Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 14
Capítulo 14. Los dejó sin palabras
Era la primera vez que Camila se enfrentaba a un público como aquel. Por mucho que intentara controlarse, seguía nerviosa.
—¿Quién es? ¿No iban a hablar Sebastián Montenegro o su madre?
—Es la hija ilegítima de Alejandro. Dicen que tuvo la suerte de quedarse con los cien mil millones de la herencia.
—¿Ya no tienen a nadie más? ¿Esa muchacha sabe algo de negocios?
—La familia debe de estar hecha un desastre. Si dejaron de heredera a una desconocida que no entiende nada, el grupo no va a durar mucho.
—Mírala cómo viene vestida. Debe de creer que esto es una pasarela.
Los pocos segundos en que Camila dudó bastaron para que los comentarios se extendieran.
Se quedó frente al micrófono sin saber cómo empezar.
Entonces alguien aplaudió.
Leonardo.
Al verlo, varios invitados lo imitaron. Los aplausos dispersos ayudaron a Camila a recuperar el control.
Buscó con la mirada la pantalla donde debía aparecer su discurso.
Estaba en blanco.
Entendió al instante. Alguien quería verla hacer el ridículo delante de todos.
Los aplausos cesaron.
Camila respiró, se afirmó sobre los pies y comenzó a hablar en inglés.
Solo necesitó unas palabras para hacer callar los murmullos.
Quien hubiera preparado aquella trampa quizá no sabía que era especialista en Finanzas. Su formación exigía trabajar con personas de otros países. No solo dominaba el idioma: también sabía improvisar.
En la universidad había ganado cada año la competencia de discursos en inglés. Casi siempre hablaba de análisis de negocios.
Para una presentación como aquella no necesitaba una pantalla. Tenía conocimientos y recursos de sobra para sostenerla.
Los ponentes anteriores habían trabajado con intérpretes. Camila no necesitó al que esperaba junto al escenario.
Leonardo soltó por fin el aire que llevaba conteniendo.
Camila habló durante cinco minutos sin apenas detenerse.
Era clara, profesional y sabía introducir el humor justo para mantener la atención.
Cuando terminó, hubo unos segundos de silencio.
Después, el salón estalló en aplausos.
Ya no eran palmas por compromiso. Algunos incluso la vitorearon.
La joven a la que habían tomado por una intrusa acababa de demostrarles cuánto se habían equivocado.
Tal vez Alejandro no le había dejado todo por un capricho. Tal vez ellos se habían apresurado a juzgarla.
Camila inclinó la cabeza para agradecer y bajó del escenario con calma.
Por dentro, el corazón le golpeaba tan fuerte que parecía querer salirle por la garganta.
Y se sentía increíble.
Mientras hablaba había recordado la transmisión de Gabriel. La forma en que él y los otros ponentes marcaban el ritmo, utilizaban el humor y sostenían la mirada del público.
No dominaba todos los temas que habían discutido, pero sí había notado la seguridad con que los defendían.
Había intentado hacer lo mismo.
Y había funcionado.
—Camila, me dejaste impresionado —dijo Leonardo.
Sabía qué había estudiado, pero no imaginaba que pudiera improvisar de aquella manera. No había usado una sola línea del texto preparado.
Ella sonrió con cansancio y le contó lo de la pantalla.
Leonardo frunció el ceño, aunque reaccionó con más calma de la que esperaba.
—Debí haberlo previsto. No pensé que alguien fuera a recurrir a una bajeza así en este lugar.
—¿Teresa?
Fue el primer nombre que se le ocurrió.
—No podemos saberlo todavía.
Su primo era prudente. No tenía una relación cercana con Teresa ni una buena opinión de ella, pero tampoco iba a acusarla sin pruebas y aumentar los temores de Camila.
Lo ocurrido dejaba algo claro: había más de una persona pendiente de verla caer.
***
Al terminar las intervenciones empezó la cena.
Leonardo y Camila tenían lugares distintos. Él iba a acompañarla al suyo cuando volvieron a llamarlo.
—Ve. Puedo encontrar mi mesa sola.
Se suponía que cada lugar tenía una tarjeta con el nombre del invitado.
Camila recorrió el salón.
No encontró la suya.
Todos los demás ya estaban sentados. Ella seguía de pie, cada vez más visible entre las mesas.
Un encargado se acercó con amabilidad.
—Señorita Rivas, estamos por servir. Le agradeceríamos que tomara asiento.
—Claro.
Vio un lugar vacío en una de las mesas principales y se dirigió hacia allí.
—Disculpa. Ese asiento no lo puedes usar.
Camila levantó la mirada.
Renata Cárdenas.
La joven la observaba con una sonrisa burlona. Varias muchachas sentadas a su lado bajaron la cabeza para ocultar las risas.
—No encuentro mi tarjeta. Aquí tampoco hay un nombre.
—Es un lugar reservado para invitados importantes que todavía no han confirmado si van a venir. Por eso no ponemos la tarjeta de antemano. Pensé que todo el mundo lo sabía.
Renata lo explicaba con falsa paciencia. El desprecio se le oía en cada palabra.
Sus amigas rieron más fuerte.
—¿Es tu primera gala, Camila? Tienes que buscar el lugar con tu nombre.
—Después de ese discurso tan brillante, ¿me vas a decir que no puedes encontrar una silla?
En un salón tan tranquilo, bastaba una frase para llamar la atención.
Otra vez todas las miradas fueron hacia Camila.
La satisfacción de Renata lo decía todo. Había hecho desaparecer su tarjeta para preparar aquella escena.
Camila volvió a recorrer la mesa con los ojos. Su nombre no estaba.
Detrás de ella se escuchó otra voz.
—¿Qué les pasa a los organizadores? Mi tarjeta tampoco aparece.
Valeria estaba de pie, con los brazos cruzados. Miró al mesero que no sabía qué hacer.
—¿Ni siquiera pueden organizar los asientos? ¿Creen que invitaron a cualquiera?
El hombre palideció.
Camila aprovechó la oportunidad.
—La señorita Cárdenas tiene razón. Aquí hay empresarios de distintos sectores y socios importantes. Olvidar las tarjetas no solo nos falta al respeto a nosotras. También demuestra cómo tratan a sus invitados.
Su voz era firme y tranquila.
—Con este nivel de organización, será difícil que alguna familia vuelva a confiarles un evento. Los Montenegro, por lo menos, no contratan equipos poco profesionales.
—¿Los... Montenegro?
Al mesero le tembló la bandeja.
Contar con la heredera de aquella familia era uno de los grandes logros de la gala. Perder su confianza podía costarles mucho más que una mala reseña.
Valeria arqueó una ceja. Aquella joven parecía amable, pero sabía exactamente dónde golpear.
Acercó dos sillas a la mesa.
—Si ellos no pueden resolverlo, lo resolvemos nosotras. ¿Te sientas, Camila?
El mesero se fue casi tropezando a buscar a su superior.
Renata se quedó rígida.
Quería reírse de Camila. En unas cuantas frases, la otra había conseguido que la vergüenza fuera para los organizadores.
—¿Valeria? ¿No te habías ido?
Renata se levantó. Había perdido la sonrisa.
Detestaba a su hermana. Era adoptada y, aun así, sus padres la consentían. Además, hiciera lo que hiciera Renata, Valeria siempre encontraba cómo llevarle la contraria.
—Tengo hambre. Quiero cenar antes de irme. Confirmé mi asistencia, así que debería tener un lugar.
Camila le sonrió para agradecerle. Valeria respondió con una mirada fría.
No estaba allí para salvarla. Había oído a Renata hablar con sus amigas en el baño y no quería que se saliera con la suya.
Y Camila era prima de Leonardo.
Él la había protegido la noche anterior como si Valeria fuera capaz de hacerle algo.
—Gracias por la ayuda —dijo Camila—. Pero prefiero sentarme aquí.
Apartó la silla vacía de la mesa principal y se sentó.
Renata estalló.
—¡Camila! ¿Quién te dio permiso? ¡Eres una pueblerina! ¡No sabes ni comportarte!
—Es verdad. Es la primera vez que vengo a una gala como esta. Hay cosas que todavía no sé.
Camila lo reconoció con una sonrisa, sin agachar la cabeza.
Renata se quedó sin la respuesta que había preparado.
—Pero antes de venir, tanto mi familia como los organizadores me confirmaron que tendría un lugar de honor como representante de los Montenegro. Ahora resulta que ni siquiera me asignaron una silla.
Camila apoyó una mano junto al plato.
—Este es un lugar de honor, no tenía nombre y mi tarjeta no aparece. Es razonable pensar que lo reservaron para mí.
Hablaba con una seguridad que su posición podía respaldar.
Varios invitados asintieron. Aquella nueva heredera no era tan fácil de intimidar como habían pensado.
—Si no hay tarjeta, que se quede.
—Con su patrimonio y su posición, le corresponde una silla como esa.
Renata se puso cada vez más pálida. Sus amigas ya no se atrevían a reír.
Camila podía traerles problemas. Ninguna quería comprobarlo.
Entonces llegó apresurado uno de los responsables de la gala.
El incidente de los asientos ya era bastante grave. Pero acababan de avisarle de algo más: el invitado principal, cuya presencia no estaba prevista, había llegado.
El hombre se acercó a Camila, se disculpó una y otra vez y dijo:
—Le hemos preparado otro lugar. Si fuera tan amable de acompañarnos...
Sin esperar su consentimiento, colocó una tarjeta junto al asiento.
Camila no podía leerla desde su posición. Renata y las otras sí.
Gabriel Alcázar.
¡Gabriel Alcázar!
Por poderosos que fueran los Montenegro, los Alcázar estaban a otro nivel, dentro y fuera del país.
Los organizadores no iban a arriesgarse a ofenderlo. Menos por una heredera recién llegada que todavía no había consolidado su lugar.
Gabriel casi nunca asistía a eventos como aquel. Su sola presencia elevaba el prestigio de toda la gala.
—Si un error suyo me dejó sin lugar, no es injusto que ocupe uno disponible —respondió Camila.
Veía el miedo del hombre. No buscaba atormentarlo. Pero, si se levantaba en ese momento, toda la humillación volvería a caer sobre ella.
Renata recuperó la sonrisa.
—Deja de resistirte. No puedes permitirte ofender al dueño de ese asiento. Deja de fingir que estás a su altura y levántate, antes de que acabes avergonzando a toda tu familia.
Quienes habían apoyado a Camila vieron el nombre y guardaron silencio.
Ahora esperaban el espectáculo.
Los Montenegro frente a los Alcázar.
Una hija ilegítima disputándole el asiento a un hombre con verdadero poder.
Se levantara o no, Camila iba a quedar en ridículo.