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LA REINA DEL ASFALTO

LA REINA DEL ASFALTO

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / CEO / El Ascenso de la Reina / Romance / Completas
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalianna Elizondo

Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.

NovelToon tiene autorización de Dalianna Elizondo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

ISMAEL

Dejamos a Isa con su amigo para ir a buscar un café. Gracias a este chico, tengo mucho más claro lo que realmente le ha estado ocurriendo a mi nieta. Ray tenía razón al sospechar que se trataba de bullying, pero no entiendo por qué ella no dijo nada para que pudiéramos ayudarla a tiempo...

Vamos caminando por los largos pasillos del hospital mientras me encuentro sumido en mis pensamientos, cuando escucho una voz suave que me saca del trance.

—¿En qué piensa, Ismael? Anda como si no estuviera aquí... Su cuerpo va a mi lado, pero su mente está en otra parte —comenta Vicky, observándome fijamente.

—Tienes razón. Es solo que estoy desconcertado... No concibo qué posibles razones tendría Ismara para no decir nada de lo que le estaba pasando durante todos estos meses. Al menos tú te disté cuenta de que algo no andaba bien y le preguntaste, pero yo ni siquiera lo noté. Santiago estaría tan decepcionado de mí... y ni se diga de Isabella.

—No se culpe tan severamente, Don Ismael. Solo somos humanos imperfectos. Nadie nace aprendiendo a identificar las miserias de esta sociedad, donde decirle una grosería o hacerle una broma pesada a otra persona se ve como algo normal e incluso lo justifican con la disfuncionalidad familiar de hoy día. Eso es algo lamentable que se nos sale de las manos. La misma Isa se confió creyendo que lo iba a poder resolver sola, sin imaginar jamás que las cosas se complicarían de esta forma.

—En eso tienes razón. Según dijo Michael, ella reportó los abusos muchas veces, pero en el colegio nunca nos informaron nada para tomar cartas en el asunto.

—¿Usted cree que el director simplemente le restó importancia, o que hay algo más detrás de este horrible evento?

—No lo sé, pero sospecho que no actuó como el sentido común dicta. Lo correcto habría sido comunicar la situación tanto a los padres de las mocosas agresoras como a los de los manipuladores que idearon este plan por celos. Y, por supuesto, informarnos a nosotros. La prioridad siempre deben ser los estudiantes, pero empiezo a especular que el ilustre señor Rivas solo vela por sus propios intereses.

—Coincido con su teoría. Aunque... ¿me deja decirle qué otra cosa creo que influyó en el silencio de Isa?

—Dime —respondí, sospechando que esta mujer de rostro tranquilo estaba a punto de ponerme en mi sitio otra vez.

—Pero me promete que no se va a enojar por lo que le voy a decir... —pidió, poniéndose tan roja como un tomate maduro.

—Habla de una vez, mujer, no te enredes.

—Prométalo primero —insistió, cruzándose de brazos.

—Está bien, lo prometo, ¿contenta? —dije, rodando los ojos.

—Yo sospecho que no dijo nada por varias razones. Primero, por esa idea tonta de la juventud de creer que molestan o interrumpen a sus mayores por todo el trabajo que tienen, que en su caso es mucho con el taller, las investigaciones y las pruebas. Segundo, por lo imponente que resulta su rostro cuando está inexpresivo... parece el de un perro Rottweiler adulto carente de emociones. Y tercero, por esa forma suya de decir las cosas: sin dramas, de manera directa y contundente. Y por favor, no me malinterprete, pero andar siempre vestido de negro parece como si fuera a un funeral desde hace años. No digo que se vea mal, le queda muy bien, pero jamás sonríe... Anda siempre con una carita de pocos amigos, callado e indescifrable como la combinación de una caja fuerte de máxima seguridad.

—Ya veo... —arqueé una ceja con cierta desaprobación ante sus palabras, aunque en el fondo sabía que podía tener razón.

Al llegar a la cafetería, saqué el móvil para enviarle un mensaje a Ray.

«Buenas noches, abogado. Perdón por la hora, pero tenías razón con lo del bullying. Investiga qué ha estado pasando estos meses, pues en el Saint Marcus nunca nos alertaron. Según un amigo cercano de mi nieta, ella reportó los abusos muchas veces al director Rivas. Gracias.»

Pasamos a la barra a pedir.

—Pide lo que quieras, Vicky.

—Gracias, con un café es suficiente.

—Señorita, me da dos cafés grandes, por favor —le dije a la dependiente—. Uno negro sin azúcar y un latte de vainilla con una pizca de canela.

Victoria me miró un poco sorprendida de que supiera exactamente cómo le gustaba su café, pero tras tantos años viviendo bajo el mismo techo, la he visto prepararlo de esa manera infinidad de veces.

—¿Quieres tomar asiento? —pregunté, halando una silla.

—Sí, gracias. Veo que se acuerda de cómo me gusta el café... —comentó, sonrojándose ligeramente.

—Victoria, son muchos años de conocerte y de compartir la misma casa. Creo que lo extraño sería que no lo supiera.

—Ya veo...

Nos quedamos unos minutos en un silencio cómodo mientras disfrutábamos de la bebida caliente. Al contemplarla, no pude evitar recordar lo que habíamos hablado apenas unas horas atrás en la habitación de Isa, justo antes de que el joven Lumis irrumpiera con su ropa llena de sangre. Recordé cómo la encontré sosteniendo la mano de mi nieta, rogándole con los ojos hinchados que despertara, y cómo me acerqué a secarle con delicadeza las lágrimas de sus mejillas ruborizadas. En aquel momento la invité a tutearme y ella, con esa franqueza tan suya, me echó en cara que Ismara, Santiago y yo éramos tres gotas de agua: tercos como mulas e impulsivos. También fue ahí cuando me contó sobre el cabello cortado de mi nieta y sus uniformes arruinados en el colegio... y sobre la trágica e inesperada muerte de su esposo tras solo una semana de casados.

Aquel recuerdo me dio el impulso para retomar la pregunta que había quedado flotando en el aire.

—Vicky, ¿puedo hacerte la pregunta de hace un rato? Claro, solo si no te incomoda...

Ella sonrió con amabilidad, adivinando mis pensamientos.

—¿La razón de por qué no me volví a casar o a rehacer mi vida tras enviudar tan joven?

—Sí, esa misma.

—Bueno, ya que es tan curioso, se lo voy a explicar. Cuando mi esposo falleció, me sentí profundamente sola. Busqué trabajo en lo que había estudiado, pero no conseguía nada. Tras meses agotadores sumida en una terrible depresión, donde no quería ni llegar a mi casa porque me dolía recordar todo lo que soñamos construir juntos... —hizo una pausa y su voz se tiñó de nostalgia.

—Si te duele recordar el pasado, déjalo así. No es necesario que continúes —la interrumpí con suavidad.

—No se preocupe, Ismael, ya no me duele como antes —aseguró, mirándome fijamente antes de continuar—. Fue en ese momento cuando me dije: "Tengo que salir de aquí". Vendí el que fue nuestro hogar por un breve tiempo, porque de lo contrario me iría a parar a un manicomio. Alquilé un cuarto pequeño y sobreviví con lo de la venta. Fue una mañana fría de invierno cuando vi su anuncio en el periódico. Me aventuré a pedir el trabajo aun sin tener experiencia con niños... Pero por favor, no vaya a malinterpretar lo que voy a decir a continuación.

—Dime.

—Tuve la enorme fortuna de que usted me contratara, a pesar de que la sala estaba llena de mujeres experimentadas con amplios portafolios y cartas de recomendación de gente de prestigio.

—¿Y por eso te disculpas? —pregunté, un poco confundido.

—No... Puedo decir sin temor a equivocarse que cuando conocí a Santiago, siendo apenas un bebé de días de nacido, fue amor a primera vista. Empecé a cuidarlo con pánico de lastimarlo, pero con el tiempo, el dolor por la partida de mi esposo fue cediendo. Ver la carita de ese niño sanó poco a poco la tristeza que creí que me iba a matar. Usted me permitió amarlo como si fuese el hijo que nunca pude tener, y se lo agradezco con el alma.

—No tienes nada que me agradecer, Victoria —respondí con un nudo amargo en la garganta.

—Para mí fue un honor verlo crecer. Él llenó ese vacío en mi corazón. Y cuando se convirtió en un hombre de bien, educado y amoroso que se enamoró de una maravillosa mujer, sentí una alegría enorme. Por eso, cuando tristemente falleció... a pesar de no compartir lazos de sangre, lo amé tanto que su pérdida me dejó un hueco enorme. Tiempo después, cuando usted ya no necesitaba mis servicios, regresé a mi ciudad natal a cuidar de mis padres ancianos hasta que les llegó la hora de partir. Poco después recibí su llamada, y aquí estamos de nuevo desde hace nueve años.

Nos quedamos en silencio mirando la lluvia caer a través del cristal de la cafetería. La sinceridad en sus palabras me había dejado sin aliento.

—Es hora de volver con Isa —dije poniéndome de pie, ofreciéndole la mano con respeto.

—Sí, vamos —asintió ella, brindándome una sonrisa cálida.

Caminamos de regreso hacia la habitación

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Olga Silva
muy bella felicidades autora 👏
Tere Jimenez
gracias empieza muy interesante
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