Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 12 — El nacimiento de una hija
El invierno comenzaba a cernirse sobre una pequeña ciudad en Holanda. Una capa fina de nieve caía sin prisa frente al apartamento cálido donde Alya llevaba viviendo los últimos dos meses.
Aquel país le resultaba ajeno.
Tranquilo.
Y muy lejos de la vida que Sabrina había conocido.
Alya estaba de pie junto a la ventana, con las manos apoyadas sobre el vientre, que a estas alturas se veía enorme. Le costaba un poco respirar.
—Parece que ya falta muy poco... —susurró para sí.
Su embarazo había entrado en la última semana.
Y conforme se acercaba el día del parto, un miedo silencioso iba creciendo dentro de ella.
Nunca había sido madre.
Nunca había dado a luz.
Nunca habría imaginado que su vida fuera a dar un giro tan radical.
La puerta del apartamento se abrió con suavidad.
Ares entró cargado con varias bolsas de compras, acompañado de su esposa, Maya.
—¿Otra vez sin dormir? —la regañó Maya con dulzura.
Alya esbozó una sonrisa breve.
—No me da sueño todavía.
Maya se acercó enseguida y le acomodó la manta sobre los hombros.
—No te quedes tanto rato de pie. Se te van a hinchar los pies.
Aquel gesto pequeño le calentó el corazón a Alya.
Durante esos dos meses, Ares y Maya la habían cuidado sin hacer preguntas incómodas.
Incluso se mudaron temporalmente a Holanda para acompañarla hasta que naciera el bebé.
—Ya tenemos todo listo —dijo Ares con naturalidad mientras dejaba las bolsas sobre la mesa—. El hospital queda a diez minutos de aquí.
Alya asintió con una sonrisa suave.
—Gracias, tío.
Ares la observó un buen rato antes de decirle con voz cálida:
—Ya no tienes que hacer esto sola.
Y esas palabras estuvieron a punto de hacerla llorar.
Al otro lado del mundo...
León permanecía sentado en la penumbra de su despacho.
Casi cuatro meses habían transcurrido desde que Sabrina se marchó.
Y no hubo un solo día en que dejara de buscarla.
Sobre el escritorio había un calendario con varias fechas marcadas en rojo.
La fecha estimada del parto de Sabrina.
León se pasó la mano por el rostro, agotado.
Últimamente su cabeza era un caos permanente.
Le costaba dormir.
Le costaba concentrarse en el trabajo.
Y la mansión se sentía un poco más hueca con cada día que pasaba.
Sus ojos se detuvieron en la pequeña ecografía que aún conservaba sobre la mesa.
Una niña.
Sabrina había sonreído con una ternura extraordinaria al ver aquella imagen.
Y ahora...
León ni siquiera sabía dónde estaban.
—A lo mejor ya nació...
La frase se le escapó de los labios sin pensarla.
Una opresión repentina le llenó el pecho.
Por primera vez en la vida...
tenía miedo de perder algo que en realidad nunca había sido suyo.
Esa noche la nevada arreció sobre Holanda.
Alya, que dormía, se despertó de golpe por un dolor agudo en el vientre.
—Ngh...
Se sujetó el abdomen con ambas manos, apretando los dientes.
El dolor regresó.
Más fuerte que antes.
—Ares... tío...
La voz le salió presa del pánico.
En cuestión de segundos, la puerta del cuarto se abrió de par en par.
Maya corrió hacia ella.
—¿¡Contracciones!?
Alya asintió con la respiración entrecortada.
—Duele...
Ares entró en un estado de nervios absoluto.
—¡Está bien, está bien! ¡Nos vamos al hospital ahora mismo!
El apartamento se convirtió en un hervidero de actividad.
Agarraron la maleta que ya tenían preparada, le pusieron el abrigo encima y ayudaron a Alya a caminar hasta el auto mientras ella resistía oleadas de dolor cada vez más intensas.
La nieve caía con fuerza durante todo el trayecto al hospital.
Alya apretaba la mano de Maya, conteniendo las lágrimas.
—Tengo miedo...
Maya le acarició el cabello con ternura.
—Tranquila, cariño. Eres más fuerte de lo que crees.
Mientras tanto, en una ciudad lejana...
León se había quedado dormido en el sofá del despacho por primera vez en días, vencido por la fatiga acumulada.
Y esa noche soñó.
Estaba de pie en un jardín bañado por una luz cálida de sol.
Entonces oyó una risa pequeña.
Una niña corría hacia él con un vestidito blanco y el cabello largo, ligeramente ondulado.
Su rostro era precioso.
Y sus ojos...
idénticos a los de Sabrina.
—¡Papá!
León se quedó paralizado.
La niña rio con alegría antes de aferrarse a sus piernas con un abrazo apretado.
—Papá tardó mucho...
La presión en el pecho de León fue instantánea, casi insoportable.
Se puso en cuclillas despacio, intentando verle el rostro con más claridad.
Pero antes de poder tocarla...
todo se desvaneció.
León despertó con la respiración pesada.
El despacho estaba oscuro y en completo silencio.
Se llevó una mano al pecho, despacio.
El corazón le latía descontrolado.
Y por alguna razón que no supo explicar...
aquella noche no pudo librarse de una desazón profunda.
Como si algo muy importante acabara de ocurrir.