El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.
Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.
Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.
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14
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La mandíbula de Renzo se endureció mientras miraba la pantalla del celular, ya oscura.
—¿Me cortó la llamada? —gruñó entre dientes, con el puño cerrado golpeándose el propio muslo.
Rubén, de pie frente a él, solo atinó a tragar saliva sin comprender del todo. Aun así, el hombre parecía adivinar lo que ocurría. Se quedó callado, observando sin atreverse a comentar nada, mientras veía a Renzo intentar llamar una vez más, con el resultado de que el rostro de su jefe se ensombrecía y se crispaba todavía más.
—¡Alena! —gruñó Renzo, furioso, y dejó el celular de Rubén sobre la mesa con un gesto brusco—. ¡Cómo se atreve a bloquear mi número y ahora a cortarme la llamada!
De golpe se levantó de su asiento y tomó el saco. —Voy a buscarla —dijo, y agarró los lentes oscuros y la mascarilla que había dejado tirados de cualquier modo sobre la mesa para volver a ponérselos antes de dirigirse con paso rápido hacia la salida.
Pero, antes de que alcanzara la puerta, Rubén se apresuró a seguirlo. —Señor... ¿adónde va?
—A buscar a Alena —respondió Renzo sin detener el paso.
—Señor, espere. No puede irse ahora.
—¿Por qué? —Renzo frenó y clavó una mirada afilada en Rubén.
Rubén consultó su reloj. —En quince minutos tiene una junta con todos los directores.
—¿Una junta? —preguntó Renzo, frunciendo el ceño.
—Sí, señor. Esta reunión está programada desde la semana pasada.
—No me importa. Tengo que encontrar a Alena ahora mismo. —Renzo se dio media vuelta y volvió a caminar.
—Pero... —Rubén tragó saliva—. Fue el propio director general quien pidió que usted asistiera.
El paso de Renzo volvió a detenerse. El hombre apretó los puños con más fuerza. ¿Por qué todos los problemas le caían encima a la vez? El enojo de su padre la noche anterior, Alena bloqueando su número y ahora, justo cuando quería salir a buscarla, resultaba que no podía abandonar la empresa.
Mientras tanto, Rubén también se contenía, haciendo un esfuerzo por tener aún más paciencia. Desde que Renzo se había acercado a Selena, muchas de sus tareas habían quedado abandonadas y, como consecuencia, era él quien cargaba con las rabietas del señor Richard por no haber sabido recordárselas a su jefe.
—Está bien —dijo Renzo, que al final volvió a sentarse en su silla de trabajo y abrió la carpeta que Rubén ya le había preparado.
—Después de esto, averigua dónde está Alena en este momento —ordenó, con la mirada fija en Rubén.
—Sí, señor. —Rubén inclinó un poco el cuerpo y se retiró. Por dentro, sintió alivio de haber resuelto un problema. Sin embargo, antes de cerrar la puerta, alcanzó a echarle una mirada a Renzo. Para sus adentros lo maldijo y se burló de él, verlo tan desesperado buscando a Alena.
"Tiene una prometida tan buena como la señorita Alena, ¿y va y cae en las garras de una trepadora de sonrisa dulzona?", lo criticó por dentro. "Si yo fuera la señorita Alena, también me buscaría a un hombre mejor que el señor Renzo y se lo restregaría en la cara", añadió, para por fin cerrar la puerta de verdad y encaminarse a su propia oficina.
* * *
De vuelta en el Grupo Villanueva, donde Alena esperaba el resultado de la selección con el corazón acelerado. Desde hacía rato rezaba en silencio para pasar la prueba. Necesitaba de verdad el trabajo después de haberse ido de la casa de los Balcázar.
La muchacha que siempre parecía tan serena estaba ahora realmente inquieta. Y más aún por la llamada de un número desconocido —que había resultado ser Renzo— que había recibido unos minutos antes. Eso le había arruinado el ánimo de golpe.
* * *
Después de esperar quién sabe cuánto tiempo con angustia, por fin...
—¿La señorita Alena Balcázar? —Una empleada de Recursos Humanos, la misma que antes le había entregado el formulario, se acercó a Alena, que aguardaba sentada en la sala de espera.
Alena, sentada con los diez dedos entrelazados sobre los muslos, se puso de pie enseguida y levantó la cara.
—¿Sí?
—Felicitaciones —dijo la empleada, tendiéndole la mano.
Alena frunció el ceño, sin terminar de asimilarlo. —¿Felicitaciones? —preguntó, queriendo asegurarse de que no había oído mal.
La empleada asintió con una sonrisa. —Usted fue seleccionada como asistente personal del señor Nathan —respondió, con la palma aún suspendida en el aire.
—¿Yo? —preguntó Alena, y los ojos se le abrieron de golpe. A toda prisa correspondió el apretón de manos.
—A partir de hoy, usted es oficialmente la asistente personal del señor Nathan Villanueva.
Alena le dio las gracias una y otra vez mientras le sacudía la mano de arriba abajo, de pura alegría. Sintió un verdadero alivio: por fin había conseguido trabajo. Y, sobre todo, lo había logrado sin recurrir al apellido de su familia, sin los contactos de sus padres y tampoco por su condición de ex prometida del heredero de los Sebastián. Lo había logrado por su propia capacidad.
Desde detrás de la puerta entreabierta de la sala de entrevistas, Nathan observaba en silencio la expresión de felicidad en el rostro de Alena. Poco a poco, la comisura de sus labios se curvó apenas.
Por fin puedo atarte a mí. Y, de ahora en adelante, jamás voy a dejar que te sueltes. Vas a estar a mi lado para siempre.