Rhyne es un guía omega de fuego, Rango F, descartado por el Imperio Aethelgard que teme su llama. Zarek Thorne es el centinela de hielo más poderoso —y más condenado— de su generación. Cuando un frenesí los enfrenta, el Sistema NEXUS-7 sella entre ellos una resonancia del 100%. Un lazo imposible. Un mariscal que nunca se arrodilla. Un guía que el mundo quiso apagar. Y una llama que, una vez encendida, no pide permiso para arder.
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EPISODIO 21: EL REFLEJO DORADO
EL REFLEJO DORADO
El estallido de la cápsula no fue una explosión de fuego, sino de feromonas.
Una onda de aire dulce, empalagoso y abrasador inundó el sótano. Olía a azúcar quemado, a leche agria y a un dolor tan puro y primitivo que hizo que los instintos de Zarek se dispararan como una alarma de incendio.
—¡Rhyne, detrás de mí! —rugió el Mariscal.
Zarek se giró, envolviendo a Rhyne completamente con su cuerpo y su capa. Sus brazos rodearon el vientre del omega, protegiendo al cachorro que aún no había nacido, mientras sus feromonas a hielo y tormenta eléctrica chocaban violentamente contra el aire viciado del sótano.
En el centro de la habitación, rodeado de cristales rotos, estaba el niño.
El Sujeto 03 estaba de rodillas, arañándose el pecho y el cuello con sus propias manos. Su piel estaba enrojecida, brillando con un calor febril. No estaba atacando. Estaba sufriendo.
-【SISTEMA NEXUS-7 - ALERTA BIOLÓGICA】
-【SUJETO 03: CELO PRECOZ DETECTADO】
-【EDAD BIOLÓGICA: 5 AÑOS】
-【NIVEL DE FIEBRE: CRÍTICO. RIESGO DE COMBUSTIÓN ESPONTÁNEA】
—¡Maldición! —gruñó Zarek, sus ojos grises oscureciéndose por la furia Alfa.
No era furia contra el niño. Era una furia biológica. Su pareja estaba embarazada, vulnerable, en la fase post-celo, y las feromonas de otro omega en celo estaban invadiendo su territorio, alterando el ritmo cardíaco de Rhyne. El instinto de Zarek le gritaba que eliminara la fuente del olor, que congelara al intruso, que marcara a su pareja una y otra vez para ahogar ese aroma ajeno.
—Zarek, no... —jadeó Rhyne, sintiendo cómo el cuerpo de su Alfa se tensaba como un arco a punto de romperse. Rhyne posó sus manos sobre los brazos de Zarek—. No lo congeles. Se va a morir.
—¡Está emitiendo feromonas de celo! —siseó Zarek, apretando los dientes, sus colmillos asomando ligeramente—. ¡Está alterando tu pulso! ¡Rhyne, tu presión está bajando!
—¡Porque me duele verlo! —gritó Rhyne, zafándose del abrazo protector.
Zarek soltó un gruñido gutural, intentando atraparlo de nuevo, pero Rhyne dio un paso al frente.
El niño levantó la vista. Sus ojos dorados estaban inyectados en lágrimas, brillando con una fiebre que le estaba consumiendo las células. Miró a Rhyne, y su pequeño rostro se contorsionó en una mueca de agonía.
—Hermano... —sollozó el niño, su voz pequeña y quebrada—. Me quemo... por favor... mátame...
El corazón de Rhyne se partió en mil pedazos.
Conocía ese dolor. Lo había sentido en los laboratorios del Proyecto Fénix, cuando su propio cuerpo comenzaba a desarrollar el fuego dorado y los científicos lo dejaban arder para "probar su resistencia". Pero este niño no tenía el lazo invertido. No tenía a un Zarek que lo anclara. Estaba solo, y su cuerpo se estaba devorando a sí mismo.
—Cassian, enfría la habitación —ordenó Rhyne, sin dejar de mirar al niño—. Zarek, baja tus feromonas Alfa. Lo estás asustando.
—¡Rhyne, es un omega en celo! —protestó Zarek, su voz cargada de una posesividad celosa y desesperada—. ¡No puedes acercarte a él! ¡Su biología te está afectando!
—¡No es un rival, Zarek! —gritó Rhyne, girándose hacia su pareja. Sus ojos marrones brillaban con una autoridad absoluta, un eco de la Mordida Inversa que hizo que Zarek se congelara al instante—. ¡Es mi sangre! ¡Es mi ADN! ¡Es mi hermano!
El silencio en el sótano fue absoluto, roto solo por los sollozos del niño.
Zarek tragó saliva. La lógica luchaba contra su instinto Alfa, pero el amor por Rhyne ganó. Lentamente, el Mariscal bajó la guardia. Sus feromonas a hielo se suavizaron, volviéndose una brisa fresca y reconfortante en lugar de un muro defensivo.
—Hazlo rápido —susurró Zarek, sus ojos fijos en el niño con una advertencia mortal—. Si te hace un solo rasguño, lo incinero.
Rhyne asintió y caminó hacia el niño.
Se arrodilló frente a él, ignorando el calor abrasador que emanaba de su pequeña piel. Rhyne no tenía fuego dorado para purificarlo, ni tenía poderes de guía para calmar su mente. Solo tenía su humanidad. Solo tenía su olor.
Rhyne inhaló profundamente y dejó que su propia esencia saliera a la superficie. Su aroma a ceniza, sal, leche y miel. El olor de un nido seguro. El olor de un omega que había sobrevivido al infierno había encontrado la paz.
—Hey... —susurró Rhyne, extendiendo sus manos lentamente—. Estoy aquí. No estás solo.
El niño dejó de arañarse. Sus ojos dorados, llenos de pánico, se clavaron en los marrones de Rhyne.
—Huele... —jadeó el niño, inhalando temblorosamente—. Huele a casa.
—Lo sé, pequeño. Lo sé —dijo Rhyne, con las lágrimas cayendo por sus mejillas.
Rhyne lo abrazó.
En el momento en que sus pieles se tocaron, el niño soltó un grito ahogado y se aferró a la camisa de Rhyne como si fuera su único ancla en un mar de fuego. Rhyne sintió el calor traspasar su ropa, quemándole la piel, pero no se movió. Acarició el cabello blanco y suave del niño, murmurando palabras sin sentido, cantando una nana que Zarek le había tarareado en la cabaña.
Poco a poco, el fuego dorado en la piel del niño comenzó a apagarse. Sus sollozos se transformaron en suspiros. Sus ojos dorados se cerraron, y el color de sus pestañas se suavizó.
Zarek y Cassian observaban en silencio.
El Mariscal dio un paso adelante. Ya no con el rifle en alto, sino con su capa pesada de piel de lobo en las manos. Con una delicadeza que contrastaba con su tamaño, Zarek cubrió los hombros de Rhyne y del niño, envolviéndolos en su aroma a cedro y protección.
—Se está quedando dormido —susurró Zarek, su voz ronca, llena de una emoción que no podía nombrar.
—Su cuerpo colapsó por el agotamiento —dijo Cassian, acercándose y revisando el pulso del niño con su mano sana—. Pero está estable. El calor de Rhyne lo ancló.
Rhyne levantó la vista hacia Zarek, agotado, con el niño dormido y pesado en sus brazos.
—No podemos dejarlo aquí, Zarek. Los Puristas volverán.
Zarek miró al niño. Vio el rostro que era un reflejo perfecto de Rhyne a esa edad. Vio las cicatrices de las agujas en sus pequeños brazos. Y luego miró a Rhyne, a su pareja embarazada, sosteniendo a este cachorro roto con la misma ferocidad con la que sostenía a su propio vientre.
El instinto posesivo de Zarek cambió. Ya no veía a un intruso. Veía a un cachorro de su manada.
—Se viene con nosotros —decidió Zarek, su voz dejando de lado cualquier rastro de celos, reemplazándolo por una autoridad absoluta—. Pero dormirá en la habitación de invitados.
Rhyne soltó una risa cansada, apoyando la frente en el pecho de Zarek.
—¿Celoso de un niño de cinco años, Mariscal?
—Es un omega —respondió Zarek, besando la sien de Rhyne, mientras sus brazos rodeaban a ambos—. Y tú estás embarazado. Mi instinto no hace distinciones de edad. Pero... —Zarek miró al niño con una suavidad extraña—...es tu sangre. Así que lo protegeré. Como te protejo a ti.
Cassian, que estaba revisando los restos de la cápsula, se tensó de repente.
—Oigan... —dijo Cassian, su voz perdiendo todo rastro de humor—. Creo que hay un problema.
Rhyne y Zarek lo miraron. Cassian sostenía una tableta de datos que había sobrevivido a la explosión. La pantalla parpadeaba con los planos del Sujeto 03.
—Los Puristas no solo clonaron el ADN de Rhyne —explicó Cassian, palideciendo—. Para que el clon fuera viable, necesitaron un núcleo de energía.
Cassian giró la tableta para que ellos la vieran. En el centro del pecho del niño, bajo la piel, había un pequeño dispositivo orgánico brillando con una luz azul.
—Le implantaron un fragmento del Nexus Prime —susurró Cassian—. El niño no es solo un clon. Es una bomba biológica. Y su celo precoz... fue activado a propósito.
Zarek apretó los dientes, mirando al niño dormido en los brazos de Rhyne.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Zarek.
—Antes de que su cuerpo rechace el núcleo y explote, llevándose esta ciudad entera con él... —Cassian tragó saliva—. Tres días.
Rhyne miró al niño, sintiendo el pequeño corazón latir contra su propio pecho. Un corazón que latía al mismo ritmo que el cachorro que él llevaba en su vientre.
—Entonces —dijo Rhyne, con los ojos brillando con una determinación feroz—, tendremos que enseñarle a controlar su fuego en tres días.