NovelToon NovelToon
Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:933
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2: Compláceme

Adrián dejó el vaso sobre el barandal de la terraza y se quedó mirando la pantalla apagada del celular.

Número privado. Una docena de personas lo tenía, y ninguna hablaba así. Veintitrés años, nunca he tenido novio, buenas caderas, para mi mamá: se lo había soltado todo de corrido, sin respirar.

Abajo, Santa Fe seguía encendida. Adentro, en el privado del Cénit, sus dos socios discutían un contrato de proveedores que él había dejado de escuchar desde el primer timbre. Guardó el número en contactos antes de que se le olvidara. Escribió lo primero que le vino a la cabeza: Buenas caderas. Lo vio escrito y casi se ríe.

Luego se le borró la gracia. Su foto salía en las páginas de negocios cada mes; su divorcio, hacía un año, todavía aparecía en alguna revista de chismes, siempre con la palabra millonario en el título. Una muchacha que marca a su número privado y le dice señor Valdés no era una casualidad. Era alguien que había hecho la tarea.

Salvo por un detalle. Ella había dicho: del anuncio. Adrián Valdés no ponía anuncios.

—¿Todo bien, Adrián? —preguntó uno de los socios desde la puerta.

—Pide la cuenta. Yo invito.

* * *

En la camioneta, rumbo a Bosques, le pasó el celular a don Lupe por encima del asiento. Ya tenía abierto el registro de llamadas.

—Ese número. Averíguame quién es.

—¿Una muchacha, patrón? —Don Lupe lo agarró con dos dedos y le echó un ojo por el retrovisor.

—Una muchacha que se equivocó de número. O que quiere que yo crea que se equivocó.

—¿Y qué quería?

—Dinero. —Adrián miró por la ventana.

Don Lupe no preguntó más y se guardó el celular en la bolsa de la camisa. A las once y media tocó la puerta del estudio. Traía su propio celular en la mano, con los lentes de leer en la punta de la nariz.

—En el WhatsApp tiene de foto a una señora en bata de hospital, patrón. Abrazadas las dos, en la cama. Y en el Feis está como Dulce Olvera. —Deslizó el dedo—. Hizo una rifa para la operación de su mamá. Lleva juntados tres mil cuatrocientos veinte pesos.

—¿Tres mil cuatrocientos? ¿Qué rifa?

—Una licuadora. Y abajo puras vecinas: ánimo, Chayo; échale ganas, Chayo; aquí estamos, Chayo. —Don Lupe se quitó los lentes—. Se ve buena muchacha, patrón.

—Eso se ve en una foto.

—En una foto no se ve una licuadora rifada. Eso se ve en la necesidad.

Adrián no contestó. Cuando don Lupe se fue, se quedó un rato con la foto de perfil abierta en la pantalla. Una muchacha de pelo corto, mal cortado, con la cara pegada a la de una mujer mayor que sonreía con los labios partidos.

* * *

A las siete y cuarto de la mañana marcó al doctor Villegas. Grupo Valdés le donaba al Hospital San Rafael desde hacía años; el director le contestaba a cualquier hora.

—¡Licenciado! Qué milagro. ¿Todo bien? ¿Su papá?

—Todo bien. Una pregunta. ¿Tienen una paciente que se llame Rosario, programada para cirugía? La hija es Dulce Olvera.

—A ver… —Se oyeron papeles—. Hay una paciente programada para el miércoles, licenciado. Pendiente de depósito. —Bajó la voz—. Más no le puedo decir.

—No te pido más.

Colgó, se amarró la corbata y se fue a la Torre. A las nueve cuarenta, a media junta de resultados, se dio cuenta de que llevaba diez minutos viendo el mismo número en la misma diapositiva. Le hizo una seña a su secretaria.

—La de las diez, muévela a la tarde.

Doce ejecutivos se miraron entre sí. La secretaria lo anotó sin preguntar.

Entonces, ¿por qué no le había dicho que se equivocaba? Le habría bastado una frase: no hay ningún anuncio, señorita, marcó mal. Pero ella había pedido al señor Valdez del anuncio y él le había contestado Valdés, con la ese bien marcada, para ver qué hacía. Ella no hizo nada. Siguió con su discurso, temblando, como quien recita la tabla del siete frente al pizarrón.

Quería saber cuánto tardaba en darse cuenta de su error. Y quería ver qué cara tenía una muchacha que le ofrece sus caderas a un desconocido para pagar una operación. Adrián volvió a la diapositiva y tampoco esta vez vio el número.

* * *

—Esta noche hay alguien en la casa —le dijo a Sam por teléfono, a las seis de la tarde—. Si pasas, tocas antes de entrar.

—¿Alguien? ¿En su casa? —Sam carraspeó—. ¿Alguien alguien, jefe?

—Toca y ya.

—Con todo respeto, jefe… ¿va a romper la veda?

Adrián le colgó. A las ocho en punto le llegó un mensaje de don Lupe:

Ya la traigo, patrón. Trae un vestido negro. Con la etiqueta colgando.

Adrián leyó la última frase dos veces. Luego se metió a bañar, porque no se le ocurrió qué otra cosa hacer con las manos.

* * *

A las nueve y cinco oyó los pasos en la escalera. Los de don Lupe, pesados, y otros más ligeros que se detenían cada tres escalones.

Estaba sentado en el sillón individual de la recámara, con una toalla amarrada a la cintura y el pelo todavía goteando. Había pensado vestirse. No lo hizo.

La puerta se abrió. Don Lupe no entró; solo se hizo a un lado.

—Pásele, señorita.

Ella entró con los ojos apretados, como los niños cuando van a recibir una inyección. Traía un vestidito negro de tirantes amarrados al cuello, unos tenis blancos lavados con cloro, una chamarrita de mezclilla doblada sobre el brazo y una bolsa de mano de plástico que apretaba contra el estómago. Don Lupe cerró la puerta desde afuera.

Pasaron cinco segundos. Ella abrió los ojos.

Lo buscó en la cama y luego en el sillón. Se le fue la mirada al pecho de él, a la toalla, otra vez a la cara, y se quedó con la boca un poquito abierta, sin saber dónde ponerla. Adrián esperó.

—Se ve… —Tragó saliva—. Se ve muy bien para sus cincuenta, señor. Se nota que los ricos se cuidan.

—Mm.

Fue todo lo que dijo. Ella lo tomó como un sí y asintió muy seria, como si él le hubiera confirmado un dato importante.

Luego respiró hondo, se paró derecha y dio una vuelta despacio sobre sí misma, con los brazos un poco separados del cuerpo. Se notaba que lo había ensayado frente a un espejo.

—¿Le… le gusto?

Al girar, algo blanco se balanceó bajo su brazo izquierdo. Un cartoncito, colgado de un hilo de plástico.

Adrián se levantó. Ella dejó de respirar. Él estiró la mano, agarró el cartoncito y le dio un jalón seco. El hilo se rompió.

Lo miró. Uno noventa y nueve, a plumón.

Lo dejó caer. El papelito aterrizó en la alfombra, entre los tenis de ella, bocarriba.

A la muchacha se le fue toda la sangre a la cara. Se le puso roja la frente, las orejas, el cuello, hasta el borde del vestido. Bajó la vista a la etiqueta y no la levantó.

Adrián la estudió de cerca. Tenía las uñas cortas, sin pintar, y el pelo cortado a tijeretazos a la altura de los hombros. Le temblaba la barbilla.

—¿Sabes quién soy?

—El señor Valdez. —Ella levantó los ojos y lo miró de frente, sin sonreírle ni hacerle ojitos como las mujeres de los cocteles—. El del anuncio.

Adrián la miró un momento más. Una niña sin dinero, eso era. Tenía que decírselo ahora o no se lo iba a decir.

—Depende —dijo él— de lo que hagas ahora.

Ella apretó la bolsita de plástico. Él se volvió a sentar en el sillón, sin prisa, y la miró desde abajo.

—Compláceme.

1
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play