecado De Los Inmortales

El Pecado De Los Inmortales

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Reencarnación / Romance oscuro
Popularitas:380
Nilai: 5
nombre de autor: Lumina Bazan Enamorado

«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».

Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.

Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.

El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.

Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.

Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.

Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.

Porque ella no fue creada para salvar el mundo.

Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.

Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.

NovelToon tiene autorización de Lumina Bazan Enamorado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El volumen que no debía existir

La mañana llegó a Vespera cubierta por una niebla tan espesa que los edificios de la universidad parecían desvanecerse a pocos metros de distancia.

Seraphine observará las gotas de humedad adheridas al cristal de su ventana mientras sostiene el teléfono entre las manos. Había dormido poco, aunque aquella noche las pesadillas no habían regresado. Su inquietud provenía de algo más persistente: una frase que se negaba a abandonar sus pensamientos.

El registro recuerda a quien se negó a olvidar.

Alguien había conservado un registro del juramento. Alguien había resistido, de una manera u otra, aquello que parecía haber borrado los recuerdos de los demás. Y si la mujer encapuchada estaba dispuesta a robar, escapar y arriesgarse para localizar, significaba que aquel documento podía contener algo más que una explicación histórica.

Quizás una verdad capaz de cambiar lo que todos creían saber.

O una prueba de que la historia que buscaban reconstruir jamás había sido contada por completo.

Su teléfono vibró.

Kaelith: ¿Has dormido?

Seraphine entrecerró los ojos.

Seraphine: ¿Es una pregunta sincera o una forma elegante de averiguar si he tenido otra visión?

Kaelith: Ambas cosas.

Seraphine: He dormido lo suficiente.

Kaelith: Eso no responde a mi pregunta.

Seraphine estuvo a punto de escribir una respuesta mordaz, pero apareció otro mensaje.

Kaelith: ¿Quieres contarme cómo estás?

Se quedó mirando la pantalla.

Había algo desconcertante en aquel hombre. Hace tres mil años, según los fragmentos que comenzaban a filtrarse entre sus recuerdos, había perdido a alguien que significaba demasiado para él. En el presente, parecía estar aprendiendo a no perderla de otra manera: intentando protegerla tanto que corría el riesgo de confundir el cuidado con el control.

Pero al menos estaba aprendiendo.

Seraphine: Estoy cansada, intrigada y de mal humor. En ese orden.

Kaelith: Entonces el mundo sigue en equilibrio.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Seraphine.

Seraphine: Hoy nos reuniremos con Lucien. Vamos a preguntarle por el volumen del cuarto.

Kaelith: Darius está revisando los inventarios de Nocthar. Si encuentra algo relevante, te lo comunicaré.

Seraphine: ¿Y si no encontramos nada?

Kaelith: Buscaremos en otro lugar.

Seraphine: Qué extraordinaria capacidad para resolver problemas.

Kaelith: He tenido tres mil años de práctica.

Seraphine guardó el teléfono antes de que se le escapara otra sonrisa.

No estaba dispuesta a reconocer que aquellos mensajes comenzaban a convertirse en una parte agradable de sus mañanas.

Todavía no.

Se vistió, tomó su bolso y guardó el reloj de bolsillo en uno de sus compartimentos. Antes de salir, comprobó que llevaba la libreta donde había registrado las evidencias, los fenómenos inexplicados y las preguntas pendientes.

No quería volver a confundir una sospecha con un hecho.

Ya tenían suficientes misterios sin necesidad de inventarse otros.

Eveline la esperaba frente a la entrada de la universidad con dos cafés y una expresión que anunciaba preguntas.

—Antes de que digas algo, quiero dejar constancia de que no estoy preparada para otra jornada de documentos que esconden mensajes misteriosos, retratos de personas que se parecen a ti o puertas que golpean desde lugares donde no debería haber puertas.

Seraphine aceptó el café.

—Buenos días para ti también.

—Son buenos mientras no descubrimos que la biblioteca tiene un sótano prohibido, una maldición familiar y un bibliotecario inmortal.

—No descartaría lo último.

Eveline se detuvo.

—No bromees con eso.

—No estaba bromeando.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Continuaron caminando hacia el edificio de archivos.

A pesar de sus quejas, Eveline llevaba una libreta nueva, varias hojas impresas y una lista de preguntas escritas con una letra sorprendentemente ordenada.

Seraphine la miró de reojo.

— ¿Preparaste todo eso anoche?

—Alguien tiene que compensar tu tendencia a mirar fijamente los objetos antiguos hasta que intentan comunicarse contigo.

—Nunca me provocó que un objeto me pudiera hacer.

-No. Solo has conseguido que una estatua pronuncie un nombre que nadie recuerda, que un reloj vuelva a funcionar después de tres mil años y que un manuscrito cambie de contenido delante de tus ojos.

Seraphine bebió un sorbo de café.

—Cuando lo dices así, parece una lista bastante larga.

—Porque lo es.

Por primera vez en toda la mañana, Seraphine sintió que podía respirar sin tener que medir cada pensamiento. Eveline tenía aquella capacidad: recordarle que, incluso cuando el mundo parecía estar desmoronándose, todavía existían las conversaciones absurdas, el café demasiado caliente y las personas que se quedaban a su lado sin exigirle explicaciones imposibles.

Al llegar a la sala de consulta, encontraron a Lucien Ardent esperándolas.

El historiador llevaba el mismo abrigo oscuro de la última vez. Sobre la mesa había colocado una carpeta de cuero, varias reproducciones del informe de Edmund Ardent y un inventario mecanografiado que parecía haber sobrevivido a demasiados años de almacenamiento.

—Me alegra que hayan venido —dijo—. Revisó las notas que conservaba sobre la colección. Hay algo que no habíamos podido comprobar en nuestra última consulta.

Eveline dejó la libreta sobre la mesa.

¿Algo relacionado con el segundo cuadro?

—Con el cuarto volumen.

Seraphine sintió que toda su atención se concentraba en aquellas palabras.

—¿Lo ha encontrado?

Lucien negó con la cabeza.

-No. Pero encontré una referencia más antigua a él.

Sacó una hoja del inventario y la colocó frente a ellas.

El encabezado decía:

COLECCIÓN ARDENT — RELACIÓN DE CUADERNOS, INFORMES Y ANEXOS.

Debajo aparecía una enumeración de documentos. Los tres primeros volúmenes estaban acompañados por anotaciones de conservación. El cuarto, en cambio, tenía una observación escrita a mano.

«Consulta restringida. No separar del conjunto documental sin autorización expresa».

Eveline se inclinó sobre la hoja.

—Eso no significa que el volumen contenga el registro del juramento.

—Correcto —respondió Lucien—. Solo demuestra que alguien demostró importancia y se mantuvo junto al resto de la colección.

—¿Y por qué no está allí? —preguntó Seraphine.

Lucien pasó un dedo por la línea siguiente.

—En un inventario posterior aparece como retirado temporalmente para su revisión. No hay una anotación que confirme su devolución.

—¿Quién lo retiró?

—Eso es lo que no he podido establecer.

El silencio que siguió fue breve, pero incómodo.

Seraphine volvió a leer la observación. No había ninguna referencia clara a un juramento, una corona o una figura cuyo rostro hubiera sido alterado. Solo un volumen ausente y una instrucción que alguien había considerado necesario escribir.

Sin embargo, después de todo lo que habían descubierto, aquella ausencia merecía ser investigada.

— ¿Podemos ver el inventario posterior? —preguntó Eveline.

Lucien sacó otra hoja.

En ella aparecían varias columnas con fechas, números de registro y nombres de documentos. Junto a la referencia al cuarto volumen había una anotación más reciente, escrita con tinta azul.

«Solicitud de consulta denegada. El material no se encuentra disponible».

No figuraba el motivo.

Tampoco aparecía el nombre de quien había solicitado la consulta.

—¿Cuándo ocurrió esto? —preguntó Seraphine.

—Hace diecisiete años.

Eveline alzó las cejas.

—Y nadie preguntó por qué un documento que supuestamente estaba retirado no podía consultarse.

—Alguien preguntó. Encontré una carta en la que se solicitaba una explicación. La respuesta indicaba que el volumen no había podido localizarse y que continuaría la búsqueda.

—¿Y continuó?

Lucien guardó silencio un instante.

—No encontré constancia de que lo hiciera.

Seraphine apoyó las manos sobre la mesa.

Diecisiete años.

Era un período lo bastante reciente como para que algunas de las personas involucradas siguieran vivas. Sin embargo, no podía saber si la ausencia del volumen había sido intencional, si se había extraviado durante un traslado o si simplemente nadie había actualizado los registros.

—Necesitamos saber quién hizo aquella solicitud —dijo.

—Y quién respondió —añadió Eveline—. Porque alguien decidió que la búsqueda podía terminar sin que el documento apareciera.

Lucien las observará con una mezcla de cautela y preocupación.

—Puedo solicitar acceso a la correspondencia administrativa relacionada con aquella consulta. Pero quiero que comprendan algo: todavía no sabemos si el volumen fue robado, trasladado, destruido o mal catalogado.

—Lo sabemos —respondió Seraphine—. No vamos a convertir una sospecha en una conclusión.

Lucien.

—Bien. Porque hay otra cuestión que me inquieta.

Abra la carpeta y extraiga una reproducción ampliada del segundo cuadro.

Las nueve figuras alrededor de la mesa parecían todavía más perturbadoras cuando se observaban de cerca. La corona descansaba en el centro. Algunas figuras mantenían las manos sobre la mesa; otros parecían apartarse. El rostro de la novena seguía oscurecido, aunque la ampliación permitía distinguir que la alteración no cubría por completo el contorno de la cabeza.

Seraphine se acercó.

—¿Qué ocurre?

Lucien señaló una pequeña zona del margen inferior.

—En el informe de Edmund Ardent se menciona una anotación que no aparece en la descripción principal. La tinta estaba demasiado deteriorada para transcribirla con seguridad. He revisado la fotografía original y creo que puede distinguirse una palabra.

Eveline se acercó a la lámpara de consulta.

La escritura era diminuta y estaba parcialmente oculta por una mancha.

Seraphine tomó una fotografía de la zona, procurando no alterar la posición de los documentos.

Lucien colocó una lámina transparente sobre la reproducción para señalar el lugar exacto.

—No es un análisis técnico del pigmento —aclaró—. Solo una manera de identificar la zona donde parece estar la anotación.

Eveline examinó la palabra durante varios segundos.

—¿Puede decir «testigo»?

—Podría —respondió Lucien—. También podría ser otra palabra. La última letra no se distingue.

Seraphine sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la sala.

El registro recuerda a quien se negó a olvidar.

No. No podía permitir que una palabra incompleta se transformara en una respuesta solo porque encajaba con sus temores.

—Necesitamos el original —dijo finalmente—. Y alguien que pueda examinar la pintura sin alterar la superficie.

—Estoy de acuerdo. Pero primero debemos localizarla.

Lucien retiró la lámina y guardó la reproducción con cuidado.

—Hay una última cosa. La referencia al cuarto volumen no aparece únicamente en el inventario. También figura en una carta dirigida a una persona cuyo nombre no ha conseguido identificar.

Seraphine levantó la mirada.

—¿Qué dice la carta?

—No he terminado de transcribirla. Hay varias líneas ilegibles. Sin embargo, el final es bastante claro.

Lucien buscó una hoja entre sus documentos.

—«No debe entregar el conjunto a quien solicite únicamente la parte que falta. Si el volumen ha sido separado, la separación no debe considerarse una prueba de pérdida».

Eveline frunció el ceño.

—Eso suena como si alguien supiera que el volumen podía desaparecer.

—O como si estuviera dando instrucciones para conservar un archivo incompleto —replicó Lucien—. No debemos atribuirle más significado del que tiene.

Seraphine agradeció aquella prudencia. Necesitaban a alguien dispuesto a reconocer la importancia de las pistas, pero también a señalar sus límites.

— ¿Podemos obtener una copia de la carta completa?

—Cuando termine de verificar la transcripción. No quiero que una palabra mal leída las conduzca en la dirección equivocada.

—Está bien.

Lucien guardó los documentos en su carpeta.

—Les avisaré cuando tenga noticias de la correspondencia administrativa. Mientras tanto, les recomiendo que no difundan las imágenes del segundo cuadro.

—¿Por qué? —preguntó Eveline.

—Porque todavía no sabemos quién tiene acceso a la colección ni si el original continúa en manos de su propietario. Si alguien ha estado buscando el cuarto volumen, no quiero facilitarle la identificación de los materiales relacionados.

Seraphine pensó en el hombre del abrigo gris.

No sabía quién era. Tampoco podía asegurar que estuviera relacionado con los sucesos que investigaban. Solo grababa la llamada que había hecho y las palabras que habían llegado hasta ellas: habían encontrado el cuadro y el símbolo.

La coincidencia podía ser una advertencia.

También podía no significar nada.

Pero conservar la información sería tan importante como descubrirla.

Cuando salió del edificio de archivos, la niebla comenzaba a disiparse.

Eveline caminó a su lado sin hablar durante unos minutos. Después, sacó su libreta y repasó las anotaciones.

—Tenemos un volumen desaparecido, una consulta denegada hace diecisiete años, una carta incompleta y una palabra que quizás diga «testigo».

—Cuando lo enumera así, no parece mucho.

—Es más de lo que teníamos ayer.

Seraphine asiente.

—Y sigue sin demostrar que el cuarto volumen contiene el registro del juramento.

—Exactamente.

Eveline cerró la libreta.

—Aunque tengo una pregunta.

—Solo una. Qué milagro.

—Si alguien se tomó tantas molestias para mantener unido el conjunto documental, ¿por qué permitiría que uno de los volúmenes desapareciera?

Seraphine no respondió de inmediato.

Quizás no había sido una desaparición voluntaria. Quizás alguien lo había retirado para protegerlo. Quizás las anotaciones pertenecían a personas distintas que desconocían las decisiones de quienes las habían precedido.

O quizás alguien había querido que el volumen permaneciera fuera del alcance de cualquiera que pudiera comprenderlo.

—No lo sé —admitió.

Eveline sonrió levemente.

—Bien. Por un momento temí que fueras a decir que tenías una visión.

—No todas mis respuestas vienen acompañadas de una visión.

—Solo las más aterradoras.

Seraphine se rio, aunque la risa se desvaneció cuando su teléfono vibró.

Era un mensaje de Kaelith.

Kaelith: Darius encontró una referencia a un traslado antiguo.

Seraphine se detuvo.

Seraphine: ¿A qué trasladaron?

Kaelith: Todavía no lo sabemos. El inventario está incompleto y no aparece el destino.

Seraphine: ¿El registro del juramento?

Kaelith: No puedo afirmarlo. Solo tenemos constancia de que se transfirió un conjunto de documentos relacionados con pactos antiguos.

Seraphine respiró despacio.

Era una pista, no una respuesta. Un documento retirado de un archivo infernal no tenía por qué estar relacionado con el volumen de Edmund Ardent. Sin embargo, ambas ausencias planteaban una pregunta semejante: ¿quién había decidido que ciertos registros dejaran de estar donde debían?

Seraphine: Eveline y yo encontramos una referencia al cuarto volumen de los Ardent. Fue retirado para revisión y no consta que regresara.

Los tres puntos que indicaban que Kaelith estaba escribiendo aparecieron y desaparecieron.

Kaelith: ¿Cuándo fue jubilada?

Séraphine: No conocemos la fecha exacta. Tenemos una consulta denegada de hace diecisiete años.

Kaelith: No es suficiente para relacionarlo con el documento de Nocthar.

Seraphine sonríe.

Séraphine: Mira qué bien. Estás aprendiendo a no convertir cada coincidencia en una conspiración.

Kaelith: No te acostumbras a tener razón.

Seraphine: Demasiado tarde.

Esta vez, Kaelith no respondió con una broma.

Kaelith: Hay algo más. Darius encontró una referencia a un traslado que no tiene un destinatario registrado. La anotación está incompleta. No puedo asegurarte que tenga relación con lo que ustedes encontraron, pero debemos averiguar quién autorizó el movimiento.

Seraphine leyó el mensaje dos veces.

No había una solución. No había un nombre ni una ubicación. Solo dos rastros que quizás terminarán conduciéndolos a un mismo lugar.

Seraphine: Hablemos esta tarde. Quiero que comparemos los documentos antes de decidir qué hacer.

Kaelith: De acuerdo. ¿Dónde quieres reunirte?

Seraphine miró a Eveline, que ya había comenzado a caminar de nuevo y la observaba con una ceja levantada.

Seraphine: En un lugar público. Con una mesa, café y ninguna puerta misteriosa.

Kaelith: Intentaré contener mi engaño.

Seraphine: Puedes sobrevivir.

Kaelith: Por ti, llevo tres mil años sobreviviendo a cosas peores.

Seraphine se quedó inmóvil.

La frase podía ser una broma, una forma de coqueteo o una referencia a una historia que él recordaba de manera incompleta.

Antes de que pudiera preguntarle, llegó otro mensaje.

Kaelith: Perdón. No debería decirlo así.

Ella miró la pantalla durante unos segundos.

No quería que él empezara a medir cada palabra por miedo a herirla. Tampoco quería que utilizara el pasado para recuperar una cercanía que todavía estaban construyendo en el presente.

Seraphine: No tienes que disculparte por recordar. Solo no decidas por mí lo que esos recuerdos significan.

La respuesta tardó un poco más.

Kaelith: No lo haré.

Seraphine guardó el teléfono.

—Todo bien? —preguntó Eveline.

-Si.

Su amiga la miró con escepticismo.

—Esa respuesta suele preceder a un desastre.

—Entonces procuraremos no provocar ninguno.

—Por fin, un plan razonable.

Continuaron caminando.

En Nocthar, el cielo conservaba su habitual tonalidad violeta cuando Darius extendió los documentos sobre la mesa del despacho de Kaelith.

Había pasado varias horas revisando inventarios, registros de traslado y correspondencia antigua. La tarea era tediosa, especialmente porque una parte de los documentos había sido copiada a mano después de incendios, reformas y cambios de administración.

Sin embargo, Darius había encontrado algo.

—No encontré el registro del juramento —dijo—. Tampoco puedo afirmar que el documento retirado sea ese registro. Pero hay una serie de movimientos que no concuerdan con los inventarios posteriores.

Kaelith examinó las hojas.

-Explicar.

Darius señaló una anotación fechada varios siglos atrás.

—Aquí se registra la salida de un conjunto de documentos desde el archivo central. No se especifica el contenido completo, solo que incluye materiales relacionados con pactos antiguos. En la copia posterior, el traslado aparece mencionado, pero no hay una entrada que confirme la devolución de todos los documentos.

— ¿Quién autorizó la salida?

—La firma está dañada. No he podido identificarla.

Kaelith presionó la mandíbula.

—¿Y el destino?

—Tampoco figura.

El soberano volvió a leer la anotación.

Durante tres mil años había gobernado un reino que se enorgullecía de conservar los nombres de sus enemigos, las condiciones de sus pactos y hasta las palabras exactas de sus condenas. La ausencia de un registro no era necesariamente una señal de conspiración, pero sí constituía un problema.

Y, en aquel caso, el problema parecía extenderse mucho más allá de Nocthar.

— ¿Cuántos documentos fueron trasladados? —preguntó.

—El inventario original enumera varios. La copia posterior solo conserva una parte de la lista. No podemos saber si lo que falta fue destruido, extraviado o separado deliberadamente.

Kaelith levantó la mirada.

—¿Has encontrado alguna referencia a los Ardent?

-No. Y no recomiendo que busquemos una relación entre ambos archivos solo porque los dos tengan documentos desaparecidos.

Una sombra de aprobación cruzó el rostro del soberano.

—Bien.

Darius guardó silencio durante unos segundos.

—Hay algo que debo decirte.

—Te escucho.

—No recuerdo haber autorizado ese traslado. Pero tampoco puedo afirmar que nunca lo hice. La fecha es demasiado antigua y los registros están incompletos.

Kaelith dejó la hoja sobre la mesa.

—No voy a convertir una laguna documental en una acusación contra ti.

Darius pareció relajarse apenas.

—Gracias.

—Eso no significa que debamos ignorarla.

-Perder.

Kaelith se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí, las torres de Nocthar se alzaban contra el cielo violeta, silenciosas y antiguas.

La voz detrás de la puerta sellada había insistido en que no confundieran el lugar del juramento con el lugar donde se conservaba el registro. En aquel momento, Kaelith había interpretado la advertencia como una indicación de que debían ampliar la búsqueda.

Ahora comenzaba a considerar otra posibilidad.

Tal vez el registro no había desaparecido de un solo lugar. Tal vez había sido separado de otros documentos para dificultar su localización.

Pero tampoco tenía pruebas suficientes para aceptar esa hipótesis.

—Continúa revisando los traslados —ordenó—. Busca las entradas incompletas, las copias posteriores y cualquier referencia a documentos que no hayan regresado. No te limites a los archivos del palacio.

— ¿Incluidas las correspondencias con los archivos humanos?

—Especialmente esas. Pero no supongas que todos los documentos desaparecidos pertenecen al mismo conjunto.

Darío reavivó la cabeza.

—Entendido.

Kaelith regresó a la mesa y reconoció la hoja que había estado examinando.

—Y otra cosa. No vuelvas a entrar en las cámaras selladas sin mí.

La expresión de Darius se aguantó, aunque no protestó.

—No lo haré.

—No es un castigo adicional. Es una precaución. Todavía no sabemos qué quiere la voz detrás de esa puerta ni cuánto podemos confiar en lo que dice.

—Lo comprendo.

Kaelith sostuvo su mirada.

—Necesito que sigas investigando, Darius. Pero necesito que distingas entre lo que recuerdas, lo que sospechas y lo que puedes demostrar.

—Eso haré.

No era una reconciliación. La confianza no se recuperaba con una conversación, y ambos lo sabían.

Pero, por primera vez desde la confesión, Darius sintió que aún tenía una oportunidad de demostrar que podía ser útil sin esconder lo que desconocía.

Cuando salió del despacho, Kaelith permaneció junto a la mesa.

Había una referencia a un traslado antiguo en Nocthar y un volumen desaparecido de la colección Ardent. No tenían pruebas de que ambas cosas estuvieran relacionadas.

Y en algún lugar, alguien buscaba el registro con una urgencia que no podía explicarse únicamente por curiosidad.

Kaelith tomó su teléfono y escribió un mensaje.

Kaelith: Encontramos una pista, no una respuesta. Quiero que la revisemos contigo y con Eveline antes de actuar.

La respuesta de Seraphine llegó unos instantes después.

Sérafina: Bien. Y esta vez, nada de decidir qué puedo soportar sin preguntarme.

Kaelith contempló aquellas palabras.

Grabó una voz antigua, una frase aislada que no seguiría situar en una escena completa.

Que gobiernes un reino no significa que puedas decidir por mí.

Cerró los ojos un instante.

No sabía cuándo la había escuchado. No sabía qué había ocurrido después. Y no sabía si aquella memoria era suficiente para explicar lo que había perdido.

Pero sí sabía algo.

No volvería a utilizar su miedo como excusa para arrebatarle a Seraphine el derecho a elegir.

Kaelith: Te lo prometo.

Aquella noche, Seraphine colocó sobre su escritorio las fotografías que había tomado durante la consulta, las anotaciones del informe de Edmund Ardent y sus propias notas.

Eveline se había marchado hacía una hora, después de obligarla a prometer que no pasaría toda la noche estudiando documentos antiguos.

Seraphine había aceptado.

No había prometido cumplir.

Revisó las fotografías una por una. En la primera apareció el cuadro de las nueve figuras. En la segunda, la anotación casi ilegible del margen inferior. En la tercera, el inventario del cuarto volumen.

Al ampliar la imagen del inventario, descubrió que una parte de la hoja fotografiada durante la consulta mostró también el reverso de una ficha de registro colocada debajo del documento principal. La ficha no forma parte del inventario transcrito por Lucien; Apenas había reparado en ella porque su atención se había concentrado en el número del volumen.

Amplió la imagen.

En el reverso había una nota escrita a lápiz.

La letra era tenue, casi borrada. No podía distinguir quién la había escrito ni cuándo. Solo logré leer unas palabras:

«…no entregar al solicitante…»

El resto quedó oculto por una marca oscura.

Seraphine se incorporó lentamente.

La nota podía ser una instrucción administrativa. Podía referirse a cualquier documento de la colección. Ni siquiera sabía si estaba relacionada con el volumen del cuarto.

Pero había algo que no podía ignorar: la ficha estaba asociada al inventario que registraba la ausencia del documento.

Tomó una nueva fotografía de la pantalla y guardó ambas imágenes en una carpeta separada. Después escrito en su libreta:

Evidencia por verificar: ficha de registro con anotación manuscrita parcialmente legible.

No confirmado: identidad del autor, fecha, destinatario y relación con el cuarto volumen.

Próximo paso: solicitar a Lucien la consulta de la ficha original y del expediente de la solicitud denegada.

Solo entonces se permitió respirar con normalidad.

No tenía una respuesta. Tenía una nueva pregunta que podía comprobar.

Su teléfono vibró.

Eveline: ¿Sigues despierta?

Sérafina: Sí. Encontré algo en una de las fotografías.

Eveline: Por supuesto que sí.

Seraphine: Es una anotación en una ficha que estaba debajo del inventario. Solo puedo leer «no entregar al solicitante».

Eveline: ¿Sabes a quién se refiere?

Seraphine: No.

Eveline: ¿Sabes cuándo se escribió?

Seraphine: Tampoco.

Eveline: Entonces mañana preguntaremos a Lucien.

Seraphine sonríe.

Seraphine: Ya sabía que dirías eso.

Eveline: Porque soy la única persona de esta amistad que todavía recuerda la importancia de dormir.

Séraphine: Buenas noches, Eveline.

Eveline: Buenas noches. Y no vuelvas a ampliar la fotografía.

Seraphine miró la pantalla.

Luego volvió a mirar la fotografía.

Seraphine: No prometo nada.

Eveline: ¡SERAPHINE!

La risa que escapó de sus labios fue breve, pero genuina.

Dejó el teléfono boca abajo y guardó el reloj de bolsillo en el cajón del escritorio. El mecanismo seguía funcionando con normalidad. La rosa y las espinas permanecían grabadas en la tapa, sin palabras ocultas ni señales de magia.

Por aquella noche, no necesitaba que el reloj le revelara nada más.

Al día siguiente volverían a los archivos. Hablarían con Lucien, examinarían la ficha original y tratarían de averiguar quién había solicitado el cuarto volumen diecisiete años atrás.

Por ahora, eso era suficiente.

Sin embargo, mientras apagaba la lámpara, una idea se instaló en su mente.

Quizás el peligro no residía únicamente en descubrir lo que el juramento había ocultado.

Quizás también residía en descubrir quién había decidido, una y otra vez, qué partes de la historia podían conservarse y cuáles debían desaparecer.

Seraphine se acostó sin saber que, en algún lugar de Vespera, otra persona conservaba una copia de aquella misma anotación.

Una copia que no aparece en ningún inventario.

Y que llevaba años esperando a que alguien hiciera la pregunta equivocada.

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Orlov ♛ ★J² de mafia♾️ 🚬
Wooow, tenias razón quiero maaaas
Elizabeth Bazan Enamorado: espero y el nuevo capítulo te guste tanto como a mi lamento no haber estado publicando continuamente, me enferme pero regresamos con todo.
total 1 replies
Erislandy Quevedo Horta
siguiente capítulo por favor
Elizabeth Bazan Enamorado: Hola el día de mañana publicaré otros 6 capítulos 🤭 me sorprende la velocidad de tu lectura gracias por apoyar mi trabajo ☺️.
total 1 replies
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