Sinopsis
Atrapada durante una década en un matrimonio marcado por el maltrato psicológico y el control asfixiante de su esposo Esteban, Sofía ha visto cómo su brillante formación y su autoestima se consumían en el silencio. Su vida da un vuelco inesperado cuando un viaje de trabajo la reencuentra con Mateo, un amigo de la infancia convertido en un poderoso líder corporativo que jamás olvidó la promesa de protegerla.
Con el apoyo inquebrantable de Mateo y la firmeza de la justicia, Sofía logra romper sus cadenas, enfrentar a su agresor en los tribunales y transformar su dolor en un faro de esperanza al fundar un centro de apoyo para mujeres víctimas de violencia. Entre batallas legales, la reconstrucción de su propia identidad y un amor maduro que desafía las sombras del pasado, Sofía redescubre su libertad y aprende que ningún infierno es eterno cuando se decide volver a empezar bajo el mismo cielo.
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Capítulo 5: Coincidencias del destino
El trayecto en autobús de regreso a Ciudad M se me hizo eterno, una agonía lenta donde cada sacudida del vehículo parecía golpear directamente contra mi estómago. Las palabras que había soltado en el callejón resonaban en mi cabeza como un eco incesante: ¡Estoy atrapada! Me aterraba haber cruzado la línea, haberle soltado la verdad a Mateo de una manera tan cruda. Él era poderoso, sí, pero Esteban no conocía la piedad cuando se trataba de saciar sus celos enfermizos.
Al bajar del autobús, caminé las últimas cuadras bajo la luz tenue de las farolas parpadeantes, intentando ordenar mi cabello y secar los rastros de las lágrimas antes de abrir la puerta de casa. Cuando giré la manija e ingresé a la sala, un silencio espeso, casi sepulcral, me recibió. El televisor estaba apagado y una sola lámpara proyectaba una luz amarillenta sobre el sillón.
—Vaya, qué horas de llegar, Sofía —la voz de Esteban resonó desde la cocina, cortante y fría como el filo de un cuchillo—. ¿Acaso la empresa de tu amiguito el director te exige horas extras obligatorias o te entretuviste buscando la atención de alguien más?
Sentí que el aire se me congelaba en los pulmones. Me quité el abrigo con manos temblorosas y lo dejé sobre el respaldo de una silla antes de acercarme al marco de la cocina, donde él me esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa torcida que no alcanzaba sus ojos oscuros.
—Había una carga inmensa de trabajo retrasado por la auditoría del nuevo director, Esteban. Tuve que quedarme revisando balances hasta tarde —repliqué con voz monótona, cuidando cada sílaba para no encender la chispa.
Esteban dio dos pasos hacia mí, invadiendo mi espacio vital con esa presencia pesada que lograba encoger mi alma. Extendió una mano y me agarró bruscamente por la barbilla, obligándome a levantar la vista para sostenerle la mirada. Sus dedos apretaron con la fuerza exacta para dejarme un dolor punzante en la piel.
—Más te vale que sea verdad, Sofía —siseó cerca de mi rostro, su aliento mezclado con olor a tabaco—. Porque tengo ojos en todas partes. Sé que el nuevo CEO es un tipo joven, elegante y con demasiadas mañas de magnate. Como se me ocurra pensar que te mira más de la cuenta, o que tú le devuelves la sonrisa... te aseguro que ni él ni tu familia van a poder salvarte de lo que soy capaz de hacerte.
—No hay nada, te lo juro... duele, Esteban, suéltame —balbuceé con la voz quebrada, sintiendo las lágrimas calientes resbalar por mis mejillas.
Él me soltó de un empujón seco que me hizo tambalear hasta chocar contra la pared del pasillo.
—Vete a la cocina y sirve la cena. Y limpia esa cara de mártir antes de que se me acabe la poca paciencia que me queda.
Pasé el resto de la noche en vela, con el cuerpo adolorido y la mente dando vueltas en el vacío. Al día siguiente, a pesar de las pocas horas de descanso y el terror instalado en mi pecho, tuve que levantarme y cumplir con la rutina. No podía faltar; faltar al trabajo significaría despertar sospechas incontrolables en Esteban.
Cuando llegué a la torre corporativa, el ambiente en el piso dieciocho parecía aún más tenso que el día anterior. Los pasillos bullían con murmullos sobre la rigurosidad de las nuevas políticas financieras. Me senté en mi cubículo, encendí el monitor y traté de sumergirme en las hojas de cálculo para borrar la imagen de la noche anterior.
—Sofía, el director te solicita en su despacho principal. Ahora mismo —la voz de la jefa de recursos humanos interrumpió mi concentración, haciéndome dar un salto en la silla.
—¿A mí? ¿Estás segura de que me busca a mí? —pregunté, sintiendo que el corazón me estallaba contra las costillas.
—Es una orden directa. No me hagas repetirlo —contestó con sequedad antes de darse la vuelta y alejarse por el pasillo.
Mis piernas caminaron casi por inercia hacia el ascensor que conducía al piso veinticinco, el santuario privado de la dirección general. Al abrirse las puertas, me encontré en un recibimiento minimalista, dominado por tonos grises y ventanales enormes que mostraban la inmensidad de la ciudad bajo un cielo nublado. La secretaria privada de Mateo me indicó con un gesto sobrio que pasara de inmediato.
Empujué la puerta de caoba maciza y entré en el despacho. Mateo estaba de pie frente al ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la espalda recta. Cuando escuchó el cerrojo cerrarse a mis espaldas, giró lentamente sobre sus zapatos.
Su mirada recorrió mi rostro con una minuciosidad quirúrgica, deteniéndose un segundo más de la cuenta en el pómulo izquierdo, donde la sombra del golpe de la noche anterior apenas lograba ser disimulada por una ligera capa de maquillaje. Sus ojos se oscurecieron de inmediato, adquiriendo un brillo peligroso, como el de una tormenta a punto de desatarse.
—Cerraste la puerta con seguro al llegar a casa anoche, ¿verdad? —preguntó Mateo con voz baja, cruzando el despacho en tres zancadas hasta quedar a pocos centímetros de mí—. Y aun así, no fue suficiente para evitar que ese cobarde te pusiera las manos encima. ¿Me equivoqué, Sofía?
Me quedé helada, sin saber qué decir, atrapada entre el miedo a confesar la verdad y la certeza aplastante de que ante sus ojos ya no quedaba nada por ocultar.