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Ya no soy tu sustituta

Ya no soy tu sustituta

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Juego de roles / Triángulo amoroso / Tú no me amas / Amante arrepentido / Amor platónico
Popularitas:692
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

001. Acepto el matrimonio

Al llegar a buscar a Gabriel Duarte, que estaba bebiendo con sus amigos, Valentina Robles oyó la conversación al otro lado de la puerta y se detuvo.

—Gabriel, Camila Salazar volvió al país. ¿Y con Valentina qué vas a hacer?

—¿Hacer qué? —respondió él, indiferente.

—Pero si llevas tres años con Valentina. Ahora que volvió Camila, ¿con quién te vas a quedar?

Por la rendija de la puerta, Valentina vio a Gabriel encender un cigarrillo. Entre el humo blanquecino, él guardó silencio unos instantes antes de bajar la voz.

—No sé. No quiero hacerle daño a Valentina, pero tampoco puedo olvidarme de Camila.

—Claro, Camila fue tu primer amor y todavía la tienes en un pedestal —comentó un amigo—. Con lo intenso que fue lo suyo, es normal que no la olvides.

—Pero, a ver —intervino otro—. Valentina lleva tres años contigo y encima es guapísima. ¿Y tú sigues sin olvidar a Camila?

Gabriel se frotó las sienes y respondió con cierto cansancio:

—Sí, bonita sí es. Fui tras ella porque se parecía un poco a Camila. Todos estos años he estado buscando a Camila en ella.

—¿Entonces te buscaste una sustituta? —Su amigo suspiró—. Hasta a mí me da un poco de lástima Valentina.

—¿Y cuándo vas a terminar con ella? —preguntó otro.

Gabriel dio un ligero golpecito al cigarrillo para soltar la ceniza.

—Ya veré. Valentina no me da problemas, es comprensiva… La verdad, me cuesta dejarla.

El amigo que tenía al lado le dio una palmada en el hombro.

—Gabriel, no puedes quedarte con las dos. Piénsalo bien.

—Pues sal con las dos, ¿qué problema hay? —soltó otro, despreocupado—. Si te sientes mal por Valentina, cómprale más regalos y tenla contenta. A las mujeres las contentas fácil.

—¿Te crees que todos andamos con tres o cuatro a la vez, como tú? —Gabriel soltó una risa desdeñosa—. Yo no llego a tanto.

Al otro lado de la puerta, Valentina esbozó una sonrisa amarga, burlándose de sí misma, y se dio la vuelta. Salió del restaurante y siguió caminando junto al río, repasando uno a uno los recuerdos de aquellos años con Gabriel.

Tres años juntos, creyendo que él la amaba tanto como ella a él.

Y ella no había sido más que la sustituta de su primer amor.

Se detuvo junto al río. A la izquierda, la avenida bullía de tráfico; a la derecha, el agua corría sin descanso. Una lágrima le resbaló por el rabillo del ojo y el viento que soplaba con fuerza desde el río le agitó el cabello.

Allí tomó una decisión. Sacó el teléfono y marcó un número.

—Hola, papá. Está bien, vuelvo a casa y me caso con quien eligieron.

Contra la oscuridad, la luz amarillenta del farol resultaba aún más tenue. Unos insectos revoloteaban bajo ella. Valentina permaneció allí, mirando la noche sin fin.

—No pasa nada —dijo con voz tranquila—. Ya me divertí bastante. Ahora quiero casarme y sentar cabeza.

—Me equivoqué. Me porté como una inmadura; no debí pelearme con ustedes e irme de casa. Ya lo entendí.

—En cuanto arregle lo que tengo pendiente aquí, vuelvo a Santa Lucía.

***

Valentina siguió caminando sola durante un buen rato. Cuando llegó a la casa de Las Acacias, ya pasaban de las diez de la noche. Al verla, Teresa, la empleada doméstica, le tendió el plato de sopa que llevaba en las manos.

—Señorita Robles, ya volvió. ¿Esta es la sopa que le preparó al señor para el estómago? Se había enfriado y la calenté. Justo iba a subírsela. Si quiere, se la puede llevar usted.

Valentina tomó el plato sin decir nada y subió al dormitorio. La pantalla de la computadora seguía encendida, pero Gabriel no estaba frente al escritorio. La luz del baño estaba prendida y se oía correr el agua.

¿Tan temprano se había metido a bañar hoy?

Dejó la sopa sobre la mesa. El sonido incesante de las notificaciones de WhatsApp le llamó la atención; movió el ratón y abrió la aplicación.

Los mensajes eran de Camila.

«Gabriel, ya volví. Llego esta noche al aeropuerto de Puerto Azul, a las once y media. ¿Puedes venir a buscarme?»

El mensaje era de hacía diez minutos. Así que por eso se bañaba: iba a buscar al aeropuerto a su inolvidable primer amor.

«Gabriel, te he extrañado mucho todos estos años. No he podido olvidarte. Me arrepiento tanto de haber terminado contigo para irme a estudiar al extranjero y avanzar en mi carrera».

«Los dos somos demasiado orgullosos. Nunca aprendimos a ceder. Pero tú todavía sientes algo por mí, yo lo sé. ¿Verdad?»

«Estos años tuve varios novios, pero siempre terminábamos al poco tiempo. Sentía que faltaba algo. Me costó darme cuenta, pero a quien he amado todo este tiempo es a ti».

«No me atrevía a volver a Puerto Azul. Tenía miedo de que siguieras odiándome, de que no quisieras verme. De encontrar a otra mujer a tu lado. De que ya no me amaras».

«Me equivoqué, Gabriel. ¿Puedes perdonarme?»

Valentina leyó en silencio, con el pecho oprimido. Iba a cerrar la conversación y marcharse cuando apareció una respuesta de Gabriel.

«Camila, solo dime una cosa: ¿todavía me amas?»

La conversación se actualizaba en la computadora: él le estaba contestando desde el teléfono, en plena ducha. Valentina sintió un pequeño vuelco en el corazón.

Gabriel tenía tanto trabajo que a menudo no encontraba tiempo para responderle a ella. Valentina se había acostumbrado; ya casi no le escribía, para no molestarlo mientras trabajaba. A Camila, en cambio, le contestaba hasta en la ducha.

Era demasiado evidente a quién amaba y a quién no.

Camila contestó casi de inmediato.

«Sí. A ti y a nadie más».

«Está bien, voy a buscarte».

En ese momento, aquellos tres años de relación le parecieron una broma. Cerró la conversación en silencio y dejó el ratón tal como estaba, como si no hubiera pasado nada.

Bajó a la cocina y se sirvió un plato de sopa para ella. La tomó cucharada a cucharada. Había aprendido a preparar aquella sopa de cebada y legumbres por los problemas de estómago de Gabriel: primero remojaba los garbanzos, la cebada y los frijoles rojos, luego los echaba en agua hirviendo, añadía arroz y lo dejaba todo a fuego lento. Poco antes de que estuviera lista, agregaba papa fresca cortada en trocitos.

Prepararla llevaba tiempo y trabajo. Él había dicho «Me gusta», y por esas dos palabras ella llevaba dos años haciéndosela.

Cuando terminó el plato, Gabriel bajó las escaleras. Ya se había bañado y secado el cabello; se había puesto ropa limpia y fresca.

—¿Dónde andabas? No te vi cuando llegué.

—Salí a caminar un rato —respondió ella con calma.

Gabriel se dirigió a la puerta.

—Tengo que salir a hacer una cosa. Si tienes sueño, acuéstate, no me esperes.

Valentina bajó la mirada y respondió con un tenue «sí».

—¿Vuelves esta noche?

Él se detuvo mientras se ponía los zapatos. Pasaron unos segundos antes de que respondiera.

—Hay algo urgente en la empresa. Si se me hace muy tarde, lo más seguro es que no vuelva.

—Ah, está bien.

Ella no discutió ni protestó. Era tan comprensiva como siempre. Gabriel no le dio más vueltas: terminó de ponerse los zapatos y salió sin mirar atrás.

Valentina volvió a subir al dormitorio de Gabriel. Tal como esperaba, la sopa seguía al lado de la computadora. No la había tocado.

Le llegó por WhatsApp un mensaje de Alejandro Ferrer, el hombre con quien su familia había acordado casarla.

Alejandro: «Vale, ¿cuándo vuelves a Santa Lucía?»

Para Valentina, Alejandro seguía siendo aquel muchacho de la casa de al lado que siempre había sido tan bueno con ella. Un hermano mayor. Cuando la llamaba «Vale», no le sonaba a un apodo entre futuros esposos, sino al cariño de un hermano hacia su hermana menor.

«Cuando termine de arreglar unas cosas aquí».

Alejandro: «Está bien. Si necesitas que te eche una mano, me dices cuando quieras».

«Sí. Gracias, Alejandro».

Alejandro: «No te desveles. Buenas noches».

Gabriel no regresó en toda la noche.

***

A la mañana siguiente, la despertó el sonido del teléfono.

—¿Hola?

—¡Valentina, pasado mañana cumplo años! Acuérdate de venir a mi fiesta, ¿sí?

Todavía medio dormida, Valentina apartó el teléfono de la oreja para leer el nombre en la pantalla. Paula Serrano. Una amiga del círculo de Gabriel con quien se llevaba bastante bien.

—Claro. Mándame la dirección.

Después de colgar, se levantó, se arregló y fue al centro comercial a elegirle un regalo: un collar del modelo más reciente de una marca reconocida, muy del estilo de Paula.

***

El día del cumpleaños, Valentina llegó temprano.

—Feliz cumpleaños, Paula.

Le entregó el regalo y Paula le dio las gracias cortésmente. Aún estaban intercambiando saludos cuando Gabriel llegó por fin, del brazo de una mujer que Valentina no conocía.

En cuanto sus miradas se cruzaron, él se quedó desconcertado.

—Valentina, ¿qué haces aquí?

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ysabel cecilia contreras
Miércoles llegó con otra 👿🤣🤣🤣🤣🤣
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