Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 5 — La verdad escondida
—Haz que vuelva a desaparecer.
Las palabras de aquella mujer seguían resonando en la mente de Sebastián.
Él permaneció dentro del automóvil, observando el edificio donde vivía Valentina.
No podía permitir que Adrián descubriera toda la verdad.
Si lo hacía, el plan que habían construido durante años se derrumbaría.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó Sebastián.
La mujer respondió con frialdad:
—Después de cinco años, no voy a permitir que Valentina destruya todo.
—¿Y el niño?
Hubo un silencio.
—El niño es un problema que debemos resolver.
Sebastián apretó el volante.
—Es hijo de Adrián.
—Precisamente.
La llamada terminó.
Sebastián miró nuevamente hacia el edificio.
La situación acababa de volverse mucho más peligrosa.
Valentina no había dormido bien.
Desde aquella llamada desconocida, tenía la sensación de que alguien la observaba.
Se levantó temprano y fue a revisar la habitación de Leo.
El pequeño todavía dormía.
Valentina se acercó y le acomodó la manta.
—Todo estará bien —susurró.
Pero ni siquiera ella estaba convencida.
Después de preparar el desayuno, llevó a Leo al colegio.
—¿Vas a recogerme tú?
—Claro.
—¿Y si tienes mucho trabajo?
—Entonces terminaré rápido.
Leo sonrió.
—Prometido.
Valentina besó su frente.
—Prometido.
Cuando se disponía a marcharse, vio un automóvil estacionado al otro lado de la calle.
Era el mismo que había visto la noche anterior.
Su corazón comenzó a acelerarse.
Tomó el teléfono.
No sabía a quién llamar.
Entonces apareció un mensaje.
“Deja de hacer preguntas sobre el pasado.”
Valentina sintió un escalofrío.
Miró alrededor.
No vio a nadie.
Guardó el teléfono y caminó rápidamente hasta su automóvil.
No sabía quién estaba detrás de aquello.
Pero sabía una cosa.
No pensaba permitir que nadie se acercara a Leo.
En Montenegro Group, Adrián revisaba varios documentos cuando recibió una llamada.
—Señor Montenegro.
—Habla.
—Detectamos movimientos extraños en algunas cuentas relacionadas con las acciones de su padre.
Adrián se incorporó.
—¿Qué clase de movimientos?
—Transferencias y cambios de beneficiarios.
—¿A nombre de quién?
Daniel guardó silencio durante unos segundos.
—A nombre de Sebastián.
Adrián cerró lentamente la carpeta.
—Quiero todos los documentos.
—Los tendrá.
—Y no le digas a nadie que estamos investigando.
—Entendido.
Adrián terminó la llamada.
No podía dejar de pensar en Valentina.
Y en Leo.
Si Sebastián estaba relacionado con el asunto de las acciones, entonces el niño podía estar en peligro.
Tomó su teléfono y llamó a Valentina.
Ella contestó después de varios tonos.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde estás?
—En el trabajo.
—¿Leo?
—En el colegio.
Adrián respiró aliviado.
—Necesito hablar contigo.
—Ya hablamos ayer.
—Esto es diferente.
—¿Qué sucede?
Adrián miró hacia la puerta de su oficina.
—Alguien te está vigilando.
Valentina quedó en silencio.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque también están vigilando a mi familia.
—Adrián…
—Escúchame. No estoy intentando controlar tu vida.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Protegerte.
Valentina soltó una risa sin humor.
—No necesito que me protejas.
—Tal vez tú no.
Adrián hizo una pausa.
—Pero Leo sí.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—No vuelvas a usar a mi hijo para acercarte a mí.
—No lo estoy haciendo.
—Entonces déjanos tranquilos.
Adrián cerró los ojos.
—No puedo.
—¿Por qué?
Su voz se suavizó.
—Porque creo que Leo es mi hijo.
Silencio.
Valentina no respondió.
Adrián tampoco.
Finalmente, ella dijo:
—No tienes ninguna prueba.
—La voy a conseguir.
—Haz lo que quieras.
—Eso pienso hacer.
La llamada terminó.
Valentina dejó el teléfono sobre el escritorio.
Sabía que tarde o temprano la verdad saldría a la luz.
Lo que no sabía era cuánto daño causaría.
A las tres de la tarde, Adrián recibió los resultados de la investigación preliminar.
Daniel entró con una carpeta.
—Encontramos algo importante.
Adrián levantó la mirada.
—¿Qué?
—Hace cinco años, alguien realizó una transferencia a una cuenta a nombre de Valentina.
—¿Quién?
—Una persona relacionada con su padre.
Adrián se quedó pensativo.
—¿Cuánto dinero?
Daniel mencionó la cantidad.
Adrián frunció el ceño.
—¿Y después?
—Valentina retiró el dinero y abandonó la ciudad pocos días después.
—¿Crees que la estaban comprando?
—No lo sabemos.
Adrián negó con la cabeza.
—No.
Algo no encajaba.
Valentina no era una mujer que aceptara dinero para desaparecer.
Él la conocía.
O al menos creía conocerla.
—Busca todo lo relacionado con aquella transferencia.
Daniel asintió.
—Sí, señor.
Cuando se marchó, Adrián se quedó mirando la fotografía de Leo.
La tomó entre sus manos.
—¿Qué te hicieron?
Esa noche, Valentina llegó al colegio para recoger a Leo.
Esperó varios minutos.
Los demás niños comenzaron a marcharse.
Pero Leo no aparecía.
Valentina se acercó a la profesora.
—Disculpe, ¿dónde está mi hijo?
La mujer la miró confundida.
—Pensé que usted ya se lo había llevado.
Valentina sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Un hombre vino a recogerlo.
El rostro de Valentina perdió el color.
—¿Qué hombre?
—Dijo que era familiar suyo.
—¡Yo no autoricé a nadie!
La profesora comenzó a ponerse nerviosa.
—Señora, mostró una autorización.
—¡Quiero ver esa autorización!
La profesora sacó un documento.
Valentina lo tomó.
Reconoció inmediatamente la firma.
Era falsa.
—Dios mío…
Sacó el teléfono.
Marcó un número.
—Adrián.
Él respondió inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
Valentina intentó controlar la voz.
—Leo no está.
Adrián se quedó en silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Alguien se lo llevó.
Adrián se levantó de golpe.
—¿Dónde estás?
—En su colegio.
—No te muevas.
—Adrián…
—Voy para allá.
Veinte minutos después, Adrián llegó.
Encontró a Valentina frente a la entrada del colegio.
Ella estaba desesperada.
—¿Dónde está mi hijo?
Adrián se acercó.
—Lo vamos a encontrar.
—¡No sabes eso!
—Sí lo sé.
—¡Es mi hijo!
—También puede ser mío.
Valentina lo miró con lágrimas en los ojos.
—No me importa quién sea tu hijo ahora. ¡Es mi bebé!
Adrián se quedó callado.
Por primera vez comprendió que aquello no era una discusión sobre derechos, acciones o secretos.
Era una madre aterrada.
Y él estaba igualmente desesperado.
—Lo encontraremos —repitió.
Valentina respiró profundamente.
—¿Cómo?
Adrián sacó su teléfono.
—Tengo recursos.
—No quiero que le hagan daño.
—No se lo harán.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Adrián la miró fijamente.
—Porque quien se llevó a Leo cometió un error.
—¿Cuál?
—Nos obligó a buscar juntos.
Valentina lo miró.
Por primera vez en cinco años, estaba a punto de confiar nuevamente en él.
Mientras tanto, en una casa desconocida, Leo estaba sentado en un sofá.
No parecía llorar.
Solamente observaba al hombre que estaba frente a él.
—¿Dónde está mi mamá?
—Pronto vendrá.
Leo frunció el ceño.
—Mi mamá dice que no debo irme con desconocidos.
El hombre permaneció en silencio.
—¿Tú conoces a mi papá?
El hombre levantó la mirada.
—Sí.
Leo inclinó la cabeza.
—¿Quién es?
El hombre sonrió.
—Eso pronto lo descubrirás.
Leo cruzó los brazos.
—No me gusta tu casa.
El hombre soltó una pequeña risa.
—Eres igual de terco que tu padre.
Leo se quedó pensando.
—¿Mi papá es el señor serio?
El hombre dejó de sonreír.
Aquella pregunta no estaba prevista.
En otro punto de la ciudad, Adrián recibió un mensaje.
Una fotografía.
Era Leo.
Estaba sentado en un sofá.
Debajo había una sola frase:
“Si quieres volver a verlo, deja de investigar.”
Adrián apretó el teléfono.
Valentina miró la pantalla.
Y entonces ambos comprendieron que aquella guerra ya no era por una empresa.
Era por su hijo.