Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.
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Capítulo 20: Promesas al Despuntar el Alba
La pasión en la penumbra de la alcoba real se desarrolló con una mezcla exquisita de desenfreno y extrema cautela. Conscientes de que un solo ruido fuera de lugar podía alertar a los guardias del pasillo principal, cada caricia, cada gemido y cada respiración se mantuvieron en el más estricto de los murmullos.
Fernando guio a Anthony hacia la gran cama real de doseles azules. Con la destreza y la audacia que lo caracterizaban, despojó al príncipe de su bata de seda, deleitándose en la contemplación de la piel blanca, suave y sonrojada de su amante bajo el brillo de la luna.
El reencuentro de sus cuerpos fue un acto de devoción mutua. Fernando recorrió cada centímetro del torso, el cuello y las clavículas de Anthony con besos ardientes y mordiscos suaves que arrancaron escalofríos deliciosos al príncipe. Las manos de Anthony, ansiosas y temblorosas, exploraron la firme musculatura de la espalda y el pecho de Fernando, maravillándose de la fuerza protectora del hombre que lo sostenía.
Se unieron en un clímax silencioso e Intenso, uniendo sus respiraciones en un solo ritmo acelerado antes de desplomarse abrazados sobre las almohadas de pluma.
Horas más tarde, cuando el primer tono carmesí de la aurora comenzó a tiñe el horizonte de la capital, el calor de las cobijas cobijaba a los dos hombres en una serenidad indestructible.
Anthony yacía acostado sobre el pecho de Fernando, escuchando el latido constante y potente del corazón del duque. Con la yema del índice, el príncipe trazaba círculos invisibles sobre la piel firme del torso de su amante.
—La corte es un terreno peligroso, Fernando —comentó Anthony en un susurro sereno pero preocupado—. Ayer noté la forma en que mi hermana Antonella te observaba durante la recepción. Ella es extremadamente perspicaz. Notó la emoción en mi rostro cuando mencionaste mi viaje al norte. Debemos ser infinitamente más cautelosos de lo habitual mientras permanezcas en el palacio.
Fernando sonrió con frialdad analítica, acariciando los cabellos dorados del príncipe.
—Deja que Antonella observe lo que quiera —respondió Fernando con tono aplomado—. Mi estrategia política ante el Rey es impecable. He presentado informes financieros que demuestran que las minas del norte están produciendo el doble de minerales que en los años anteriores. El Rey no tiene ningún motivo para dudar de mi lealtad ni para presionar con una intervención en mi territorio.
—¿Y respecto a nosotros? —preguntó Anthony, levantando la mirada para buscar los ojos oscuros de Fernando—. Sé que el Rey tiene la intención de proponerte formalmente un compromiso con Antonella durante el gran baile de gala de este fin de semana. Él cree que una unión entre la casa ducal y la corona consolidará la paz en el reino.
Fernando sostuvo la mirada del príncipe con una convicción tan férrea que disipó de golpe cualquier sombra de duda en la mente de Anthony.
—Rechazaré de manera diplomática cualquier intento de compromiso formal usando como argumento la necesidad de consolidar la economía del norte antes de asumir cargas matrimoniales —afirmó Fernando, besando la frente del príncipe—. Jamás me comprometeré con Antonella, Anthony. Ni con ella ni con ninguna otra persona en este mundo. Mi única alianza de amor y de vida es contigo.
El príncipe sonrió con una dulzura radiante, pegando sus labios a los de Fernando en un beso corto y tierno.
—Debes regresar a tu habitación antes de que la servidumbre ingrese a preparar mi baño matutino —recordó Anthony con pesar.
—Regresaré —asintió el duque, incorporándose en la cama y vistiendo sus pantalones—. Pero nos encontraremos esta tarde en los jardines privados. Hay un ala del rosal antiguo donde la aristocracia rara vez camina a la hora del mediodía. Estaremos solos.
Tras sellar la promesa con un último beso furtivo, Fernando cruzó la puerta de madera y regresó a su suite, dejando a Anthony con el corazón rebosante de una felicidad que jamás creyó experimentar en los muros del palacio real.