Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 16
Dasha
Los nervios los tengo de punta y no es hasta que la puerta se cierra cuando Tristán se lleva a los niños que dejo salir las lágrimas que me estaban quemando la garganta.
—Joder... —espeto con un nudo en el centro del pecho.
—¿Me dirás qué es lo que ocurre, quién era esa mujer y qué quería?
La voz que emerge desde atrás me hace recomponerme de inmediato. Azrael está con las manos metidas en los bolsillos y su vista clavada en mí.
—Oh, lo siento, Azrael, juro que lo siento, es que...
No me acordaba de que él estaba aquí durante todo este rato.
—Y bien...
Dejo salir un suspiro mientras me acomodo el cabello y le hago una seña hacia el sofá donde se sienta, y yo a su lado. Sé que apenas lo conozco como para conversar sobre esto; sin embargo, siento confianza en él y sobre todo después de las cosas que hemos, de una u otra forma, compartido y las amabilidades que ha tenido.
—Es la abuela de los niños, la madre de Sienna —comienzo a decir—. Bueno, mejor dicho la que la parió, porque esa mujer jamás fue una madre y menos será una abuela... Sienna y yo nos criamos casi toda nuestra vida hasta los dieciocho años en un internado, ninguna de las dos teníamos a nadie. Ella porque su padre murió y su madre la mandó a un internado sin mirar atrás, solo pagó su estadía allí, pero jamás fue a verla, ni una llamada ni nada... Cuando Sienna salió embarazada era muy joven. La buscó cuando se enteró de su embarazo, pese a que yo le ofrecí toda mi ayuda; ella en el fondo quería saber que contaba con su madre —siento que el nudo que tengo en la garganta se vuelve más grande—. Ella lo único que hizo por Sienna fue ofrecerle dinero para que abortara y así se deshiciera de esa «vergüenza» —la rabia me burbujea cuando recuerdo cómo llegó Sienna a contarme eso—. Desde ese día supimos que no podíamos buscar ayuda en nadie más que en nosotras mismas. Fuimos las dos contra todo; sí teníamos dinero para vivir bien, pero nos faltaba ese calor de familia que la vida nos negó, pero que de una u otra forma increíblemente nos devolvió en los mellizos...
—Entonces, ¿por qué se empeña en aparecer justo ahora? —pregunta sin apartar su vista de mí.
—Por la herencia. Sienna construyó su propio legado a fuerza de trabajo y sudor propio —recuerdos de las noches en vela creando y trabajando mientras su barriga era enorme se reproducen en mi cabeza—. Al enterarse de su muerte, llegó a la funeraria y lo único que le importaba era qué sería del patrimonio de Sienna; ni siquiera sabía que eran dos niños los que tuvo... La eché y luego apareció en el despacho del abogado para la lectura del testamento. Sienna me dejó todo en su totalidad a mí, incluso a los niños; pidió que los adoptara legalmente, por ello es que ahora llevan mi apellido. Ante la ley soy su madre, y ella quiere deshacer eso... Pero sé que lo único que quiere es el dinero que les corresponde a los niños.
—Si es una mala mujer, entonces no debes preocuparte, Dasha, tienes todas las de ganar.
—No, no lo creo.
Me pongo de pie, agitada... El desespero de lo que pueda pasar me somete más que la realidad.
—Amenazó con que usará el estilo de vida que llevaba en mi contra, sé que lo hará. Y si es así, ningún juez dudará en que no es un buen lugar que estén conmigo, que...
—Eres adulta, trabajas, eres dueña de tu propio negocio, no estás sola y esos niños te adoran. ¿De qué coño es lo que dudas y temes, Dasha? —pregunta poniéndose de pie también.
—Es que todo está pasando muy rápido y... —me giro hacia él—. Moriría si también los pierdo a ellos.
Confieso. Sí, tuve miedo cuando supe de la responsabilidad que me dejaron; tengo miedo aún; sin embargo, sé que jamás los dejaría, no después de que mis brazos los busquen durante la noche y que en ocasiones despierte para ver si están conmigo, si son reales, si ellos sí son míos ahora; incluso en un par de noches me la he pasado viendo sus actas nuevas de nacimiento y...
La respiración se me agita cuando siento sus manos sujetar mi cara; sus ojos se clavan en los míos.
—Te haré una sola pregunta, Dasha, y me responderás con toda tu sinceridad, ¿de acuerdo? —pregunta a la vez que sus pulgares me limpian las lágrimas.
—Más de lo que puedes creer —asiento—. Es raro, sí, pero hay algo que me dice que eres de fiar, Azrael, y el que estés acá lo demuestra...
—Entonces no puedes tener miedo de eso, Dasha. Si quieres a esos niños tanto como dices y muestras, entonces los tendrás a tu lado —suelta seguro—. Ve y pelea con quienes debas por ellos, que cada vez que voltees yo... yo estaré cuidando tu espalda, Dasha Lincor.
Siento que todo se me mueve cuando sus ojos se posan sobre mis labios. Es tonto, es absurdo; sin embargo, quiero que haga algo para apaciguar esto que parece encenderse en mí.
—¿Por qué haces todo esto, Azrael? —pregunto con voz entrecortada mientras poso mis manos sobre su pecho.
Sus ojos siguen en mis labios mientras sus pulgares se mueven sobre mis húmedas mejillas.
—Me gustas —suelta dejándome en shock—. Me gustas desde el primer día en que te vi, Dasha Lincor —sus ojos se clavan en los míos y puedo ver mi propio reflejo en ellos por lo cerca que estamos.
Todo parece detenerse cuando sus manos se van a mi nuca y me acerca hasta que pega sus labios en los míos. No hay prisa; comienza a acariciar mis comisuras con calma mientras una de sus manos viaja hasta mi espalda y me pega más a él. Siento el pulso de ambos acelerado, y no es hasta que introduce su lengua en mi boca que siento que flaqueo.
La caricia de su lengua en la mía desata un deseo, un deseo que no había sentido antes.
Abro la boca dándole más acceso al interior de la mía y este no pierde oportunidad en avivar más el beso que me da; y es que es tan distinto a cualquier otro beso que me hayan dado antes, está cargado de un fuego que quema y que arde como nunca antes lo había sentido. Sus manos se cierran en mi cintura y me presiona más contra su cuerpo.
—Eres hermosa, Dasha —dice entre jadeos cuando suelta mi boca y va por la curvatura de mi cuello—. Hueles a gloria.
Hunde su nariz en el surco de mi cuello y allí, donde la piel es más sensible, deja un beso que envía una descarga eléctrica a todo mi cuerpo, concentrándose en un solo punto.
—A partir de hoy nadie más podrá besarte, Dasha Lincor —suelta mientras sigue besándome el cuello—. A partir de ahora nadie jamás podrá tocarte. ¿Te quedó claro? —pregunta mientras mordisquea el lóbulo de mi oreja.
No articulo palabra, solo asiento por la sensación tan diferente que me provoca.
—Quiero oírlo...
Jadea pegándome más a él.
Justo cuando estoy por responder, el timbre suena, lo que me hace separarme como si un resorte me impulsara. La respiración la tengo a mil; el calor de mis mejillas es sofocante. Me giro hacia Azrael, quien parece de lo más tranquilo, solo que con los ojos más brillantes y oscurecidos.
—Debo... debo abrir...
Medio me acomodo el cabello, me limpio la cara y me dirijo a la puerta, donde me consigo a Parker.
—Buenas tardes, señorita Dasha —me saluda con respeto.
—Bienvenido, señor —lo hago pasar.
—Su amigo me ha informado de lo que está pasando, déjeme ver lo que esa señora ha traído —me dice, y me apresuro a buscar lo que me dejó.
Se lo entrego y este me pide permiso, el cual le concedo, para sentarse en el sillón.
Me voy al lado de Azrael, quien me ve como un lobo hambriento mira a su presa.
—Es una demanda por guarda y custodia —dice—. Según esto, ella alega que usted no tiene derecho sobre los niños por no tener parentesco sanguíneo, por lo cual quiere hacer que sus derechos como familiar directo pesen más. Tiene una cita en el juzgado de la ciudad el próximo lunes...
—¿Cuánta posibilidad cree que tenga? —pregunto con miedo.
—No se centre en eso, señorita Dasha; mejor preocúpese y esfuércese por demostrar que es usted lo único que esos niños necesitan —dice con seriedad y calma a la vez—. Usted confíe en mí como confió Sienna en usted al dejarle a sus niños.
—Muchas, pero muchas gracias —digo cuando siento que lo que me ha dicho él y lo que ha dicho Azrael hace un momento será la ayuda que necesito.
—No hay nada que agradecer.
Sus ojos pasan del retrato de Sienna hacia la persona que está a mi lado.
—Oh, lo siento, él es...
—Azrael Smirnova, amigo cercano y socio de Dasha —habla Azrael tendiendo su mano hacia el abogado, quien la estrecha con una sonrisa.
—Mucho gusto, señor.
—Igualmente.
—Me iré y empezaré a trabajar de inmediato en esto; cualquier cosa que adelante, será la primera en saberlo, ¿de acuerdo? —pregunta, y asiento.
Sin más, guarda el papel que le he dado y se despide de nosotros. Lo acompaño hacia la puerta y vuelvo con Azrael cuando se va.
—Era el abogado de Sienna —digo—. Fue quien se encargó de todo el asunto legal con los niños y conmigo.
—Hablaré con mis abogados, veré qué se puede resolver —habla con seriedad.
—Gracias, muchísimas gracias, Azrael...
El móvil le suena y le doy espacio para que atienda. Su expresión se transforma; sin embargo, se recompone rápido. Lo escucho hablar en ruso algo enojado y, cuando termina la llamada, se despide de mí diciendo que ha ocurrido algo y debe atenderlo personalmente.
—Espero que todo te vaya bien, Azrael —le digo cuando lo acompaño a la puerta.
—Y yo espero que me respondas la pregunta que te hice, Dasha —suelta con seriedad.
Tardo unos segundos en reaccionar, ya que me toma por sorpresa sujetando mi cadera y plantándome un beso que literalmente me vuelve las piernas de gelatina y me pone el pulso a mil.
Me besa diferente a hace un momento; ahora es rudo, ansioso y jodidamente perturbador.
Me suelta y, antes de que pueda decir algo, deja un casto beso en mi frente y se marcha. Me quedo allí anonadada, mirándolo subirse a la camioneta y ponerla en marcha fuera de mi propiedad.