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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

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Capítulo 15

Ayla usó la puerta de atrás por primera vez al día siguiente.

Era más estrecha de lo que esperaba. El arco de piedra estaba desgastado en los bordes y olía a hierbas amargas, a aceite de lámpara y a algo metálico que no supo nombrar. El pasillo de los médicos tenía el suelo de losas irregulares. Cada paso sonaba distinto. Había menos antorchas y más sombras. Un solo eunuco anciano estaba sentado en un banquito junto a la entrada. Tenía los ojos medio cerrados y las manos cruzadas sobre la panza. Cuando la vio, levantó un dedo y señaló hacia adentro. No habló. No hizo falta.

Ayla avanzó. El cántaro de la bandeja le pesaba menos que otros días. O quizás era ella la que caminaba más ligera. No lo sabía. Solo sabía que el corazón le golpeaba un poco más fuerte de lo normal.

Kael la esperaba en la silla de ruedas, junto a la ventana entreabierta. La manta le cubría las piernas hasta la cintura. Tenía el tablero de madera sobre las rodillas y un trozo de papel ya preparado. El carbón estaba a un lado, listo. Cuando ella entró, él no sonrió. Solo asintió hacia la mesa.

—Déjalo ahí. Hoy no comemos primero.

Ayla dejó la bandeja. Sacó el carbón del dobladillo de la túnica. Se arrodilló junto a la silla porque la posición era más cómoda para escribir. Kael le acercó el tablero. Los dedos de él temblaban un poco. Los de ella también, pero por otra razón.

Empezaron despacio.

Él escribió primero:

**¿Qué más oíste?**

Ayla respondió con letra firme, aunque el carbón se gastaba rápido:

**Mensajero. Esta noche. Frontera norte.**

Kael leyó. La mandíbula se le tensó.

**¿Quién lo manda?**

**Hamid. Copias del sello. Ya hechas.**

Él dejó el carbón sobre el papel y se pasó una mano por la cara. El sudor le brillaba en la frente aunque la habitación no estaba caliente. Ayla esperó. Contó tres respiraciones largas antes de que él volviera a tomar el carbón.

**¿Dónde guardan las copias?**

Ella escribió el lugar que había escuchado: el armario del fondo en la sala de mapas, detrás de los rollos de pergamino viejo. Kael cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la miró directo.

—Si esto llega a oídos de mi hijo, te matan. Y yo no puedo moverme para impedirlo.

Ayla tomó otra vez el carbón. Escribió debajo de las otras palabras:

**Lo sé.**

Kael sostuvo la mirada. Después señaló la silla vacía que había junto a la ventana, más cerca de él.

—Siéntate ahí. No en el suelo.

Ella se levantó y obedeció. La silla era de madera oscura, dura, sin cojín. Desde ahí se veía un trozo del patio interior: una fuente pequeña, dos naranjos y un trozo de muro. Nadie pasaba. El silencio de la habitación se volvió más denso.

Estuvieron un rato sin escribir. Kael cerró los ojos. El dolor le apretaba la boca de una forma que Ayla ya reconocía. A veces el aire se le quedaba corto y tenía que abrirlo otra vez con esfuerzo. Ella contaba las respiraciones. Eran irregulares. Una corta. Dos largas. Otra corta. Cuando el dolor aflojaba un poco, él hablaba sin mirarla, con la voz baja.

—¿Cómo era tu hermano?

Ayla se quedó quieta. La pregunta le llegó de golpe. Nadie le había preguntado eso desde que cruzó las murallas. Nadie. Ni siquiera Yasmin. Sacó el carbón otra vez. La mano le tembló un instante antes de empezar a trazar las letras sobre el papel.

**Fuerte. Me enseñó a pelear.**

Kael abrió los ojos y leyó. Después preguntó:

—¿Y tú le ganabas?

Ella escribió más despacio:

**A veces.**

Él soltó ese sonido que ya le conocía: la risa corta, cansada, casi sorprendida.

—Me hubiera gustado verlo.

No dijeron nada más durante un buen rato. Ayla miró por la ventana. El sol empezaba a subir y tiraba una franja de luz sobre el suelo de la habitación. El polvo flotaba dentro de esa franja. Kael respiraba más calmado. De vez en cuando apretaba los dedos sobre la manta, pero ya no con tanta fuerza.

Cuando el médico golpeó la puerta, Ayla se levantó por reflejo. Kael la detuvo con un gesto de la mano.

—Quédate hasta que se vaya. Si alguien pregunta, dices que yo lo ordené.

El médico entró. Era el mismo de siempre: delgado, barba blanca, ojeras profundas. Traía una jeringa y un frasco oscuro. Ni siquiera miró a Ayla. Se acercó a Kael, le subió un poco la manga de la túnica y le inyectó lo que fuera. Kael se tensó entero. Los músculos del cuello se le marcaron. Después se aflojó de golpe y dejó caer la cabeza hacia atrás. El médico anotó algo en una tablilla y salió sin decir palabra.

Cuando la puerta se cerró, Kael habló con los ojos todavía cerrados.

—Desde hoy te quedas un poco más. Hasta que él entre. Y sales por la misma puerta de atrás.

Ayla inclinó la cabeza. Recogió el papel escrito, lo rompió en trozos pequeños y los guardó en el puño. El carbón lo escondió otra vez en el dobladillo. Salió.

El pasillo de los médicos estaba vacío. El eunuco anciano seguía en su banquito, dormitando. Ayla caminó despacio. En la esquina, donde el pasillo se unía con otro más ancho, se topó con un hombre que no conocía.

Alto. Ropa oscura, sin insignias ni colores de ninguna casa. Tenía la cara afeitada y los ojos claros. La miró de frente, sin disimulo. Ayla bajó la vista y siguió. Escuchó sus pasos detrás de ella durante un tramo corto. Después se detuvieron. No miró atrás.

Bajó las escaleras de servicio. El aire cambió. Olor a comida y a humedad. Cuando llegó al patio de los naranjos, Lina ya estaba allí con el cubo lleno y el trapo en la mano. Al verla, la muchacha abrió un poco los ojos.

—Hay un hombre nuevo preguntando por ti —susurró—. No es de los de siempre. Preguntó a Sahra. Preguntó a dos eunucos. Quiere saber tu nombre de verdad y de qué reino saliste.

Ayla tomó el trapo. Se arrodilló. El agua estaba fría y le subió por las muñecas. Empezó a fregar las losas una por una. No contestó. No hacía falta. Lina se agachó a su lado y trabajó en silencio.

El sol subía. El olor de las flores de azahar se hacía más fuerte. Ayla sentía todavía el peso de la mirada del hombre de ropa oscura. Sentía también las palabras de Kael: “Si te pasa algo, yo no puedo moverme para impedirlo.”

El sultán la había puesto un poco más a su lado.

Zahir ya había mandado a alguien a seguirla.

Y ella seguía sin voz.

Pero cada mañana que subía por esa puerta estrecha, el silencio pesaba distinto. Ya no era solo suyo. Empezaba a ser de los dos.

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