Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.
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Capitulo 15
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
Misaki seguía frente a Dante.
Vestido marfil.
Sangre sobre la tela.
Una pequeña salpicadura roja atravesándole la mejilla.
Y aquellos ojos oscuros clavados directamente en él.
Dante sostuvo su mirada.
Había visto fotografías.
Había leído informes.
Había escuchado historias suficientes como para construir una versión de ella en su cabeza.
Ninguna se parecía completamente a la mujer que tenía delante.
Dio un paso hacia ella.
—Misaki...
No llegó más lejos.
Hiroshi se interpuso.
No de manera agresiva.
Ni siquiera pareció deliberado.
Simplemente se adelantó hasta quedar junto a Misaki y le dijo algo en japonés.
Dante no entendió una palabra.
Pero entendió perfectamente el gesto.
Hiroshi se quitó la chaqueta.
Misaki lo miró apenas.
Él se la extendió y ella la aceptó con absoluta naturalidad.
Como si hubiera ocurrido cientos de veces.
Hiroshi sostuvo la prenda mientras Misaki introducía los brazos y después la acomodó sobre sus hombros, cubriendo buena parte del vestido ensangrentado.
Dante observó la escena.
Y algo le molestó.
No supo qué.
Quizás que aquel hombre se hubiera adelantado cuando él estaba acercándose.
Quizás la familiaridad con la que había tocado la chaqueta sobre los hombros de Misaki.
O quizás que ella se lo hubiera permitido sin siquiera mirarlo demasiado.
Absurdo.
No conocía a esa mujer.
Hacía menos de cinco minutos que estaban formalmente frente a frente.
Dante apartó la mirada.
—Hija.
La voz de Takeshi hizo que Misaki girara.
Su padre se acercó lentamente.
La recorrió de arriba abajo.
La chaqueta de Hiroshi.
El vestido.
La sangre.
Su rostro.
—¿Estás herida?
—No.
Takeshi miró nuevamente las manchas.
—¿Nada de eso es tuyo?
—No.
Una pausa.
—Bien.
Eso fue todo.
Ni un abrazo.
Ni una caricia.
Ni una demostración de preocupación.
Misaki tampoco parecía esperarla.
Dante observó el intercambio en silencio.
Entonces su padre se acercó.
Massimo De Luca contempló el desastre a su alrededor antes de mirar a Takeshi.
—Takeshi.
El japonés giró hacia él.
—Massimo.
Los dos hombres se observaron.
Años de enfrentamientos cabían dentro de aquel saludo.
Massimo extendió la mano.
Takeshi la miró durante un instante.
Finalmente la estrechó.
—Esperaba darte una bienvenida un poco más civilizada —dijo Massimo.
Takeshi miró uno de los cuerpos en el suelo.
—He tenido peores.
Massimo soltó una breve risa.
—No lo dudo.
Después su expresión se endureció.
—Mis hombres se encargarán de esto.
—Los míos ayudarán.
Massimo asintió.
—Entonces, ya que todos seguimos vivos, sugiero que pasemos a hablar de lo que realmente nos trajo hasta acá.
Los ojos de Takeshi fueron hacia Misaki.
—Eso vinimos a hacer.
Veinte minutos después, parecía imposible que en aquel mismo edificio hubiera ocurrido un ataque.
La reunión se trasladó a un salón privado del piso superior.
Más pequeño.
Sin ventanas hacia la calle.
Una larga mesa de madera ocupaba el centro.
Massimo se sentó en uno de los extremos.
Takeshi frente a él.
Dante ocupó el asiento a la derecha de su padre.
Misaki quedó frente a él, junto al suyo.
Hiroshi permaneció detrás de Misaki.
No se sentó.
Dante lo notó.
También notó que Misaki todavía llevaba su chaqueta.
Volvió a molestarle.
Volvió a ignorarlo.
Massimo abrió una carpeta.
—Quince días.
Misaki levantó lentamente los ojos.
Dante hizo lo mismo.
—¿Quince días para qué? —preguntó él, aunque sospechaba la respuesta.
Massimo lo miró.
—Para la boda.
Silencio.
Misaki no reaccionó.
Al menos no exteriormente.
Quince días.
Quince días para casarse con un De Luca.
Quince días para entregar su apellido, su nombre y parte de su vida a un acuerdo que nunca había pedido.
Quince días.
Había esperado meses para casarse con Ren.
Habían hablado de dónde.
De cómo.
De la pequeña ceremonia que él quería hacer en su pueblo.
Ren había comprado un anillo con el dinero que podía permitirse.
Le había preguntado.
¿Querés casarte conmigo?
Y ella había dicho que sí.
Ahora nadie preguntaba.
—Es suficiente —dijo Takeshi.
Misaki apretó la mandíbula.
No habló.
Massimo continuó.
—La ceremonia se realizará en Nueva York.
—Japón —corrigió Takeshi.
Massimo levantó la mirada.
—El acuerdo se centra en nuestros intereses de Nueva York.
—Y la mujer que estás casando con tu hijo es mi única hija.
—Precisamente por eso debería hacerse acá. Territorio neutral.
Takeshi permaneció en silencio.
Dante observó a Misaki.
Ella no miraba a ninguno de los dos.
Miraba la mesa.
Sus dedos permanecían quietos sobre sus piernas.
Demasiado quietos.
—Nueva York —dijo finalmente Takeshi—. Pero bajo nuestras condiciones de seguridad.
—Aceptado.
Una condición.
Después otra.
Y otra.
Misaki escuchaba.
Ceremonia.
Residencia.
Seguridad.
Negocios.
Apellidos.
Como si estuvieran decidiendo el traslado de una mercancía.
Massimo deslizó un documento sobre la mesa.
—Una vez celebrado el matrimonio, los Kuroda tendrán participación en tres de nuestros puertos.
Takeshi tomó el documento.
Lo leyó.
—¿Participación?
—Treinta por ciento de las operaciones.
—Cuarenta.
Massimo sonrió apenas.
—Treinta y cinco.
—Cuarenta.
—Treinta y cinco y acceso preferencial para los cargamentos Kuroda.
Takeshi guardó silencio.
—Aceptado.
Misaki levantó los ojos.
¿Aceptado?
Así de fácil.
Puertos.
Porcentajes.
Rutas.
Massimo apoyó las manos sobre la mesa.
—Ahora ustedes.
Takeshi ni siquiera necesitó mirar sus documentos.
—La familia De Luca recibirá la mitad de nuestra participación en dos de los casinos de Nueva York.
Esta vez Dante levantó una ceja.
Era mucho.
Su padre también pareció sorprendido.
—¿La mitad?
—Cincuenta por ciento —confirmó Takeshi—. Beneficios, no control.
Massimo pensó.
—Quiero participación en las decisiones.
—No.
—Takeshi.
—Te estoy dando dinero. No autoridad.
Los dos hombres se miraron.
Dante casi sonrió.
Ahí estaba el verdadero Takeshi Kuroda.
—Cuarenta por ciento de participación en decisiones administrativas —propuso Massimo.
—Veinte.
—Treinta.
—Veinticinco.
Massimo extendió la mano.
—Hecho.
Takeshi la estrechó.
Misaki sintió que algo se revolvía dentro de ella.
No por los casinos.
No por los puertos.
Ni siquiera por el dinero.
Era la facilidad.
La manera en que hablaban.
Treinta por ciento.
Cincuenta por ciento.
Tres puertos.
Dos casinos.
Quince días.
Una hija.
Un hijo.
Un matrimonio.
Todo parecía tener un precio.
Todo podía intercambiarse.
Incluso ella.
Misaki mantuvo la espalda recta.
No dijo nada.
No iba a regalarles una reacción.
Pero debajo de la chaqueta de Hiroshi, su mano se cerró lentamente sobre la tela del vestido.
Dante la vio.
Llevaba demasiado tiempo mirándola.
Se obligó a apartar los ojos.
Massimo estaba hablando.
Debería escucharlo.
Lo hizo.
Durante aproximadamente veinte segundos.
Después volvió a mirarla.
Misaki seguía exactamente en la misma posición.
No había pronunciado prácticamente una palabra desde que se sentaron.
Y eso le resultaba extraño.
Una mujer capaz de atravesar un salón lleno de hombres armados sin pestañear permanecía completamente callada mientras otros decidían cuándo iba a casarse.
Dante volvió a mirar los documentos.
No duró mucho.
Sus ojos regresaron a ella.
¿Por qué?
No tenía idea.
Quizás porque no conseguía reconciliar las dos imágenes.
La mujer del ascensor.
La mujer de las fotografías.
La mujer cubierta de sangre que acababa de lanzar un cuchillo para impedir que le dispararan.
Y aquella.
Sentada frente a él.
Callada.
Elegante.
Furiosa.
Porque sí.
Ahora podía verlo.
Estaba furiosa.
No necesitaba que gritara.
Estaba en la rigidez de su mandíbula.
En sus dedos cerrados.
En la forma en que evitaba mirar a su padre.
Dante conocía la ira.
Aquella mujer estaba llena de ella.
Pero había algo más.
Algo mucho más profundo.
Dante la observó.
Misaki levantó los ojos.
Lo descubrió mirándola.
Él no apartó la vista.
Ella tampoco.
Durante unos segundos, las voces de sus padres quedaron relegadas a un segundo plano.
Dante sostuvo aquellos ojos oscuros.
Y entonces lo entendió.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Aquello no era solamente enojo.
Era odio.
Misaki Kuroda estaba sentada frente a una familia que odiaba.
Y ellos estaban negociando convertirla en parte de ella.
Mas tarde ....
Misaki salió al balcón sin pedir permiso.
La puerta se cerró detrás de ella y el ruido de la reunión quedó amortiguado.
Necesitaba aire.
Apoyó ambas manos sobre la baranda.
Quince días.
Quince putos días.
Sus dedos se cerraron alrededor del metal.
Puertos.
Casinos.
Porcentajes.
Una boda.
Su vida reducida a cláusulas dentro de un contrato.
Apretó más.
Los nudillos se le pusieron blancos.
Quince días.
Apretó todavía más.
Por un instante imaginó que aquello que tenía entre las manos no era una baranda.
Imaginó un cuello.
Un apellido.
Un De Luca.
Entonces escuchó la puerta.
No se giró.
Pasos.
Lentos.
Firmes.
Misaki cerró los ojos.
Ya sabía quién era antes de que hablara.
—Te vi hace casi dos años.
Los dedos de Misaki dejaron de moverse.
Dante se detuvo detrás de ella.
—En un ascensor.
Silencio.
—Llevabas un mono negro. Gafas oscuras. El pelo recogido en una trenza sobre la cabeza.
Misaki abrió lentamente los ojos.
—Tenías una bolsa larga en la espalda.
La mandíbula se le tensó.
—Y flores en las manos.
Dante hizo una pausa.
—Presionaste el piso diecisiete.
Misaki soltó la baranda.
—Yo iba al diecinueve.
Se giró.
Dante estaba a pocos metros.
—Una hora después encontré a mi hermano sin cabeza.
Algo cambió en el rostro de Misaki.
Desapareció la indiferencia.
Desapareció el aburrimiento.
Incluso aquella máscara fría que había llevado durante toda la negociación se quebró.
Lo que apareció debajo era mucho peor.
Odio.
Puro.
Viejo.
Misaki metió una mano debajo de la chaqueta.
Dante apenas alcanzó a ver el destello del metal.
Cuando quiso reaccionar, ella ya estaba frente a él.
La punta de un pequeño cuchillo quedó contra su cuello.
Dante bajó los ojos.
Después volvió a mirarla.
No retrocedió.
—Así que eras vos.
Eso la detuvo.
—¿Qué?
—Sabía que eras vos.
Los ojos de Misaki se estrecharon.
—Entonces sabés lo que hice.
—Recuerdo como encontré a mi hermano.
Misaki sonrió.
Pero aquella sonrisa no tenía absolutamente nada de amable.
—No.
Dante sostuvo su mirada.
—¿No?
—Encontraste lo que quedó de él.
Silencio.
—Yo sé lo que hice.
Dante apretó la mandíbula.
Misaki acercó la boca a su oído.
—Tu hermano lloró.
Dante no se movió.
—Misaki.
—Lloró como un perro cuando entendió que iba a morir.
La mirada de Dante se endureció.
Ella continuó.
—Me suplicó.
—Cuidado.
Misaki soltó una pequeña risa.
—¿Con qué?
La hoja presionó un poco más.
—¿Con herir tus sentimientos?
Dante dio un paso hacia ella.
Misaki no esperaba que lo hiciera.
La distancia desapareció.
El filo permaneció entre ambos, contra su cuello.
Dante la miró desde arriba.
—Con creer que porque estoy dejando que pongas ese cuchillo ahí significa que te tengo miedo.
Misaki sostuvo su mirada.
—Deberías cagarte en los pantalones.
Dante sostuvo su mirada.
Ni siquiera pestañeó.
Misaki tampoco.
La punta del cuchillo continuaba apoyada contra su cuello.
—Los De Luca me deben mucho más —dijo ella.
La expresión de Dante cambió apenas.
—Mi hermano está muerto.
—¿Y?
La respuesta fue inmediata.
Fría.
Cruel.
Misaki acercó un poco más el filo.
—¿Creés que porque maté a tu hermano estamos a mano?
Dante apretó la mandíbula.
Los ojos de Misaki ardían.
Por primera vez desde que Dante la había visto entrar en aquel lugar, ya no quedaba absolutamente nada de la mujer elegante del vestido marfil.
Aquella era otra.
La mujer de la que hablaban los informes.
La que había entrado sola en un piso protegido.
La que había dejado hombres muertos detrás de ella.
La Katana de la Yakuza.
—No estamos a mano, De Luca.
Cada palabra salió lentamente.
—No estamos ni cerca de estar a mano.
Dante no apartó la mirada.
Misaki tragó saliva.
Por un segundo, algo atravesó sus ojos.
Dolor.
Pero desapareció tan rápido que Dante apenas pudo reconocerlo.
La mirada de Misaki se volvió todavía más oscura.
La punta del cuchillo descendió apenas por su cuello.
Dante siguió cada movimiento.
— si realmente terminamos casándonos...
Misaki se acercó.
Quedaron prácticamente pegados.
Su voz bajó hasta convertirse en un murmullo.
—...yo dormiría con un ojo abierto si fuera vos.
Dante la miró fijamente.
—¿Eso es una amenaza?
Misaki ladeó la cabeza.
—Un consejo.
—Qué considerada.
—Muchísimo.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Misaki.
No era bonita.
Era peligrosa.
—Nunca sabés lo que puede pasar mientras dormís.
Dante dejó de sonreír.
Misaki miró deliberadamente su cuello.
Después volvió a sus ojos.
—Tal vez una mañana te despiertes sin cabeza.
Silencio.
La expresión de Dante cambió.
Esta vez de verdad.
Misaki lo vio.
Dante dio un paso hacia ella.
—No vuelvas a hablar de mi hermano así.
Misaki no retrocedió.
Al contrario.
Presionó el cuchillo un poco más.
La mano subió como si fuera a sujetarle la muñeca.
—Misaki-sama.
La voz llegó desde atrás.
Los dos se detuvieron.
Hiroshi estaba junto a la puerta.
Su mirada descendió inmediatamente hacia el cuchillo apoyado contra el cuello de Dante.
Después hacia la mano de Dante, detenida a centímetros de la muñeca de Misaki.
Algo en su expresión se endureció.
Pero no intervino.
No necesitaba hacerlo.
Sabía perfectamente que Misaki podía manejar aquella situación sola.
Le habló en japonés.
—お父上がお呼びです。
Su padre la está llamando.
Misaki no apartó los ojos de Dante.
—今行く。
Ya voy.
Hiroshi permaneció donde estaba.
Esperándola.
Dante miró hacia él.
Después volvió a Misaki.
Ella retiró lentamente el cuchillo.
No porque Dante se lo hubiera pedido.
No porque le tuviera miedo.
Porque ella había decidido que la conversación había terminado.
Guardó el arma.
Dante seguía mirándola.
Enojado.
Por primera vez desde que se habían encontrado, realmente enojado.
Misaki pareció disfrutarlo.
—Parece que papá me llama.
Pasó junto a él.
Dante habló antes de que llegara hasta Hiroshi.
—Esto no terminó.
Misaki se detuvo.
Giró apenas el rostro.
—Claro que no.
Sus ojos fueron hacia el pequeño corte que había dejado sobre el cuello de Dante.
Se marchó junto a Hiroshi.
Dante permaneció solo en el balcón.
Con la sangre todavía fresca sobre el cuello.
La mandíbula apretada.
Y una certeza que, hasta ese momento, ningún contrato sobre aquella mesa había conseguido hacerle comprender del todo.
Dentro de quince días iba a casarse con Misaki Kuroda.
Y la mujer que sería su esposa todavía estaba en guerra con él.
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/