Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 2: La fotografía
La música continuaba al otro lado de la puerta.
Evelyn permaneció inmóvil frente a Alistair, incapaz de apartar la mirada del pequeño sobre que él sostenía entre los dedos.
—Mi hermano escribió su nombre —dijo él finalmente—. Y no fue la única vez que lo hizo.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Enséñeme la carta.
Alistair se la entregó.
Ella la tomó con cuidado, como si el papel pudiera romperse con demasiada facilidad. La letra era firme, masculina y antigua.
Si alguna vez llega a tus manos esta carta, significa que ya no puedo protegerla.
No permitas que la familia Bellamy descubra que ella recuerda.
Y, sobre todo, no dejes que Evelyn conozca la verdad sobre aquella noche.
Evelyn terminó de leer.
—¿Qué noche?
—Eso intento averiguar.
—¿Y por qué cree que yo recuerdo algo?
Alistair la observó.
—Porque mi hermano estaba convencido de que sí.
—Mi hermano —repitió Evelyn—. Usted habla de él como si hubiera estado obsesionado conmigo.
—Quizá lo estaba.
Ella levantó la mirada.
—Nunca estuvo enamorado de mí.
—No he dicho que lo estuviera.
La respuesta la desconcertó.
Alistair tomó la carta de sus manos y la guardó.
—Mi hermano investigaba algo antes de morir. Su investigación comenzó con su familia.
—¿Por qué?
—Todavía no lo sé.
Aquella respuesta no satisfizo a Evelyn.
—Entonces no tiene nada.
—Tengo suficiente para saber que alguien ha estado ocultando información durante trece años.
Alistair abrió un cajón del escritorio.
Sacó un pequeño libro de contabilidad.
—Encontré esto entre las pertenencias de mi hermano.
Lo abrió por una página marcada.
Evelyn se acercó.
Había una fecha.
17 de octubre de 1883.
Debajo, una anotación.
“Bellamy recibe a la niña. Vale proporciona el pago.”
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Yo nací en 1883.
—Lo sé.
—¿Qué quiere decir esto?
—No lo sé.
—¿Quién era la niña?
Alistair la miró directamente.
—Esa es la pregunta.
Evelyn volvió a mirar la página.
La tinta estaba descolorida, pero la escritura era perfectamente reconocible.
Era la letra de su padre.
—Mi padre jamás escribió esto delante de mí.
—Usted tenía ocho años cuando se hizo esta anotación.
Evelyn negó lentamente.
—Yo tenía ocho años en 1883.
Alistair no respondió.
Ella volvió a hacer la cuenta.
1883.
Ocho años.
Pero algo no encajaba.
—No —murmuró.
—¿Qué?
—Yo nací en 1875.
Alistair se quedó completamente quieto.
Evelyn lo miró.
—Mi madre siempre me dijo que nací en 1875.
Por primera vez, la expresión de Alistair cambió.
—Entonces tenemos un problema.
Antes de que Evelyn pudiera responder, alguien llamó a la puerta.
Ambos guardaron silencio.
—Señor Vale —dijo una voz masculina desde el otro lado—. Su padre lo está buscando.
Alistair cerró el libro.
—Dígale que iré enseguida.
Los pasos se alejaron.
Evelyn lo observó.
—¿Su padre sabe que estoy aquí?
—Sí.
—¿Sabe de la carta?
—No.
—¿Y de la fotografía?
Alistair no contestó.
Eso fue suficiente.
—Quiero verla.
Él sacó una fotografía de su bolsillo.
La colocó boca arriba sobre el escritorio.
Evelyn se acercó.
La imagen mostraba un jardín.
Reconoció inmediatamente los árboles.
La antigua propiedad de su familia.
En el centro aparecía una niña.
Ella.
O alguien idéntica a ella.
Evelyn tomó la fotografía.
—¿Dónde consiguió esto?
—En la habitación de mi hermano.
Ella observó los rostros adultos.
Su padre estaba allí.
Su madre también.
Y junto a ellos había un hombre desconocido.
Pero había algo más.
Al fondo, detrás de los tres adultos, se veía una pequeña puerta de hierro.
Evelyn entrecerró los ojos.
—Esa puerta...
—¿La reconoce?
—Sí.
Alistair esperó.
—Está detrás de la casa donde crecí.
—¿Qué hay detrás?
Evelyn tragó saliva.
—Nada.
—¿Está segura?
—Siempre estuvo cerrada.
—¿Quién tenía la llave?
Ella no respondió.
Porque acababa de recordar algo.
Una noche.
Una voz.
Una mano pequeña aferrándose a la suya.
Y una frase que alguien había susurrado junto a aquella puerta:
“No mires atrás.”
Evelyn dejó caer la fotografía sobre el escritorio.
—Quiero volver a casa.
Alistair frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque acabo de recordar algo.
—¿Qué?
Evelyn lo miró.
—No lo sé.
Y aquello era lo que más miedo le daba.
Porque por primera vez en su vida, una parte de su memoria parecía estar regresando.
Alistair tomó su abrigo.
—Entonces iré con usted.
—No.
—No era una pregunta.
Evelyn estuvo a punto de protestar.
Pero se detuvo.
Había algo en su expresión que le resultaba extraño.
No era curiosidad.
Era preocupación.
—¿Por qué quiere venir?
Alistair miró nuevamente la fotografía.
—Porque esa puerta también aparece en una de las últimas páginas del diario de mi hermano.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Qué escribió?
Alistair abrió la puerta de la biblioteca.
Antes de salir, respondió:
—Que si alguna vez encontraba esa puerta abierta, debía asegurarme de que usted no estuviera dentro.
Evelyn lo siguió con la mirada.
Por primera vez, no supo si aquel hombre estaba intentando protegerla...
o mantenerla lejos de algo que llevaba trece años esperando ser descubierto.
Y mientras abandonaban la biblioteca, ninguno de los dos vio que, sobre el escritorio, la fotografía había quedado ligeramente desplazada.
Debajo de ella había otra imagen.
Una que Alistair todavía no había encontrado.
En ella aparecía Evelyn.
Pero no tenía ocho años.
Parecía tener apenas unos meses de vida.
Y estaba en brazos de una mujer que no era su madre.