En los pasillos del Instituto Amanecer, Alexandra es una estudiante dulce, amable con todos y que prefiere la tranquilidad de un buen libro y pasar desapercibida. Por su parte, Santiago es el carismático capitán del equipo de natación, el chico popular de hombros anchos y sonrisa fácil que siempre está rodeado de ruido y amigos. En la vida real, apenas cruzan miradas y sus mundos parecen completamente opuestos.
Pero al caer la noche, todo cambia.
Cuando las pantallas se encienden y se sumergen en el vasto universo de fantasía de su MMORPG favorito, se transforman por completo: ella es Lady Sol, una guerrera feroz, terca e implacable que defiende el frente de batalla con armadura brillante; y él es Sombra22, un mercenario cínico, astuto y bromista que prefiere las sombras y disfruta al máximo sacarla de quicio. Sin saberlo, son el dúo más explosivo y divertido del servidor, compartiendo horas de risas, peleas virtuales y una química innegable a través del chat de voz.
Mientras la ten
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Capítulo 1: Mañanas caóticas y desayunos a las corridas
—Hola, soy Alexandra, tengo 17 años y soy estudiante del Instituto Amanecer. Estoy cursando mi último año y la verdad es que estoy muy feliz.
Me paré de mi cama bostezando y miré hacia el rincón. Ahí seguía Vanessa, roncando pacíficamente, envuelta en las sábanas como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos. Comparto la habitación con ella y con otras tres compañeras más en el dormitorio estudiantil, así que las mañanas siempre son una pequeña batalla campal por el baño.
Me estiré, tomé mi ropa limpia y me fui directo a la ducha. El agua tibia me terminó de despertar por completo. Cuando salí, me recosté un segundo contra el marco de la puerta para mirarme en el espejo del baño.
No soy la chica más bonita ni la más inteligente de la clase, pensé mientras me acomodaba el cabello, pero no importa. Me siento bien conmigo misma. Mido 1:60, soy un poquito rellenita y tengo el cabello negro hasta los hombros. No necesito encajar en ningún molde perfecto para ser feliz.
Salí del baño y vi que Vanessa seguía exactamente en la misma posición.
—¡Vane, despierta ya! —le dije moviéndole el hombro con suavidad—. Tenemos que irnos, vamos tarde a clase.
Desde abajo de la almohada, su voz salió apagada y perezosa:
—Ya voy... déjame cinco minutitos más, Ale. Te juro que cinco minutos y me levanto.
—Eso mismo dijiste hace media hora, Vanessa. ¡Arriba! —insistí, cruzándome de brazos.
—No quiero... El colchón me ama, Ale, no me quiere dejar ir.
Rodé los ojos, conteniendo una risa. Como seguía sin dar señales de moverse, y sabía perfectamente que las palabras lindas no iban a funcionar, opté por el método infalible: tomé una almohada vacía de la litera de al lado y se la lancé directo a la cabeza.
—¡Oye! —gritó sentándose de un salto, con el pelo revuelto y los ojos bien abiertos.
—Te lo advertí. Si no te paras ahora mismo, te dejo sin desayuno, y ya sabes que eso es imperdonable.
Vanessa se frotó los ojos y miró el despertador de la mesa de noche con horror.
—¿Qué hora es? ¡Dime que no es tarde!
—Son las siete en punto. Entramos a las ocho y media, pero recuerda que el tráfico del transporte escolar es un caos.
En cuanto procesó el número, vi cómo el alma le volvía al cuerpo y salió corriendo literalmente disparada hacia el baño mientras me gritaba desde la puerta:
—¡¿Por qué no me despertaste antes?! ¡Pásame la toalla, por favor, te amo, eres la mejor amiga del mundo mundial!
Me quedé negando con la cabeza y soltando una carcajada. Vanessa es mi mejor amiga desde primer año, y eso es algo que nadie va a cambiar jamás, por más mañanas caóticas como esta que nos toque vivir. Revisé que tuviera todo en la mochila y me senté un segundo en la cama a esperarla, lista para arrancar otro día más en el instituto, la puerta del baño se abrió de golpe y apareció Vanessa ya arreglada pero con los cordones desatados.
—¡Y apareció Vanessa! —exclamó ella con dramatismo mientras se ponía la chaqueta a los tropezones—. Espero que nos dé tiempo de desayunar. Eso espero... compremos algo en el camino.
Asentí con una sonrisa, sabiendo que nos tocaría correr hasta la entrada, dándole fin así a nuestras mañanas habituales antes de que el mundo real —y el virtual— comenzaran a girar de otra manera.