Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 16. LA SENTENCIA DE LA DEIDAD.
—Acércate sin miedo, Kira de la manada central —la voz profunda y ronca de la Bruja Madre resonó en la inmensidad de la gran sala con una fuerza que me caló hondo en el pecho, libre de preámbulos formales o discursos vacíos—. Traes el alma cansada de tanto forzar un lazo vacío en mitad de las fronteras orientales, buscando un afecto que simplemente no podía nacer en vuestros adentros.
Di un paso trémulo hacia el frente, permitiendo que la anciana tomara mis manos entre sus dedos delgados y fríos. En ese preciso momento, una intensa y abrasadora vibración recorrió la totalidad de mis canales energéticos. La Bruja Madre cerró los ojos, liberando una ráfaga de poder ancestral que le permitió entrar de forma directa en mi mente, barriendo las memorias de mis cinco meses con Jared y los secretos ocultos de mi linaje de sangre. Al abrir los ojos, una agónica incredulidad y una seria preocupación se dibujaron en sus facciones duras, obligando a mi padre Alexei y a mi tío a sostener el aliento a pocos metros de distancia.
—El rechazo indoloro de tu lazo con el Alfa del Este no responde a un defecto de tu loba, Vesta, ni a una falta de sentimientos en tu corazón —reveló la gran bruja, mirándome con una ternura infinita que de inmediato me devolvió el sosiego—. Pesa sobre ti una extraña y gélida herencia ancestral que ha camuflado tu porvenir. Tu tatarabuela era una loba de carácter indómito que renegaba por completo de las leyes de la sangre; ella no quería tener pareja y buscó a una bruja muy poderosa de mi propio linaje para que le creara un conjuro oscuro que la hiciera invisible ante su mate para siempre, permitiéndole vivir bajo sus propias reglas.
Mi madre y mi tía se acercaron de inmediato a mi flanco, asimilando la envergadura del secreto generacional con los rostros pálidos por el asombro.
—La Diosa Luna, furiosa ante el desprecio de un regalo tan preciado como es el lazo de los compañeros del destino, provocó que aquella loba rebelde encontrara a su mate de todas formas —continuó la Bruja Madre, modulando su respiración para transmitir la templanza de su informe—. En mitad de su enfado, la deidad castigó a los herederos de su tercera generación, condenando a todos los miembros jóvenes de tu familia a tener que sufrir de forma agónica para poder conseguir a sus verdaderas parejas destinadas. Por eso tus primos mayores, Leo y Lara, y tus hermanos mayores, Ethan y Caleb, tuvieron que transitar por encrucijadas desgarradoras y rozar la carnicería espiritual antes de alcanzar la felicidad y el remanso de paz en sus estructuras. Todo el dolor que ha rodeado a tu estirpe nació de ese antiguo error.
Un sollozo ahogado escapó de mis labios al comprender por fin el origen de los sufrimientos familiares que habían marcado a mis primos y mis hermanos en aquellas sufridas gestas libradas hasta poder unir sus vidas a sus mates. Las piezas del tablero encajaban con una lógica implacable.
—A ti, Kira, por ser la menor de la familia, te ha tocado el peor castigo de todos —sentenció la anciana con una fijeza seria—. Hasta que tu pareja real no aparezca, la maldición de la deidad te condena a encontrar mate tras mate falso, experimentando un chispazo eléctrico en la piel ante machos con los que el vínculo permanecerá completamente vacío en la intimidad, obligándote a rechazar a uno tras otro en una farsa carente de emociones afectivas reales.
—¿Cómo sabré quién es el verdadero, Bruja Madre? —le pregunté en un susurro ronco, con el corazón encogido por el desespero de pensar en un desfile interminable de rechazos y de soledad vacía.
—Tu alma destinada está cerca, Kira, pero aún tardará un tiempo en llegar a tu lecho porque se encuentra cerrando tratados lejos de aquí —me respondió la Bruja Madre, apretando mis dedos pequeños con un infinito respeto—. Sabrás quién es porque tu corazón nunca se dejará engañar. Cuando percibas los sentimientos tan profundos que emanarán de vuestros adentros al estar cerca de él, no habrá dudas en tu conciencia. El amor verdadero no se medirá por la inercia de un decreto de la sangre, sino por una complicidad natural que te devolverá la cordura en un parpadeo. Únicamente cuando encuentres a tu verdadera pareja, la maldición desaparecerá y tu familia quedará libre por fin de este castigo.
Al pronunciar la última sílaba, un silencio denso barrió la gran sala del santuario, dejando la revelación flotando en el aire como una losa pesada. No se había roto el maleficio todavía; el peso de la deidad seguía latente sobre nuestra estirpe, pero por primera vez en años, la negrura de mi incertidumbre tenía un faro de luz al que aferrarse. Sabía que me aguardaba un desfile doloroso de engaños y que tendría que lidiar con la farsa de los lazos falsos en el mañana, pero la firmeza de mi carácter se renovó en un parpadeo. Miré a mi madre, a mi padre y a mis tíos con una postura decidida, lista para emprender el regreso hacia la casa de la manada. Estábamos saliendo del trance con el corazón encogido por la agónica certeza de la espera, pero con la resolución absoluta de encarar la encrucijada, ignorando en qué rincón del continente se ocultaba el hombre que estaba destinado a blindar mi porvenir frente a la inminente tempestad.