Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 4: El encuentro en territorio sagrado
El edificio de Vitale Global Logistics amaneció sumergido en su ritmo habitual de eficiencia fría. Para los empleados administrativos y los ejecutivos de saco y corbata, la jornada transcurría entre monitores, cotizaciones de bolsa y llamadas internacionales. Sin embargo, en el último piso —el territorio sagrado del Capo—, la atmósfera era muy distinta.
A las diez de la mañana, las puertas del ascensor privado se abrieron para dar paso a Chiara Romano y a su hermano Alejandro. Chiara lucía impecable: un pantalón de vestir de tiro alto en tono azul marino que abrazaba sus curvas con elegancia, combinado con una blusa de seda blanca que contrastaba con su melena marrón. En sus manos llevaba una carpeta rígida con los inventarios de balística que debía cotejar con los registros de la empresa.
—Te lo advierto, Chiara —murmuró Alejandro en voz baja mientras caminaban por el pasillo de alfombra mullida—, hoy no es el día para tus bromas sobre papás que disparan balines. Matteo estuvo despierto desde las cinco de la mañana revisando los mapas de rutas marítimas y no tiene paciencia para nada.
—Ale, mi amor, yo no vine a contar chistes —respondió Chiara, sonriéndose con soltura mientras ajustaba la carpeta bajo su brazo—. Vine a trabajar. Si el Lobo de Roma amaneció de mal humor, que se tome un té de manzanilla. Mis números están perfectos y los suyos necesitan una revisión.
Al fondo del pasillo, en la amplia sala de juntas contigua a la oficina presidencial, la puerta estaba entornada. Dentro de ese espacio privado, lejos del ajetreo comercial, Alonzo Vitale leía el periódico matutino mientras Edans revisaba un mapa de seguridad sobre la mesa. En el rincón más alfombrado de la habitación, sobre un cojín gigante, el pequeño Leo jugaba en absoluto silencio con sus carritos de madera, apretando a ratos su inseparable oso de peluche bajo el brazo.
El niño estaba inquieto. Llevaba más de una hora escuchando el murmullo lejano de la voz de su padre dentro del despacho principal. Para Leo, la distancia con Matteo siempre generaba una leve ansiedad, una necesidad instintiva de comprobar que su único refugio seguro seguía allí.
Aprovechando que su abuelo Alonzo se distrajó pasando la página del diario y que Edans atendía un mensaje en su radio, el pequeño de siete años se puso de pie sin hacer el menor ruido. Con pasos sigilosos, salió por la puerta entornada hacia el pasillo principal, buscando la oficina de su padre.
Chiara venía caminando a paso firme, concentrada en revisar una de las hojas de especificaciones técnicas que llevaba en la carpeta, cuando dobló la esquina del pasillo sin percatarse de la pequeña figura que avanzaba en sentido contrario.
El impacto fue inevitable, aunque liviano.
—¡Oh! —exclamó Chiara, deteniéndose de golpe.
Leo, que avanzaba a paso rápido y distraído, rebotó contra la cadera de Chiara. El impulso hizo que el pequeño perdiera el equilibrio y cayera de cola directamente sobre la alfombra, soltando el osito de peluche, que rodó un par de metros lejos de él.
El silencio que siguió fue absoluto.
Leo se paralizó en el suelo. El terror instintivo que arrastraba desde su infancia lo invadió en un segundo: sus hombros se pegaron a las orejas, su respiración se volvió agitada y rápida, y sus grandes ojos oscuros se abrieron con desmesurado espanto. En lugar de llorar o gritar —sonidos que su trauma le impedía emitir—, el niño se arrastró de espaldas sobre el suelo a toda velocidad como un animalito asustado, hasta refugiarse detrás de una pesada consola de madera ornamentada que decoraba el pasillo.
Alejandro se llevó las manos a la cabeza, sabiendo la tormenta que se avecinaba. Desde la puerta de la sala de juntas, Edans escuchó el ruido del golpe y salió al pasillo a toda prisa, congelándose al ver a Leo escondido detrás del mueble.
—¡Maldición! —susurró Edans, activando de inmediato el canal interno de su radio—. Matteo, el niño salió al pasillo. Tuvo un percance.
Chiara, ajena a la tensión militar que se desencadenó a su alrededor, no reaccionó con pánico ni con la frialdad que la mayoría mostraba ante los hombres de la mafia. Simplemente se quedó mirando el osito de peluche en el suelo y luego la pequeña figura que temblaba detrás de la consola.
Lejos de acercarse abruptamente o hablar con esa voz chillona y condescendiente que muchos adultos usan para compadecerse, Chiara hizo algo completamente distinto. Se agachó despacio, manteniendo una distancia de más de dos metros para no acorralarlo. Apoyó una rodilla en el suelo con total naturalidad, sin importarle que su pantalón de vestir se arrugara.
Recogió el peluche gastado con delicadeza, le sacudió el polvo imaginario de las orejas y miró hacia el hueco del mueble con una sonrisa cálida y genuina en sus labios carnosos. Sus ojos color miel brillaron con una luz suave.
—Vaya... qué golpe tan tonto dimos, ¿verdad? —dijo Chiara en un tono bajo, pausado, dulce pero sin lástima—. La culpa fue mía por venir mirando papeles en lugar de mirar por dónde camino.
Leo, desde la sombra del mueble, no se movió, pero sus ojos fijos no se apartaron de la mujer.
Chiara acomodó el osito en sus piernas y ladeó la cabeza, observando el rostro del pequeño.
—Oye... pero si tú eres el muñeco bonito de anoche —musitó Chiara, guiñándole un ojo con suavidad—. Estuviste en la fiesta con tu abuela, ¿cierto? Te vi desde la mesa. Estabas muy tranquilo cuidando a tu oso mientras todos los demás hacían un escándalo terrible.
Detrás del mueble, las manos de Leo dejaron de temblar. El niño parpadeó. La memoria del pequeño procesó de inmediato la voz de la mujer: era la misma voz alta y alegre que anoche había hecho reír a su abuelo y que había desafiado a su padre sin que nadie saliera herido.
Chiara no intentó obligarlo a salir. En lugar de eso, tomó la mano del osito de peluche y la movió sutilmente en el aire, haciéndole un saludo infantil al niño.
—El señor Oso dice que está bien, que no le dolió la caída —agregó ella con una sonrisa traviesa que iluminó todo su rostro—. Pero dice que necesita que su dueño venga a rescatarlo porque yo tengo las manos ocupadas con esta carpeta tan aburrida.
Leo la miró fijamente. Por primera vez en meses, la barrera de miedo que lo aislaba del mundo exterior pareció agrietarse un milímetro. La energía de Chiara no olía a amenaza; olía a juego, a tranquilidad, a una calidez que el niño jamás había experimentado en un adulto desconocido.
Lentamente, el pequeño asomó un poco más la cabeza desde el borde del mueble. Sus ojos recorrieron el rostro de Chiara y, en un gesto tan diminuto como milagroso, la comisura de los labios de Leo se curvó hacia arriba. A la criatura se le escapó una timida, casi imperceptible, sonrisa.
Pero el momento de paz duró un suspiro.
—¡¿QUÉ DEMONIOS PASA AQUÍ?!
El grito retumbó en todo el piso como el rugido de una fiera herida.
La puerta de la oficina principal se abrió de golpe, impactando contra la pared. Matteo Vitale salió al pasillo hecho un demonio, con el rostro desencajado por la furia y la desesperación. Tras escuchar la llamada de Edans por la radio sobre un "percance" con su hijo, su cerebro solo había procesado el peor de los escenarios.
Su figura de casi un metro noventa avanzó a pasos agigantados, emitiendo un peligro palpable. Traía las mangas de la camisa arremangadas y la mirada gris convertida en fuego puro, listo para destrozar a cualquiera que hubiera osado alterar la paz de su hijo.
—¡Aléjate de él! —ordenó Matteo, acelerando el paso directamente hacia Chiara con la mano buscando instintivamente la empuñadura de la pistola ocultar bajo su axila—. ¡Nadie toca a mi hijo! ¡Edans, sácala de aquí ahora mismo!
La ira de Matteo era un huracán capaz de congelar a cualquier hombre en Roma. Pero Chiara ni siquiera pestañeó al verlo venir. Se puso de pie con parsimonia, sosteniendo el osito en una mano y la carpeta en la otra, esperando al Lobo con la cara completamente serena y una chispa de firmeza en su mirada miel.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.