Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Las escrituras del padre ausente
El problema empezó con una carta de redesarrollo urbano.
El viejo edificio de la colonia Obrera, donde Valentina había vivido con su madre y donde seguía teniendo el departamento, entraba en un plan de renovación de la zona. Eso significaba indemnización, reubicación, papeleo. Y para cualquier trámite hacía falta el dueño de las escrituras. Valentina fue a la notaría convencida de que el departamento estaba a nombre de su madre.
No lo estaba.
—Aquí dice otra cosa, señora. —El notario giró el documento hacia ella—. La propiedad está a nombre de un tal Néstor Lazcano Prieto. Desde hace casi treinta años. ¿Familiar suyo?
Valentina se quedó mirando el nombre. Néstor Lazcano. Lo había oído dos o tres veces en su vida, siempre en voz baja, siempre con un silencio detrás. Su padre. El hombre que se había ido a estudiar al extranjero cuando ella era una bebé, que se había divorciado de Renata por carta, que nunca había vuelto ni había mandado nada más que un apellido que Valentina ni siquiera usaba.
—Es… mi padre —dijo, con la boca seca—. Pero no sé dónde está. No lo conozco. ¿No se puede hacer el trámite sin él?
—Me temo que no. La propiedad es suya. Sin su firma, o sin un poder, o sin una sucesión, esto no se mueve. —El notario se quitó los lentes—. Va a tener que encontrarlo, señora. O conseguir un abogado muy bueno y mucha paciencia.
Néstor Lazcano. Valentina caminó hasta una banca afuera de la notaría y se sentó con el nombre dándole vueltas. Era raro que un hombre al que no recordaba le doliera tanto. De niña le había preguntado a Renata por él una sola vez; su madre, con esa frialdad suya que era una forma de armadura, le había contestado: "Tu padre se fue a hacer su vida. No preguntes más." Y Valentina no volvió a preguntar. Creció con un hueco con forma de papá, lo llenó como pudo, aprendió a no nombrarlo. Y ahora ese hueco tenía nombre completo, apellido, y, peor todavía, una firma que ella necesitaba para no quedarse sin techo. La vida tenía un humor cruel: el padre que nunca apareció cuando ella lo necesitó de niña era, de pronto, el único que podía resolverle un trámite de adulta.
Salió de la notaría con un nudo nuevo en la lista de nudos. Necesitaba un lugar mejor para Dulce —había visto un departamento pequeño en la colonia Del Valle, cerca de una buena primaria, justo lo que su hija merecía—, pero el banco le había negado el crédito esa misma semana: enfermera de medio tiempo y maestra de piano sin comprobantes formales no era, para un ejecutivo de cuenta, una mujer confiable. Y ahora resultaba que ni el techo viejo era suyo, sino de un fantasma con apellido.
Y lo peor era el tiempo. El plan de redesarrollo no esperaba a nadie: si la zona entraba en obra y el dueño no aparecía a reclamar y negociar la indemnización, el departamento podía terminar en un limbo legal del que Valentina, simple ocupante sin escrituras a su nombre, saldría con las manos vacías. Tenía meses, quizá semanas. Para entonces necesitaba o encontrar a un padre que llevaba treinta años desaparecido, o resignarse a perder el único techo que le quedaba justo cuando soñaba con darle a Dulce uno mejor.
Necesitaba un trago. O una comadre. Las dos cosas, de preferencia.
Encontró a Camila en un bar, pero no para consolarla a ella, sino al revés. Camila estaba con los ojos rojos y una margarita a medias.
—¿Sabes qué hizo Esteban? —Camila ni la dejó sentarse—. La boda de su compañero de trabajo. La de hoy. La que yo le ayudé a organizar el regalo. Pues fue. Con otra. Una "amiga" de la oficina. Me mandó un mensaje, mira: "mejor no vengas, va a haber pura gente importante y luego no sabes de qué hablar". —Le tembló la voz de pura rabia—. "Pura gente importante." Como si yo fuera el adorno feo que se deja en casa.
A Valentina se le olvidaron de golpe sus propios nudos. Eso le pasaba con Camila: cuando una de las dos se caía, la otra dejaba todo para sostenerla. Así llevaban años, desde la UNAM, desde antes de los maridos y los divorcios y las hijas. Camila había sido la primera en correr al hospital la noche del secuestro, la que cuidó a Dulce sin cobrar un favor, la que la abrazó cuando lo del anillo. Le tocaba devolver.
—Escúchame bien, Camila Fuentes. —Le tomó las dos manos sobre la mesa pegajosa—. Tú no eres ningún adorno. Tú levantaste tu propia empresa, sola, sin que ningún Esteban te regalara nada. Si ese tipo no ve lo que vales, el problema es de sus ojos, no de tu valor. —Le apretó las manos—. Mereces a alguien que te presuma a ti, no que te esconda.
Esteban tuvo la mala suerte de aparecer media hora después por ese mismo bar, presumiéndole a un grupo, con la "amiga" del brazo. Y tuvo la peor suerte de saludar a Camila con un "¿qué haces aquí?" displicente, delante de todos.
Valentina se puso de pie antes de pensarlo.
—Hace lo mismo que tú —dijo, con una calma de cuchillo—. Tomarse algo. Solo que ella sí sabe con quién está, y tú andas presumiendo de "gente importante" con un traje que todavía estás pagando a plazos, Esteban. Lo sé porque Camila pagó la mitad. —Sonrió—. Esa es la diferencia entre las dos personas de esta conversación: una construye, y el otro presume lo que le construyeron. Vámonos, comadre. Aquí huele a poca cosa.
El bar entero lo oyó. Esteban se puso del color de su corbata. Camila, por primera vez en la noche, se rió.
Afuera, ya en la banqueta, Camila la abrazó.
—Lo voy a dejar —dijo, y esta vez no le tembló la voz—. De verdad. Ya. Me cansé de hacerme chiquita para que a un hombre le quepa el ego. —Se limpió la cara—. Gracias, comadre. No sé qué haría sin ti.
—Lo mismo que yo sin ti. —Valentina la apretó—. Levantarte sola, como siempre. Pero es más bonito no tener que.
Camila se fue en un taxi, más entera de lo que había llegado. Y Valentina se quedó en la banqueta, buscando el suyo, con todos sus nudos otra vez encima: el padre fantasma, las escrituras, el crédito negado, el departamento que no iba a poder darle a Dulce.
Un coche negro se detuvo junto a ella. La ventanilla bajó. No era Maximiliano. Era Ulises.
—Señora Rivas. La vi salir. ¿La llevo? —Y, cuando ella dudó, el asistente, que llevaba semanas observándola por órdenes de su jefe y que tenía sus propias conclusiones, agregó con cuidado—: Disculpe que me meta donde no me llaman. Pero lo del crédito, lo de las escrituras, lo del departamento para la niña… —Hizo una pausa—. Usted conoce a alguien que resuelve ese tipo de cosas antes del desayuno. En serio. Inténtelo. Llámele al señor Argüello.
Valentina se quedó mirando la ventanilla abierta. Pedirle ayuda otra vez. Deberle otra vez. Atarse otro hilo más al hombre del contrato, justo cuando intentaba aprender a soltarse. Era la última cosa que quería hacer en el mundo. Y, por su hija, probablemente la haría.
di la verdad de una y ya....