Anastacia Thompson lo sacrificó todo por salvar a su padre, incluso al hombre que amaba. Ella hizo lo impensable.
Años después, conoce a Edmund Carter. Él le devuelve la ilusión, la hace creer nuevamente en el amor y termina convirtiéndose en su prometido. Con él, Anastacia cree haber encontrado el amor que tanto había temido volver a sentir.
Pero ningún amor está libre de errores.
Cuando los secretos, el deseo y las heridas comienzan a poner a prueba su relación, todo aquello que Anastacia creía tener bajo control empieza a desmoronarse.
Todo cambia cuando Adrian Blake, el hermano mayor de Edmund el hombre que nunca olvidó a Anastacia, vuelve a su vida. Entre ellos existe un pasado que jamás murió una atracción que ninguno de los dos puede ignorar.
Mientras Edmund lucha por conservar el amor de la mujer que ama, Anastacia comienza a quedar atrapada entre la seguridad de un amor que conoce y el deseo prohibido de un hombre que nunca debió volver a su vida.
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Verdad
Lo abracé con más fuerza.
Sentir su calor, escuchar los latidos de su corazón y tenerlo tan cerca me ayudaba a apartar de mi mente cualquier recuerdo que pudiera lastimarme. Durante aquellos instantes, no quería pensar en el pasado ni en los secretos que todavía me atormentaban. Quería disfrutar del hombre que amaba y de la vida que estábamos construyendo juntos.
—Edmund… —susurré contra sus labios.
—Dime, mi amor.
Lo miré a los ojos. Había tantas cosas que deseaba decirle, tantas palabras que se agolpaban en mi garganta, pero ninguna parecía suficiente para expresar el miedo que sentía.
—No quiero perderte nunca.
Su expresión se suavizó. Me tomó el rostro entre las manos y me miró con una ternura que hizo que mis ojos volvieran a llenarse de lágrimas.
—No tienes por qué perderme, Ana.
Lo besé nuevamente, rodeando su cuello con mis brazos. Él respondió a mi beso y me estrechó contra su cuerpo, haciéndome sentir protegida.
—Eres mío —murmuré, casi con timidez—. Y yo soy tuya.
Edmund sonrió y apoyó un beso en mi frente.
—Y quiero que nunca dudes de lo que siento por ti.
Sus palabras me llenaron de una felicidad que también llevaba consigo un dolor silencioso. Porque, aunque deseaba creer que nada podría separarnos, sabía que existía una verdad capaz de cambiarlo todo.
Una verdad que yo todavía no tenía el valor de confesar.
Me abracé a él y escondí el rostro en su pecho, deseando que nuestro amor fuera lo bastante fuerte para sobrevivir incluso a los secretos que aún nos separaban de la verdad.
Desperté lentamente y, durante unos segundos, permanecí inmóvil, disfrutando de la tranquilidad de la mañana. Estaba sola en la habitación, desnuda bajo las sábanas, y la luz del sol se filtraba suavemente por las cortinas.
Me giré hacia el otro lado de la cama.
Edmund no estaba.
Sonreí al recordar la noche anterior. Después me incorporé un poco y acomodé la sábana sobre mi cuerpo.
Lo amaba. Lo amaba tanto que la sola idea de perderlo me aterrorizaba.
Durante mucho tiempo había permitido que los recuerdos de mi pasado me persiguieran, que la culpa me robara la tranquilidad y que el miedo me hiciera dudar de mi derecho a ser feliz. Pero ya no quería seguir viviendo de aquella manera.
Adrian pertenecía a mi pasado. Lo ocurrido entre nosotros era una parte de mi historia que no podía cambiar, pero tampoco permitiría que siguiera determinando mi futuro.
Edmund era el hombre que había elegido. Era con él con quien quería compartir mi vida, construir una familia y despertar cada mañana. Era a él a quien amaba.
Y eso era lo que importaba.
—Edmund es mi verdad —susurré para mí misma.
Respiré profundamente y cerré los ojos un instante.
No volvería a atormentarme por aquellos recuerdos. No permitiría que la culpa destruyera lo que estaba construyendo con el hombre que amaba. No podía cambiar el pasado, pero sí decidir qué lugar ocuparía en mi vida.
Y yo había decidido dejarlo atrás.
Nunca más permitiría que me robara la felicidad.
Me encontraba en una boutique, probándome distintos vestidos de novia. Frente a los espejos, observaba cada detalle, tratando de encontrar aquel que me hiciera sentir que realmente estaba a punto de comenzar una nueva etapa de mi vida.
—Anastacia.
Me giré al escuchar mi nombre.
Sara acababa de entrar. Llevaba una sonrisa radiante y se acercó a mí con entusiasmo.
—¡Por fin estás aquí! ¿Ya encontraste el vestido?
Sonreí.
—Todavía no. He visto varios, pero ninguno termina de convencerme.
—Entonces tendremos que seguir buscando hasta encontrar el indicado.
—Eso parece.
Sara se rio suavemente y, cuando estaba a punto de mostrarme otro vestido, noté que alguien entraba detrás de ella.
Adrian.
Mi sonrisa desapareció por un instante, aunque conseguí recuperar la serenidad casi de inmediato.
Lo miré con expresión seria, sin mostrar la inquietud que su presencia todavía podía provocarme. Él sostuvo mi mirada, observándome directamente a los ojos, pero no dijo nada.
Yo tampoco.
No pensaba permitir que su presencia alterara la decisión que había tomado aquella mañana. Adrian era parte de mi pasado y debía permanecer allí.
—Ana, ¿qué te parece? —preguntó Sara, ajena a la tensión silenciosa que acababa de instalarse entre nosotros—. Adrian y yo estaremos en la corte durante la ceremonia. ¿No te parece maravilloso?
Parpadeé, apartando la mirada de Adrian para concentrarme en ella.
—¿En la corte?
—¡Sí! —respondió emocionada—. Mi sueño siempre ha sido ver a mi hermanito casarse y que mi hermanito mayo me acompañe a la marcha nupcial. Desde que era pequeña imaginaba cómo sería ese día, y ahora que por fin va a ocurrir, no puedo estar más feliz.
Su entusiasmo me hizo sonreír de verdad.
—Me alegra que puedas compartir ese momento con él. Sé lo importante que es para ti.
Sara me tomó de las manos.
—Y para mí es importante que tú seas quien esté a su lado.
Sus palabras me conmovieron. Le apreté suavemente los dedos y, por un instante, olvidé la presencia de Adrian.
Entonces escuché una voz conocida detrás de mí.
—¡Ana!
Me giré y vi a Silvia acercándose con una sonrisa.
—¡Llegaste! —exclamé.
—Claro. No iba a perderme la oportunidad de verte elegir tu vestido de novia.
La abracé y después me aparté para presentarla.
—Silvia, ella es Sara, la hermana de Edmund. Sara, ella es mi mejor amiga.
—Mucho gusto —dijo Sara, extendiendo la mano.
Silvia se la estrechó con amabilidad, aunque advertí que su expresión cambiaba ligeramente al reconocerla. Miró a Sara durante unos segundos, como si algo le resultara extraño, pero enseguida recuperó la sonrisa.
—Igualmente.
Noté aquella breve reacción, pero decidí no prestarle atención. No quería que nada interrumpiera aquel día.
—Bueno —dijo Silvia, volviéndose hacia mí—, enséñame los vestidos que has visto.
—Ven. Necesito tu opinión.
La tomé del brazo y la conduje hacia los probadores, dejando a Sara y Adrian unos pasos atrás.
No volví la mirada hacia él.
Había tomado una decisión y pensaba mantenerla. Mi boda con Edmund era el comienzo de la vida que deseaba, y no permitiría que los fantasmas del pasado me arrebataran la ilusión de convertirme en su esposa.