Aurelia Rose Everhart lo tenía todo: sangre imperial, belleza y un futuro prometedor. Sin embargo, detrás de las paredes del palacio se escondían conspiraciones, traiciones y personas que deseaban verla desaparecer.
A los diecinueve años, Aurelia es acusada de traición y condenada a muerte. Pero cuando abre los ojos después de morir, descubre que ha regresado al pasado, al momento en que tenía apenas ocho años.
Con todos los recuerdos de su primera vida intactos, Aurelia decide que esta vez no será una princesa manipulada por los demás.
Esta vez cambiará su destino.
Aprenderá magia, construirá alianzas, descubrirá los secretos de su familia y se enfrentará a aquellos que algún día la traicionarán.
Porque Aurelia ya no quiere simplemente sobrevivir.
Quiere convertirse en la mujer que gobierne el Imperio de Elarion.
Pero cambiar el destino tiene un precio...
Y quizá, entre conspiraciones, magia y una peligrosa historia de amor, Aurelia descubra que su primera vida escondía secretos mucho
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Capítulo 23 — El regreso a la capital
El viaje de regreso comenzó al amanecer.
Aurelia sabía que la carta podía ser una trampa, pero no podía ignorarla. Si Celestia realmente estaba en peligro, cada minuto era importante.
—¿Estás segura de que debemos regresar directamente al palacio? —preguntó Adrian.
—Sí.
—¿Incluso sabiendo que Seraphine podría estar esperándonos?
Aurelia miró por la ventana del carruaje.
—Precisamente por eso.
Kael estaba sentado frente a ella.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si Celestia fue quien provocó tu regreso, ¿por qué Seraphine sigue teniéndola?
Aurelia bajó la mirada.
—Porque quizá Celestia no pudo escapar completamente.
Elias, sentado junto a ellos, intervino.
—También existe otra posibilidad.
Aurelia lo miró.
—¿Cuál?
—Que Celestia haya permitido que la capturaran.
Adrian frunció el ceño.
—¿Para qué haría eso?
Elias observó el camino.
—Para conseguir información.
Aurelia comprendió inmediatamente.
—Celestia podría estar infiltrada dentro de la Orden.
Kael sonrió.
—Entonces tu hermana es más valiente de lo que pensaba.
—Siempre lo fue.
Aurelia recordó a la niña que había conocido en su primera vida.
Celestia siempre había sido amable.
Siempre había intentado ayudarla.
Y ahora descubría que, incluso en secreto, había luchado para darle una segunda oportunidad.
Cuando llegaron a la capital, algo estaba mal.
No había comerciantes.
Las calles estaban prácticamente vacías.
Los soldados vigilaban cada esquina.
Aurelia bajó del carruaje.
—¿Qué ocurrió aquí?
Un capitán se acercó.
—Princesa Aurelia.
—¿Dónde está mi padre?
El capitán bajó la mirada.
—En el palacio.
—¿Está a salvo?
—No lo sabemos.
Aurelia sintió un escalofrío.
—Explícate.
—Hace dos días, el emperador desapareció de sus aposentos.
Adrian palideció.
—¿Desapareció?
—Sí.
Aurelia miró a Elias.
—Seraphine.
El anciano negó.
—Probablemente.
Aurelia apretó los puños.
—Entonces tenemos que entrar.
El capitán intentó detenerla.
—Su Alteza, el palacio está bajo control de la Orden.
Aurelia levantó la mirada.
—Entonces recuperaremos el palacio.
Entraron por un túnel secreto que Aurelia conocía desde su primera vida.
El pasadizo conducía directamente a la antigua biblioteca.
Cuando llegaron, encontraron cientos de documentos esparcidos por el suelo.
Adrian tomó uno.
—Estos son registros de sucesión.
Aurelia se acercó.
En la primera página aparecía el nombre de su padre.
Debajo había una segunda línea.
«La sucesión será legítima únicamente si la sangre de Elara permanece en el trono.»
Aurelia respiró profundamente.
—Seraphine nunca fue emperatriz legítima.
Elias asintió.
—No.
—Entonces, si reclamo el trono...
—Tendrías derecho a hacerlo.
Aurelia cerró el documento.
—Todavía no.
Adrian la miró.
—¿Por qué?
—Porque primero quiero encontrar a mi padre y a Celestia.
Kael sonrió.
—Eso pensé.
Un ruido llegó desde el pasillo.
Los cuatro se ocultaron.
Dos miembros de la Orden entraron.
—La princesa todavía no ha regresado.
—Regresará.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque Seraphine la necesita.
Los soldados se marcharon.
Aurelia salió de su escondite.
—Ahora sabemos algo.
Adrian preguntó:
—¿Qué?
—Seraphine no quiere matarme.
Kael entendió.
—Quiere utilizarte para abrir el Trono Celestial.
—Sí.
Elias añadió:
—Y mientras ella crea que puede utilizarte, tendremos una ventaja.
Aurelia sonrió.
—Entonces hagamos que crea exactamente lo que queremos.
Llegaron a los antiguos aposentos de Celestia.
La puerta estaba cerrada.
Aurelia colocó la mano sobre el pomo.
Una pequeña luz apareció.
La puerta se abrió.
Dentro encontraron un escritorio.
Sobre él había una carta.
Aurelia la abrió.
Reconoció inmediatamente la letra de su hermana.
«Aurelia, si estás leyendo esto, significa que regresaste.»
Aurelia dejó de respirar por un instante.
Continuó.
«No puedo explicarte todo todavía. Hay alguien dentro de la familia que trabaja para Seraphine.»
Adrian miró a Aurelia.
—¿Quién?
Aurelia siguió leyendo.
«No confíes en nadie que lleve la marca de la estrella partida.»
Kael observó la carta.
—¿Qué significa eso?
Antes de que Aurelia pudiera responder, una voz surgió detrás de ellos.
—Significa que ya encontraron la carta.
Todos se giraron.
Un hombre estaba en la puerta.
Era uno de los caballeros que había acompañado a Aurelia durante años.
Aurelia lo reconoció.
—Sir Darius.
El caballero sonrió.
Una marca apareció lentamente sobre su cuello.
Una estrella partida.
Aurelia dio un paso atrás.
—Tú...
Darius desenvainó su espada.
—Perdóname, princesa.
Kael se colocó delante de Aurelia.
—Ni lo sueñes.
Darius atacó.
Kael bloqueó el golpe.
Adrian utilizó una barrera.
Aurelia lanzó una ráfaga de estrellas.
Darius consiguió esquivarla.
—No podrán detenerme.
—No necesito detenerte —respondió Aurelia.
Darius se quedó confundido.
Aurelia señaló la ventana.
Los guardianes imperiales ya estaban allí.
Había previsto que alguien intentaría traicionarlos.
Darius miró alrededor.
—¿Cuándo...?
Aurelia sonrió.
—Desde que encontré la carta.
Los soldados lo rodearon.
Darius fue desarmado.
Pero antes de que pudieran interrogarlo, una sombra atravesó la habitación.
Darius desapareció.
Aurelia corrió hacia la ventana.
—¡Raven!
Una risa resonó en la distancia.
—Nos veremos pronto, futura emperatriz.
Esa misma noche, Aurelia recibió un mensaje.
Esta vez no era de Seraphine.
Era de Celestia.
Solo contenía una dirección.
El antiguo observatorio imperial.
Aurelia comprendió.
Su hermana estaba viva.
Y quería verla.
Pero cuando llegó al observatorio, encontró algo inesperado.
Celestia estaba allí.
Libre.
Y junto a ella estaba el emperador.
Aurelia corrió hacia ellos.
—¡Papá!
El emperador la abrazó.
—Aurelia...
Celestia sonrió.
—Llegaste.
Aurelia miró a ambos.
—Tenemos mucho que hablar.
Celestia asintió.
—Sí.
Entonces su expresión cambió.
—Porque descubrí quién está detrás de Seraphine.
Aurelia se quedó inmóvil.
—¿Quién?
Celestia miró hacia la puerta.
—Alguien que conoces desde que eras una niña.
Las luces del observatorio se apagaron.
Y una voz conocida habló desde la oscuridad:
—Finalmente, todos están reunidos.