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Capítulo 9
Capítulo 9: El Formulario Roto
No fue intuición.
Fue algo más estúpido que eso: un trozo de papel volando con el viento.
Iba cruzando la explanada de la Facultad de Deportes camino al edificio de Administración cuando lo vi. Un pedazo de hoja blanca atrapado entre las varillas de un bote de basura, aleteando como un pájaro herido. Lo habría ignorado —ignoro la basura como cualquier persona normal— si no hubiera alcanzado a leer, en letras negras y gruesas, una sola palabra.
Solís.
Me detuve.
El sol de las once me pegaba directo en la nuca. A mi alrededor, estudiantes cruzaban en grupos, con mochilas deportivas al hombro y botellas de agua en la mano. Nadie miraba el bote de basura. Nadie miraba el papel.
Yo sí.
Me acerqué. Metí la mano entre los restos de vasos de café y envolturas de barras energéticas, y saqué el fragmento. Era la esquina superior derecha de un formulario oficial. Decía: Renato Solís
Y debajo, parcialmente: Torneo Interuniversitario de Tenis — Registro de Part...
El resto estaba arrancado.
Miré dentro del bote. Había más pedazos. Seis, siete, tal vez ocho fragmentos dispersos entre la basura. Los saqué todos. Uno por uno. Con las manos desnudas, entre servilletas mojadas y un envase de yogur a medio comer.
Valentina Montiel, heredera de un imperio de tres mil millones, hurgando en un bote de basura a plena luz del día.
Si alguien me hubiera visto, habría pensado que había perdido la razón.
Tal vez la perdí hace mucho. Tal vez la perdí el día que abrí los ojos en este cuerpo de diecinueve años y decidí que iba a cambiar todo.
Me senté en una banca a la sombra de un fresno y extendí los fragmentos sobre mis rodillas como un rompecabezas.
El formulario estaba completo. Nombre: Renato Solís. Matrícula. Facultad de Ingeniería Civil. Categoría: individual masculino. Firma del solicitante —ahí estaba, tinta azul, letra pequeña y apretada—. Fecha de registro: hacía cuatro días.
Pero no había sido entregado.
Alguien lo había arrancado en pedazos. No doblado, no arrugado: arrancado. Con fuerza. Los bordes eran irregulares, agresivos. Quien lo hizo no quería simplemente tirarlo. Quería destruirlo.
Me quedé mirando los fragmentos un largo rato.
En mi vida anterior, no me habría importado. En mi vida anterior, probablemente habría sido yo quien instigara algo así. No directamente, claro. Yo nunca me ensuciaba las manos. Pero una palabra mía, un comentario al pasar —¿Solís va a inscribirse al torneo? Qué patético—, y alguien más se encargaba del resto.
El recuerdo me quemó la garganta como ácido.
Saqué el celular y le tomé una foto a los fragmentos reconstruidos. Luego los guardé dentro de mi agenda, entre las páginas del mes de octubre. Evidencia.
Ahora necesitaba saber quién.
No me tomó mucho tiempo.
La Facultad de Deportes es un mundo pequeño. Bastó con sentarme diez minutos en la cafetería del edificio, pedir un americano que no iba a tomarme, y escuchar.
Dos chicas de la carrera de Entrenamiento Deportivo hablaban en la mesa de al lado. No bajaban la voz. ¿Por qué lo harían? No estaban diciendo nada que consideraran secreto.
—Bruno lo agarró en el pasillo, ¿no? Le quitó la hoja de las manos y la rompió enfrente de todos.
—Enfrente de todos. Y el otro nada más se le quedó viendo.
—¿Y qué iba a hacer? Bruno le lleva como quince kilos.
—Pues sí, pero aun así. Yo me habría defendido.
—Tú no tienes una beca que perder.
Eso último me golpeó en el estómago.
Bruno Quiroga. Claro. Claro que era Bruno Quiroga.
Lo conocía. Todo el campus lo conocía. Hijo de Ricardo Quiroga, dueño de una cadena de gimnasios en cinco estados —cadena que, por cierto, recibía financiamiento parcial del Grupo Montiel a través de una subsidiaria deportiva—. Bruno era alto, ancho de hombros, con esa mandíbula cuadrada que las revistas universitarias confundían con atractivo. Jugaba tenis desde los catorce. Era mediocre. Consistentemente, profundamente mediocre. Pero su padre donaba equipamiento al programa deportivo de la universidad, así que nadie lo decía en voz alta.
Y Renato Solís —un becado sin apellido, sin dinero, sin padrino— era mejor que él.
No un poco mejor.
Obscenamente mejor.
Bruno lo sabía. Todos lo sabían. Y la diferencia entre saberlo y tolerarlo se medía exactamente en los pedazos de un formulario roto dentro de mi agenda.
Dejé el americano intacto sobre la mesa, recogí mi bolso y salí.
La fecha límite de inscripción al Torneo Interuniversitario había vencido hacía dos días.
Eso significaba que el formulario que Bruno rompió era el único intento de Renato por registrarse. Y que, al destruirlo, Bruno no solo le había quitado un papel de las manos. Le había cerrado la puerta a la única competencia oficial de la temporada.
En mi vida anterior, esa puerta se quedó cerrada.
Renato nunca compitió ese semestre. Ni el siguiente. La acumulación de humillaciones —mías, de Bruno, de todo un campus que lo trataba como un paria— terminó empujándolo fuera del tenis universitario por completo. Pasaron años antes de que volviera a tomar una raqueta en serio.
Años desperdiciados. Talento enterrado bajo toneladas de crueldad.
No esta vez.
Saqué el teléfono y busqué el contacto de Diego.
El tono sonó tres veces.
—¿Val? ¿Todo bien?
—Necesito el número de tu papá.
Silencio.
—¿De mi papá? ¿Para qué?
—Tu papá es directivo de la Asociación de Tenis del estado, ¿verdad?
—Sí, pero...
—Necesito hablar con él. Ahora.
Diego se rio, nervioso.
—Val, ¿estás metida en algo?
—Diego. El número.
Otro silencio. Más corto esta vez.
—Te lo mando por mensaje.
—Gracias.
Colgué. Treinta segundos después, tenía el contacto del licenciado Fuentes en mi pantalla.
Primera llamada.
—Licenciado Fuentes, buenas tardes. Le habla Valentina Montiel. Sí, hija de Eduardo Montiel. Exacto. Disculpe que lo moleste, pero tengo un asunto urgente relacionado con el Torneo Interuniversitario de Tenis. Un estudiante de la Universidad Montecarlos fue impedido de registrarse por un acto de intimidación dentro del campus. Su formulario fue destruido antes de que pudiera entregarlo. Me gustaría saber si es posible gestionar una inscripción extemporánea.
Respuesta: amable, pero evasiva. Señorita Montiel, las fechas son las fechas, usted comprenderá, el reglamento es muy claro...
Agradecí. Colgué.
Segunda llamada. Esta vez no al licenciado Fuentes, sino a la coordinadora del torneo, cuyo nombre me dio una búsqueda rápida en la página oficial.
—Coordinadora Estrada, buenas tardes. Valentina Montiel. Entiendo que las inscripciones cerraron, pero me permito informarle que tenemos documentación de un incidente de acoso deportivo que impidió la inscripción oportuna de un participante. Sería muy lamentable que este caso llegara a la prensa justo cuando la Asociación busca renovar sus convenios con patrocinadores corporativos. Como sabrá, el Grupo Montiel es uno de los principales interesados en el desarrollo del deporte universitario en el noreste del país.
Silencio largo.
Déjeme hacer unas llamadas, señorita Montiel.
Colgué. Esperé.
Diecisiete minutos. Los conté mirando el reloj de mi teléfono mientras caminaba en círculos frente a mi auto en el estacionamiento.
Mi celular vibró. Número desconocido.
Tercera llamada.
—¿Señorita Montiel? Habla el director técnico del comité organizador. Hemos revisado el caso que nos planteó la coordinadora Estrada. Dada la naturaleza excepcional de la situación, y en atención a nuestro compromiso con la equidad deportiva, podemos abrir una ventana de inscripción extemporánea de veinticuatro horas para el participante en cuestión. Necesitaríamos un nuevo formulario firmado entregado antes de las cinco de la tarde de mañana.
—Lo tendrá antes de mediodía —dije.
—Perfecto. Y, señorita Montiel... dele nuestros saludos a su padre.
—Con mucho gusto.
Colgué.
Me apoyé contra el auto y solté el aire que había estado conteniendo.
Tres llamadas. Veintidós minutos. Así de fácil era mover el mundo cuando tu apellido pesaba lo suficiente.
Lo sabía. Siempre lo había sabido. En mi vida anterior usé ese poder para destruir. Para humillar. Para aplastar a cualquiera que amenazara mi imagen perfecta de princesa inalcanzable.
Esta vez lo estaba usando para abrir una puerta que alguien había cerrado con violencia.
No me sentía orgullosa. No exactamente. Se sentía más como pagar una deuda. Una de muchas.
Bajé un formulario en blanco del sitio del torneo, lo imprimí en el centro de copiado más cercano y lo doblé cuidadosamente en tres partes.
Ahora solo necesitaba encontrarlo.
Las canchas de tenis de la universidad estaban al fondo del complejo deportivo, pasando las de básquetbol y la pista de atletismo. Eran cuatro canchas de cemento con grietas que nadie reparaba y redes que se hundían en el centro como hamacas viejas. La universidad invertía su presupuesto deportivo en fútbol y básquetbol. El tenis era el hijo olvidado.
Encontré a Renato en la cancha más alejada.
Solo.
Ni compañero, ni entrenador, ni público. Solo él, una cubeta de pelotas amarillas y una máquina lanzadora que parecía tener la edad de mi abuela. La cancha tenía grietas en la línea de fondo. Las líneas blancas estaban medio borradas. El sol de la tarde convertía el cemento en una plancha ardiente.
No entré. Me quedé detrás de la malla ciclónica, a unos quince metros, medio oculta por la sombra de una estructura de concreto que alguna vez fue una caseta de árbitro.
Y lo miré.
Llevaba unos tenis blancos —o que alguna vez fueron blancos— con un agujero visible en la punta del pie derecho. Sus shorts eran genéricos, sin marca, desteñidos por demasiados lavados. La camiseta gris se le pegaba a la espalda empapada de sudor. Su raqueta era una Wilson vieja, con las cuerdas tan gastadas que algunas se veían deshilachadas a contraluz.
Pero cuando golpeaba la pelota, el sonido era otra cosa.
No era el poc hueco de un aficionado. Era un estallido seco, limpio, exacto. Como si cada golpe fuera una detonación controlada. La pelota salía disparada con una precisión que no tenía ningún derecho de existir en esa cancha rota, con esa raqueta desgastada, con esos zapatos agujereados.
Servicio. La pelota subió, el cuerpo se arqueó, el brazo cayó como un látigo. La bola cruzó la red en diagonal y pegó justo dentro de la esquina del cuadro de servicio. Levantó un polvito de cemento al rebotar.
Otra. Mismo movimiento. Misma precisión. Esquina opuesta.
Otra. Al centro, con efecto. La pelota picó y se desvió como si tuviera voluntad propia.
Lo vi repetir el ciclo una y otra vez. Sin descanso. Sin celebración. Sin frustración cuando alguna se iba larga. Solo se agachaba, tomaba otra pelota de la cubeta y volvía a la línea de fondo.
Mis dedos se cerraron alrededor del alambre de la malla.
En mi vida anterior, yo fui quien destruyó esto.
No Bruno Quiroga. No los compañeros que lo ignoraban. No los entrenadores que nunca lo voltearon a ver. Yo. Yo fui quien lideró el acoso que convirtió a Renato Solís en un fantasma dentro de su propia universidad. Yo fui quien hizo que la gente se apartara de él como si fuera contagioso. Yo fui quien convirtió su nombre en sinónimo de vergüenza.
Y él —este chico golpeando pelotas solo en una cancha agrietada, con zapatos rotos y una raqueta que se caía a pedazos— tenía más talento en el meñique de la mano izquierda que la mayoría de los profesionales en toda su carrera.
Lo sabía porque lo había visto.
No aquí. No en esta vida.
En la otra.
Siete años después de este momento, Renato Solís iba a pararse en la cancha central del Abierto de Australia. Iba a ganar cinco sets brutales contra el número tres del mundo. Iba a levantar el trofeo sobre su cabeza mientras quince mil personas coreaban su nombre y los comentaristas se tropezaban con las palabras tratando de describir lo que estaban viendo.
La historia de superación más extraordinaria en la historia del tenis, iban a decir.
De la pobreza absoluta a la gloria, iban a escribir.
Nadie sabe cómo lo logró, iban a repetir una y otra vez.
Pero yo sí sabía.
Lo logró a pesar de todo. A pesar de la cárcel injusta de su padre. A pesar de la deuda de cuatrocientos sesenta mil créditos que cargaba sobre los hombros. A pesar de los trabajos nocturnos que le robaban horas de sueño y entrenamiento. A pesar de mí.
Sobre todo, a pesar de mí.
Un nudo se me instaló en la garganta tan apretado que tuve que abrir la boca para respirar.
Lo vi vaciar la cubeta de pelotas. Lo vi caminar con pasos lentos hasta el otro lado de la cancha, recoger cada pelota una por una y meterla de vuelta en la cubeta. Lo vi secarse la frente con el borde de la camiseta, revelando un abdomen delgado y marcado por el esfuerzo, no por el gimnasio. Lo vi sentarse en el suelo contra el poste de la red, con la raqueta sobre las rodillas, y quedarse mirando la cancha vacía con una expresión que no supe descifrar.
¿Resignación? ¿Determinación? ¿Las dos cosas al mismo tiempo?
Me aparté de la malla antes de que pudiera verme. Me limpié los ojos con el dorso de la mano. No me había dado cuenta de que estaban húmedos.
Tenía un formulario que entregar.