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Mi Sexy Jefe Es el Padre de Mi Enemiga

Mi Sexy Jefe Es el Padre de Mi Enemiga

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Romance de oficina
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20: FRAGILIDAD

Chloe Bennett

El segundero del gran reloj del vestíbulo de la Torre Donovan avanzaba de forma implacable mientras las puertas de cristal del ascensor ejecutivo se abrían en el piso cuarenta y cinco. Eran exactamente las 6:10 de la mañana. El sol apenas comenzaba a clarear sobre el horizonte de cristal y acero de Manhattan, tiñendo las oficinas vacías de un tono azul grisáceo y frío.

Caminé hacia mi escritorio en la antesala, sintiendo el eco sordo de mis nuevos tacones Gucci contra el suelo de mármol pulido. Me sentía completamente expuesta. El juego sastrero que Nicolas me había enviado a casa se ceñía a mis curvas con una precisión matemática que rozaba lo indecente para un entorno corporativo. El saco, de un corte divino y entallado, marcaba la estrechez de mi cintura y obligaba a mi postura a mantenerse erguida, mientras que el pantalón de tiro alto delineaba el largo de mis piernas con una fluidez que me hacía sentir desnuda a pesar de estar completamente cubierta. No me había recogido el cabello en el moño tirante de siempre; lo había dejado caer en ondas suaves sobre mis hombros.

Coloqué mi bolso de lona sobre mi escritorio y, antes de que pudiera encender la computadora, la pesada puerta de ébano de la oficina presidencial se abrió de par en par.

Ahí estaba él.

Nicolas se quedó estático bajo el marco de la puerta, con una taza de café negro en la mano izquierda. Para la jornada de hoy, vestía un imponente traje de tres piezas de un gris marengo casi negro; el chaleco marcaba la amplitud hercúlea de su pecho. Su mandíbula, se tensó al instante.

Cuando sus ojos se clavaron en mí, el aire de la antesala pareció evaporarse. Sentí un vuelco violento en el estómago que me hizo humedecer la lencería de inmediato. Sé que lo volvió loco al verme cuando llegó. Sus pupilas se dilataron de una forma casi salvaje, recorriendo cada costura del traje rosa pastel, deteniéndose en la forma en que el entalle del saco acentuaba mis senos y cómo el charol crema de los tacones obligaba a mis tobillos a arquearse. No dijo una sola palabra. Simplemente dio un paso atrás y cerró la puerta de ébano con un golpe seco que retumbó en mis oídos como una sentencia.

A partir de ese momento, la mañana se transformó en una tortura psicológica de alta intensidad.

Pasó el tiempo, las horas transcurrían entre llamadas y revisiones de contratos, y él no apartaba la vista de mí. La pared de cristal esmerilado que separaba nuestras oficinas parecía no existir; sentía el peso de su mirada de cazador perforándome la espalda a cada segundo.

Llegó a un punto tan ridículo y obsesivo que comenzó a llamarme por el intercomunicador cada quince o veinte minutos para hacerme preguntas sin el menor sentido corporativo.

—Señorita Bennett —vibró su voz barítona a través del altavoz, sonando extrañamente densa—. ¿Dónde están las minutas del consorcio de Tokio del año pasado?

—Se las entregué el lunes de la semana pasada, señor Donovan. Están en el segundo cajón de su archivador privado —respondí, intentando mantener la voz firme.

—Mmm... No las encuentro. Venga y búsquelas.

Cuando entraba al despacho, la atmósfera era sofocante. Se lo notaba visiblemente nervioso, una faceta que jamás imaginé ver en el implacable CEO de la corporación. Cada vez que me acercaba a su escritorio de ébano para dejarle una carpeta o señalarle una cifra en la tableta, sus dedos rozaban los míos por accidente y pude percibir que le temblaba la voz de una manera sutil pero delatadora. El hombre que manejaba imperios con mano de hierro estaba perdiendo los estribos ante el simple roce de mi mano.

—Deje... deje eso ahí, Bennett —articuló en un murmullo espeso, carraspeando para recuperar el tono autoritario, mientras sus ojos fijos en mi escote me devoraban viva—. Puede retirarse.

Regresaba a mi escritorio con el corazón desbocado, sabiendo perfectamente el poder que mi cuerpo desnudo y este traje tenían sobre su cordura.

Finalmente, el reloj marcó las 10:45 de la mañana. Llegó la hora de irme a la universidad. Me dispuse a acomodar mis cosas y me acerqué a la puerta de ébano para despedirme formalmente, esperando que mantuviéramos la distancia profesional que nos quedaba. Di dos golpes suaves y entré al despacho.

—Señor Donovan, ya debo retirarme a mis clases. Dejé la agenda de la tarde organizada sobre su...

No alcancé a terminar la frase.

Nicolas se puso de pie de golpe, rodeando el escritorio de ébano con una velocidad felina que me cortó la respiración. Antes de que pudiera dar un solo paso hacia atrás, me tomó de la cintura con sus manos gigantescas y, para mi absoluta sorpresa, me acorraló con una fuerza brusca contra el borde del mueble de madera. El impacto sutil me hizo soltar un jadeo que él atrapó de inmediato, estrellando sus labios contra los míos en un beso feroz, salvaje y cargado de toda la frustración contenida de la mañana.

Dios, qué delicia de hombre.

El beso me nubló los sentidos por completo. No fue el beso calculador; fue la reclamación hambrienta de un dueño que ya no podía soportar tener el objeto de su obsesión a escasos metros sin tocarlo. Su lengua se introdujo con fuerza en mi boca, reclamando mi territorio con una autoridad que me hizo soltar un gemido ahogado contra sus labios. Nos besamos un buen rato, un tiempo eterno donde el mundo exterior, la corporación y el campus universitario dejaron de existir.

La adrenalina y la lascivia se apoderaron del espacio. Mientras nuestras bocas se devoraban con desesperación, Nicolas pasó sus manos grandes por mis pechos a través del saco, apretándolos con una firmeza posesiva que me hizo arquear la espalda contra la madera del escritorio. Sus dedos buscaron el relieve de mis pezones a través de la tela fina, haciéndome temblar las piernas bajo el pantalón de vestir. Rompió el beso por un segundo solo para bajar su cabeza a mi cuello, dejándome besos húmedos, mordiscos suaves y marcas calientes por todas partes, subiendo por mi clavícula y detrás de mi oreja, haciéndome jadear sin control.

—Me estás destruyendo la cordura, Chloe... —gruñó contra mi piel, con la respiración totalmente agitada, su hombría empujando con dureza contra mi muslo a través de los trajes—. Te ves jodidamente hermosa con este color. Te lo advertí... eres mía.

—Nicolas... por favor... —articulé en un hilo de voz, aferrándome a sus hombros anchos, sintiendo que mis fuerzas flaqueaban—. Debo salir... o llegaré tarde a la facultad.

Mis palabras parecieron regresarlo a la realidad por un milímetro. Con un esfuerzo sobrehumano que le hizo contraer todos los músculos del rostro, se detuvo ahí. Apoyó su frente contra la mía, respirando de forma entrecortada, permitiendo que mis manos se deslizaran fuera de su traje gris marengo. Nos detuvimos ahí porque sabíamos que, si dábamos un solo paso más, terminaríamos consumando el deseo sobre el escritorio presidencial y no saldría de esa oficina en todo el día.

Me soltó despacio, alisando con sus manos las solapas arrugadas de mi saco rosa con una delicadeza posesiva.

—Vete —dijo, y su voz fue un barítono ronco que aún vibraba por la lujuria—. Vete antes de que decida cerrar esa puerta con llave y te quite cada pieza de este traje aquí mismo.

Salí del despacho con las mejillas encendidas en un rubor escarlata, los labios hinchados por sus besos y el pulso a mil por hora. Recogí mi bolso y abandoné el piso ejecutivo con la sensación de llevar una marca invisible en la piel.

El trayecto en el metro fue un borrón. Cuando llegué a la universidad, el campus bullía con el movimiento habitual de los estudiantes de media mañana. Caminé por los pasillos con el temor constante de cruzarme con la mirada venenosa de Vanessa, pero gracias a Dios no me topé con nadie de su grupo. Entré al edificio de ciencias exactas y tomé mis clases de economía y estadística, intentando concentrarme en las pizarras llenas de fórmulas, aunque por dentro seguía ardiendo por el contacto de las manos de Nicolas en mi cuerpo.

A las cuatro de la tarde, la última sesión del día concluyó. Salí del aula cargando mis libros pesados contra el pecho, sintiéndome un poco más aliviada. Mientras caminaba hacia los casilleros del pasillo principal, una voz amable e inconfundible me sacó de mi letargo.

—¡Chloe! Hola. Vaya... te busqué durante el almuerzo pero no te encontré.

Me giré y una sonrisa sincera se dibujó en mi rostro al ver a Matty. Matty era un compañero de mi mismo año; un chico de cabello castaño claro, ojos expresivos y una sonrisa perenne que siempre había sido sumamente amable, excelente persona y un apoyo incondicional conmigo desde que ingresé a la facultad. Era de los pocos que no me miraba con desprecio por no tener dinero.

Matty se acercó a mí, pero al quedar a un metro de distancia, se detuvo en seco, abriendo los ojos de par en par mientras examinaba mi cambio de apariencia repentino. Sus ojos recorrieron el impecable traje sastrero rosa pastel y los tacones de marca que llevaba puestos.

—Cielos, Chloe... estás... estás espectacular —dijo Matty, tartamudeando un poco, con un rubor juvenil cubriéndole las mejillas—. Quiero decir, siempre eres bonita, pero hoy pareces una ejecutiva de una revista de modas. ¿A qué se debe este cambio tan repentino? ¿Conseguiste un ascenso en tu trabajo?

Sentí un ligero pinchazo de nerviosismo en la garganta, recordando que la ropa era un regalo del padre de la chica que me odiaba.

—Algo así, Matty... —respondí, forzando una sonrisa ligera—. La empresa exige un código de vestimenta más estricto ahora que manejo agendas internacionales. Es solo protocolo.

—Pues te queda divino —aseguró él, rascándose la nuca con timidez, intentando disimular su admiración—. Oye... cambiando de tema. Sé que la próxima semana tenemos el examen parcial más difícil del semestre. Estaba pensando... ¿el fin de semana estarías libre para repasar Matemática Analítica III? Podríamos juntarnos en la biblioteca del campus o en el café de siempre el sábado por la mañana. Ya sabes, para desglosar las integrales triples que nos están volviendo locos a todos.

Me quedé pensando un momento. Estudiar con Matty siempre había sido una constante en mi rutina académica; siempre estudiamos juntos y su compañía me ayudaba a mantener el promedio alto que necesitaba para no perder la beca. Pero ahora, con la presencia obsesiva de Nicolas Donovan gobernando mis días y sus regalos anónimos llenando mi casa, no estaba segura de qué giros daría mi agenda del fin de semana.

—Suena bien, Matty —dije, acomodando mis apuntes dentro del bolso de lona—. Lo de Matemática Analítica III es vital. Pero déjame revisar mis horarios del trabajo y te avisaría mañana en la mañana, ¿te parece? No quiero quedarte mal si mi jefe me pide revisar algún informe de última hora.

—Claro, entiendo perfectamente. Tu jefe parece un hombre bastante estricto —comentó Matty con una sonrisa comprensiva, sin tener la menor idea de lo que ese "jefe" me había hecho hacer en su oficina horas antes—. Avísame cuando puedas. Caminemos hacia la salida.

Ajusté la bufanda verde de cachemira alrededor de mi cuello, el último detalle que delataba la posesión de Nicolas sobre mí, y comencé a caminar junto a Matty por el pasillo central. Fuimos avanzando entre la multitud de estudiantes que abandonaban los edificios de la facultad, compartiendo comentarios triviales sobre los profesores y las entregas de proyectos de fin de mes.

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Agripina Botines
y no hay continuidad de la lecto novela??
Zuleima Chavez
muy buena pero no deberían publicar si está incompleta
Celeste Godoy: Hola, gracias por darle una oportunidada la novela/Drool/ pero, a los escritores nos conviene subir por partes ya que ganamos por la retención de lectores y en lo que va de la publicación de la novela hasta ahora estoy actualizando a un ritmo constante y diario. /Shy//Shy//Shy/
total 1 replies
Agripina Botines
buena trama...pero nos deja esperando más capítulos....
Celeste Godoy: Hoy en la noche se viene /Chuckle/
total 1 replies
Zuleima Chavez
excelente
Celeste Godoy: MUCHAS GRACIAS REINA♥️♥️♥️♥️✨️
total 1 replies
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