Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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Brillantemente irritante
Cassidy
Su sonrisa aumenta.
—Por supuesto.
—No te emociones.
Manny se cuelga una mochila de un hombro.
—Yo sí trabajo mañana.
—Lo sé —dice Luke. Después mira a Adamo —. Pero créeme. Tú quieres que ella revise tu moto.
Adamo mira primero a Luke y después a mí.
—¿Sí?
Luke asiente sin dudar.
—Yo le enseñé. —Hace una pausa. Una pequeña sonrisa orgullosa aparece en su cara—. Después la desgraciada empezó a entender cosas que yo ni siquiera sabía que había que entender.
Algo se aprieta dentro de mi pecho.
—Luke.
—¿Qué? Es verdad.
Manny asiente.
—Es irritante.
—Tú también cállate.
—Puede escuchar un motor y decirte cosas que yo necesito veinte minutos para comprobar —continúa Luke—. Y si modificas algo, no te dice solamente qué pieza poner. Te explica qué va a cambiar en toda la moto.
—No siempre.
—Siempre.
Siento calor en las mejillas.
Detesto cuando hace esto.
No porque no me guste, porque me gusta demasiado.
—Bueno —dice Adamo. Ya no sonríe de esa manera burlona. Me está mirando distinto. Con curiosidad—. Ahora entiendo.
—¿Qué?
—Por qué no quieres que nadie más la toque.
Miro la Ducati.
—Ella no tiene la culpa de que su dueño sea idiota.
—Otra vez insultándome.
—Todavía no empezamos a cobrarte por eso.
Manny se ríe y se dirige a la salida.
—Nos vemos mañana.
—Adiós.
Levanta una mano.
Luke comienza a recoger algunas herramientas.
Adamo sigue ahí.
—Entonces... ¿qué hago ahora?
Lo miro.
—¿Con qué?
—Conmigo.
Parpadeo.
—No sé. Ese parece un problema personal.
—Mi vehículo está ahí.
Señala la Ducati.
Ah. Cierto.
—Pide un Uber —digo tratando de lucir inocente.
Luke se ríe.
No una sonrisa. Una carcajada.
Lo miro.
—¿Qué?
—Nada.
Adamo saca el teléfono.
—¿Uber funciona aquí?
Luke vuelve a reírse.
—Buena suerte.
—¿Qué tiene de gracioso?
—Estás en St. Anthony —le digo.
Él espera.
—¿Y?
Luke y yo intercambiamos una mirada.
—Definitivamente no eres de aquí —dice mi hermano.
—Ya establecimos eso.
—Puede que encuentres algo si tienes suerte —le explico—, pero un viernes a esta hora y queriendo salir hacia las dunas... yo no confiaría mi vida a que aparezca un conductor.
Adamo desbloquea el teléfono.
—Puedo llamar un taxi.
—Puedes intentarlo —dice Luke.
Miro a Adamo.
—¿Dónde te estás quedando?
—En un campamento.
—¿Cuál?
—Egin Lakes.
Luke levanta las cejas.
Yo también.
—¿Estás acampando?
—Sí.
Lo miro de arriba abajo.
No parece particularmente campista.
Parece alguien que utilizaría una carpa de tres mil dólares una vez y después la abandonaría porque le aburrió el color.
—¿Tienes una carpa?
—Sí.
—¿Y tus cosas?
Adamo señala vagamente hacia la moto.
—En el campamento.
—¿Dejaste todas tus cosas ahí?
—Sí.
—¿Sin ti?
—Sí.
Lo observo.
—¿Pasaporte?
Se toca el bolsillo trasero.
—Conmigo.
—¿Teléfono?
Levanta el teléfono.
—Evidentemente.
—¿Dinero?
Saca una billetera.
—Tarjetas.
—¿Y todo lo demás?
Se encoge de hombros.
—Son cosas.
Luke se queda mirándolo.
Yo también.
—¿Son cosas? —repito.
—Sí.
—Ropa. Equipo. Tus cosas personales.
—Se reemplazan.
La respuesta sale de su boca con una facilidad que me desconcierta.
No presume.
Eso es lo raro.
No dice puedo comprarme otras. Simplemente parece que para él perder todo lo que dejó en aquella carpa sería una inconveniencia moderada.
Como perder un encendedor.
Luke también lo nota.
—¿Cuánto cuesta esa moto? —pregunta.
Adamo sonríe.
—Suficiente para que Cassidy me odie todavía más si le digo.
—No te odio por lo que cuesta. Te odio por cómo la tratas.
—Importante distinción.
Me cruzo de brazos.
—¿Y si te roban todo?
—Compro lo necesario mañana.
Mi hermano y yo quedamos en silencio.
—¿Qué? —pregunta.
Luke me mira.
Yo miro a Luke.
Sí.
Niño rico.
No de esos que usan zapatos con logos gigantes y necesitan contarle a todos cuánto pagaron.
Peor.
De esos para quienes el dinero está tan incorporado a la vida que ni siquiera recuerdan que los demás tenemos que pensar en él.
—Nada —digo.
—Esa cara dice algo.
—Mi cara es muy expresiva.
Luke suspira.
—No podemos dejarlo aquí.
—Claro que podemos.
—Cass.
—Tiene más de veinte años, no siete.
Adamo interviene.
—Veintiuno para ser preciso —dice antes de agregar: —Puedo resolverlo.
—Perfecto —digo—. Resuelve.
Toma el teléfono.
Mira la pantalla durante unos segundos.
Después otros.
Luke cruza los brazos.
Yo espero.
Adamo levanta la cabeza.
—Parece que no puedo resolverlo.
Sonrío.
—Qué rápido cayó el imperio.
—Cassidy. —Luke toma sus llaves—. Lo llevamos.
—¿Por qué nosotros?
—Porque está de paso, no conoce a nadie, no tiene vehículo y son ocho millas.
—Eso suena muchísimo a problema suyo.
Adamo asiente.
—Estoy de acuerdo con ella.
Miro a Luke.
—¿Ves?
—Mamá nos enseñó modales.
—Mamá también te enseñó a no subir extraños a tu auto.
—Tiene nombre.
—Los asesinos también.
Adamo sonríe.
—Sigues regresando al homicidio.
—No sabes cuánto.
Luke guarda las llaves en su bolsillo.
—Lo dejamos en Egin Lakes. Mañana pasamos por él.
—¿Pasamos?
—Tú dijiste que vendrías.
—Puedo venir sola.
Luke me mira.
Conozco esa mirada.
No vale la pena seguir discutiendo.
—Bien.
Adamo observa alternativamente a mi hermano y a mí.
—¿Siempre discuten de esta manera?
—Sí —respondemos al mismo tiempo.
Sonríe.
—Me gusta.
—Eso es porque todavía no nos conoces —digo.
😑😑😑😑
y ahora sin carga de un padre que les quita el dinero de una madre que ni los protege