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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 23

Capítulo 23 — Me haré responsable de ti

La palma tibia de Adrián se cerró sobre la cintura fina de Amelia. Le levantó apenas el mentón y la miró de frente, con la voz enronquecida:

—Ame, ¿sabes quién soy?

Amelia estaba a medias entre la conciencia y la bruma. Asintió.

—Eres Adrián.

—¿Y quién es Adrián?

—Adrián… es mi esposo.

Apenas terminó de decirlo, Adrián la levantó en brazos y la sacó del baño. La recostó sobre la cama.

El aroma del hombre la envolvió, y de sus labios escapó un suave gemido. En el aire flotaba una tibieza cargada de ternura. Adrián se inclinó y le susurró al oído:

—Ame, me haré responsable de ti.

Y entonces la besó.

La habitación quedó velada por una penumbra cálida. Afuera, la noche cerró sobre ellos como un pétalo que se pliega, y la rosa roja se abrió en la oscuridad. Lo demás sucedió como el agua que encuentra su cauce, sin prisa y sin ruido.

...

Dos horas más tarde, Adrián volvió a llevar en brazos, desde el baño, a Amelia, ya rendida en un sueño profundo.

Sacó el botiquín y le cambió con cuidado la gasa de la mano. Después la arropó bien, le dejó un beso suave en la frente y apagó la luz.

Fue a la sala y marcó el número de Rafael.

—¿Cómo quedó todo?

—Jefe, ya reuní los antecedentes de Mora: hay denuncias antiguas contra él por abusar de mujeres, más pruebas de que su empresa evadía impuestos. Todo se lo entregué a la policía.

Rafael había sido compañero de armas de Adrián; se retiraron juntos, y Adrián lo llamó a su lado. Recién ese día se enteró de que su jefe estaba casado, y de que a la esposa la había puesto en semejante situación su propio padre. No podía creer la injusticia.

—Averigua todo su historial —dijo Adrián con voz fría—. Quiero que pase el resto de su vida entre rejas.

Con lo insignificante que era la familia Mora, se había atrevido a tocar a la mujer de Adrián Guerrero.

—Entendido —respondió Rafael—. Jefe, ¿y con los tres Cruz qué hacemos?

Adrián lo pensó un momento.

—Mantenlos vigilados por ahora. Ya le preguntaré a Ame qué quiere hacer.

Aunque deseaba mandarlos a los tres a la cárcel con Mora, Genaro era el padre de Amelia, y respetaba su decisión.

Colgó y alzó la vista al cielo nocturno. Esa noche no había una sola estrella, todo era negrura. De no haber sido por el mensaje de Fernanda, no habría mandado a averiguar adónde iba Amelia, y no habría llegado a tiempo.

Por suerte, llegó.

Jamás olvidaría aquella imagen: Amelia con la mano sangrando y en los ojos nada más que desesperación.

...

En la habitación, Amelia tuvo un sueño muy largo. En él volvía a aquel día de cuatro años y medio atrás.

Un viejo repugnante intentaba someterla; ella corría con todas sus fuerzas, pero no había salida por ninguna parte. A un lado, los tres Cruz la miraban impasibles, señalándola y riéndose con crueldad.

—Amelia, hasta que te llegó la tuya, jajaja…

El hombre se le acercaba paso a paso.

—No te acerques… —gritó ella, desesperada.

—¡Ah…!

Amelia abrió los ojos de golpe, empapada en sudor, arrancada del sueño. A su alrededor, oscuridad total.

El desamparo de cuatro años atrás se repetía esa misma noche. Nunca imaginó que Genaro, siendo su padre, fuera capaz de empujarla al mismo abismo una y otra vez por dinero. Si esa noche Adrián no hubiera aparecido, quizá su vida entera se habría hundido allí.

Se giró de lado y se acurrucó, y en ese instante las lágrimas se desbordaron sin que pudiera contenerlas.

En la sala, Adrián pareció oír su llanto. Entró de prisa y encendió la luz. Encontró a la mujer envuelta en la sábana, llorando con el alma partida, temblando de pies a cabeza.

Sintió el pecho atravesado por mil agujas. Nunca había sentido nada semejante.

Se sentó al borde de la cama y le acarició la espalda por encima de la sábana.

—No tengas miedo. Estoy aquí. Ya pasó.

Al oírlo, toda la amargura que Amelia guardaba en el fondo del corazón se le vino encima y rompió a llorar a gritos.

Todos la creían la señorita mayor de los Cruz, con una vida sin preocupaciones. Pero tenía un padre que no merecía ese nombre y una madrastra que la veía como una espina clavada. No tenía en quién apoyarse; todo lo había cargado sola.

Desde la muerte de su madre, salvo su abuela, ningún familiar se había preocupado de verdad por ella. Cada pena, cada tristeza, la había sobrellevado sola.

En realidad no era tan fuerte como aparentaba. También se cansaba.

Aquella frase de Adrián hizo saltar la cuerda que llevaba años tensa dentro de ella, y todo se le deshizo en llanto.

Al verla así, Adrián se sintió por un momento perdido, sin saber cómo consolarla. Solo atinó a incorporarla y estrecharla contra su pecho.

Pasó un buen rato hasta que el llanto de Amelia fue cediendo. Se apartó de su pecho. Tenía los hermosos ojos enrojecidos, como un conejito herido.

Adrián le secó las lágrimas con la mano, y la mirada se le enfrió un poco.

—Al que te hizo daño ya lo entregué a la policía. Me voy a encargar de que cumpla condena hasta el final.

Hizo una pausa y la miró.

—En cuanto a los tres de la familia Cruz, ¿qué quieres hacer?

Fuera lo que fuera, él la apoyaría.

Amelia calló un largo rato. Se abrazó las rodillas y, con la voz ronca de tanto llorar, empezó a hablar despacio:

—Déjame contarte una historia.

Cuatro años y medio atrás, el día que cumplía veinte, Genaro le dijo que iba a festejarla en un hotel de lujo. Ella creyó que su padre, a pesar de todo, la quería, o que al menos recordaba su cumpleaños. Fue feliz. Pero en aquella cena familiar se encontró con un desconocido, un viejo. Genaro dijo que era el socio más importante de los Cruz y que había que atenderlo bien.

Amelia intuyó algo y quiso marcharse, pero ya era tarde. Quizá porque sabían que no obedecería, Cintia le había puesto de antemano un sedante en la bebida. De no haberse cruzado con Bruno cuando la llevaban a la habitación del hotel, su vida se habría arruinado allí mismo.

Por aquello le quedó gratitud hacia Bruno. Aunque su amigo Dante le insistía en que ese hombre no la merecía, durante los tres años que estuvieron juntos ella se entregó sin reservas. Y al final Bruno la engañó con Cintia.

Había pensado en denunciar lo de aquella noche, pero no tenía pruebas, y Genaro la amenazó: si abría la boca, se las haría pagar a su abuela. Por su abuela, tuvo que tragarse todo. Y a raíz de aquello se marchó de la casa Cruz y aprendió a mantenerse sola.

Y aun así, Genaro no la dejaba en paz. Otra vez con métodos tan sucios pretendía arrojarla al pozo. Todavía no entendía qué clase de padre podía hacerle eso a su propia hija.

Amelia terminó de contarlo con calma, como si hablara de otra persona. Curvó apenas los labios y añadió, resignada:

—En la capital, los Cruz no son una familia poderosa, pero en todos estos años Genaro se ha tejido bastantes contactos. Nosotros no podemos con él.

Lo que Amelia no sabía era que, a su lado, dormía cada noche el hombre más poderoso de toda la ciudad. Y ese hombre acababa de tomar, en silencio, una decisión.

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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