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Mi ex necesita un urólogo

Mi ex necesita un urólogo

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio / Doctor / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:401
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23. Su camisa blanca

Alejandro llevaba un pijama de seda negro. El cabello corto aún le goteaba y la frescura del baño lo hacía parecer más joven y atractivo que con su habitual traje. Valeria lo observó un par de veces. Había que reconocer que tenía una cara privilegiada.

El teléfono de él sonó. Era Soto.

—C aceptó verlo mañana en el Hospital San Gabriel, señor.

—La otra vez vino y se marchó, jugando al misterio. Mañana voy a ver quién es de una vez.

Valeria sintió frío en la nuca. Estaba perdida. Alejandro no había olvidado el desplante. Quien se atreviera a jugar al misterio con él lo pagaría, y mañana quería ver a C con sus propios ojos.

Él le dirigió una mirada.

—¿No vas a bañarte?

—Sí.

Ella se metió corriendo en el baño. Alejandro terminó la llamada con el ceño fruncido. C lo irritaba tanto como Valeria. Se secó un poco el cabello con una toalla y abrió sus documentos.

Estaba revisándolos cuando oyó una voz suave desde el baño.

—¿Alejandro? ¡Alejandro!

Lo llamaba por su nombre con una voz dulce y delicada, muy distinta de su tono mordaz de siempre. Él se levantó y fue hasta la puerta.

—¿Qué pasa?

La puerta se abrió apenas. Asomaron los ojos húmedos de Valeria y la mitad de su rostro. El vapor le había sonrosado la piel de la frente, bajo el pequeño pico del nacimiento del cabello.

—¿Me prestas una camisa?

—¿No te dejaron ropa para dormir?

—Sí. —Le mostró un camisón negro de encaje, de lencería—. Si quieres verlo, me lo pongo ahora.

Alejandro se quedó sin palabras. Aquello tenía que ser idea de su abuela, empeñada en animar la vida de la pareja. Sacó una camisa blanca del armario y se la arrojó.

—No tienes cuerpo para eso. Mejor no hagas el ridículo.

Lo hizo a propósito: la camisa le cayó encima y le cubrió la cara y toda la cabeza. Valeria se la quitó a manotazos, lo fulminó con los ojos húmedos y le lanzó el camisón a la cara.

—Si tu cuerpo es tan perfecto y el mío no, ¡póntelo tú!

Cerró la puerta de un golpe, dejándolo con la ráfaga en la cara. Alejandro había estado irritado; ahora soltó una risa de rabia. Sujetó el camisón con los dedos y lo examinó. Encaje, tiras… Su abuela sí que se había esforzado.

Lo tiró a la basura y volvió al sofá a trabajar.

Poco después se abrió la puerta y salió Valeria. Al levantar la vista, Alejandro la vio con su camisa blanca. La prenda amplia hacía que pareciera aún más pequeña y delicada; sus curvas se insinuaban bajo la tela suelta. Tenía algo inocente y sensual a la vez.

La camisa terminaba por encima de las rodillas, dejando ver sus piernas blancas y de proporciones perfectas. Él admitió para sí que lo anterior había sido una broma. Su cara y su figura eran excepcionales.

Valeria no le habló. Ya se había secado el cabello y se sentó ante el tocador, donde había muchos frascos. Se aplicó productos en el rostro hasta quedar suavemente perfumada.

Llevaban más de tres años casados, pero Alejandro nunca había compartido habitación con ella. Ni con otra mujer. Era la primera vez. Verla ir y venir con su rutina de cuidado le resultaba novedoso.

Ella advirtió la mirada y se volvió antes de que él pudiera apartar los ojos.

—¿Qué miras? ¿Nunca has visto a una mujer hermosa?

—Podrías dedicar el tiempo a leer y cultivarte. Por mucho que te arregles, no dejas de ser un adorno bonito.

¿Un adorno? Ya vería él. Algún día le quitaría esa costumbre de despreciarla y lo dejaría deslumbrado.

Valeria no respondió. Levantó las cobijas y se acostó. Entonces sonó una notificación en el teléfono de Alejandro.

Beltrán había creado un grupo en Conecta y lo había agregado. Solo había otra persona: V, con su avatar negro. La antigua alumna prodigio que días atrás había rechazado su solicitud. Ahora estaban en el mismo grupo.

Beltrán los recibió con aplausos en el chat.

«Bienvenidos, nuestros dos genios de Harvard. La universidad va a lanzar un juego numérico y queremos que prueben su velocidad antes de publicarlo».

Alejandro respondió: «De acuerdo».

V envió la misma respuesta.

Beltrán compartió la aplicación. Los dos entraron al mismo tiempo y se pusieron a resolver el juego de programación. Alejandro terminó pronto: 10,4 segundos.

Miró el avatar negro de V. Tenía curiosidad por saber cuánto tardaría ella. Cuando Beltrán le había contado que una joven prodigio de una promoción posterior no dejaba de desafiar sus marcas y podía igualarlo, le había costado creerlo. Después ella rechazó su solicitud y él dejó de prestarle atención.

Al final, Beltrán los había reunido.

Llegó una captura de pantalla, acompañada de un mensaje:

«¡Los dos lo hicieron en 10,4 segundos! Llevan el límite al extremo. ¡Impresionante!».

Alejandro alzó un poco los párpados. Ella también había tardado 10,4 segundos. Nadie había logrado igualar su velocidad hasta entonces.

V lo había conseguido.

Esbozó una sonrisa y escribió un mensaje. En la cama, Valeria sostenía el teléfono y también había visto el resultado de él. Le llegó una mención en el grupo.

Alejandro la había etiquetado.

«¿Por qué no aceptaste mi solicitud?».

Ella levantó los ojos hacia el sofá. Él esperaba la respuesta de la antigua alumna genial, sin prestar la menor atención a su esposa, aquel supuesto adorno bonito.

Valeria escribió. El teléfono de él sonó.

«Eres insoportable».

Alejandro leyó la frase dos veces y dejó escapar una risa de significado incierto. ¿Qué tenía de insoportable? ¿Cómo había conseguido molestar a esa mujer?

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