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BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Mujer poderosa / Villana / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL PRECIO DE LA INTRIGA

​La firma del contrato no fue el final del juego, sino el pistoletazo de salida para una danza peligrosa. A partir de esa semana, la relación profesional entre Castañeda Holdings y el conglomerado Ferrer se intensificó, obligando a Amelia y Sebastián a compartir espacios, salas de juntas y, ocasionalmente, la soledad de las altas horas de la noche.

​Amelia se movía en este terreno con una elegancia depredadora. Por las mañanas, era la CEO impecable que desarmaba a los analistas de mercado; por las noches, se reunía en los muelles con los delegados de los sindicatos que, en realidad, respondían a la red de influencia de "El Demonio". Bruno Ríos era su sombra, el hombre que desinfectaba las huellas del rastro que ella dejaba, asegurándose de que nadie, ni siquiera el detective privado más incisivo contratado por Sebastián, pudiera conectar la cuenta bancaria en las islas Caimán con la mujer que asistía a galas de caridad.

​Sin embargo, Sebastián Ferrer se estaba convirtiendo en una variable difícil de controlar. Su obsesión por descubrir quién era realmente Amelia Castañeda no disminuía; al contrario, se alimentaba de cada encuentro.

​Una tarde, mientras revisaban los cronogramas de distribución de las refinerías en el despacho de Sebastián, el magnate dejó de leer de repente. Se quedó mirando a Amelia, que revisaba unos planos sobre la mesa, con una intensidad que incomodaría a cualquier mortal.

​—¿Por qué te esfuerzas tanto en parecer intocable, Amelia? —preguntó de repente, rompiendo el silencio administrativo—. Ayer me enteré de que ayudaste a una familia de empleados a pagar una cirugía de alto costo sin que nadie se enterara. ¿Es una táctica de marketing social o es que realmente tienes algo parecido a un corazón oculto bajo toda esa frialdad?

​Amelia dejó el plano y se giró, con una expresión de absoluto aburrimiento fingido.

—Es eficiencia, Sebastián. Un empleado agradecido y sin deudas es un empleado más productivo. No busques sentimientos donde solo hay estrategia financiera.

​—No te creo —murmuró él, acercándose un paso. El espacio entre ambos se cargó de una tensión casi insoportable—. He visto cómo tratas a la gente cuando crees que nadie observa. Eres capaz de una crueldad extrema cuando te provocan, pero tienes una lealtad salvaje hacia los tuyos. Eres una contradicción andante.

​Amelia sintió el pulso acelerarse. La cercanía de Sebastián era peligrosa, pero no por el romance, sino por la claridad de su mirada. Sabía demasiado. Para desviar su atención, ella sintió la urgencia de usar su arma favorita de distracción masiva: el chiste malo.

​—¿Sabes qué, Sebastián? Estás demasiado tenso. Necesitas relajarte un poco. ¿Por qué el libro de matemáticas estaba triste? —preguntó ella, con una chispa juguetona en los ojos.

​Sebastián suspiró, llevándose una mano a la sien. —Amelia, por favor. No. Ni se te ocurra.

​—Porque tenía muchos problemas —remató ella, ignorando su queja con una sonrisa amplia.

​Sebastián no rio. Al contrario, se quedó serio, incluso más tenso que antes. La miró con una mezcla de exasperación y una fascinación que empezaba a rayar en la obsesión.

​—Deja de hacer eso —dijo él con voz autoritaria—. No me cuentes esos chistes. Me sacan de quicio. No encajan con la mujer calculadora, fría y letal que todo el mundo dice que eres. Es como ver a una leona intentar ladrar. Me hace pensar que estás ocultando algo tan grande que necesitas parecer inofensiva con estupideces para que nadie sospeche de tu verdadera naturaleza.

​La sonrisa de Amelia se desvaneció instantáneamente. La máscara se endureció. El aire en la habitación pareció enfriarse a diez grados.

​—¿Inofensiva? —la voz de Amelia bajó de tono, convirtiéndose en un susurro gélido que hizo que los pelos de la nuca de Sebastián se erizaran—. Sebastián, si crees que soy inofensiva por un chiste malo, estás más perdido de lo que pensaba. No uses mis bromas para intentar entrar en mi cabeza. Podrías encontrar algo que no te gustaría ver.

​Se acercó a él, invadiendo su espacio vital, hasta que pudo ver el reflejo de sus propios ojos ámbar en los oscuros ojos de la Bestia.

—Te gané el contrato, estoy haciendo que tu empresa gane millones y te trato con el respeto que tu posición exige. Si quieres buscar secretos, empieza por los de tu propia casa. Bárbara te está traicionando con alguien que no te imaginas, y tu ex socio está desviando fondos de las cuentas de tus hijos. ¿Quieres saber quién soy? Soy la mujer que te está salvando de hundirte mientras tú pierdes el tiempo jugando al detective conmigo.

​Sebastián quedó petrificado ante la revelación. La frialdad de la información, lanzada con la precisión de un disparo, lo dejó sin aliento.

​—¿Cómo sabes eso? —preguntó, con la voz cargada de una incredulidad furiosa.

​Amelia se dio la vuelta, recogiendo su maletín con parsimonia, como si acabara de discutir el clima en lugar de desmantelar la vida personal de un magnate.

—Tengo mis métodos, Sebastián. No preguntes lo que no quieres saber. Y hazme un favor: la próxima vez que intentes cuestionar mi naturaleza, recuerda que el tiburón no siempre avisa antes de atacar.

​Salió de la oficina dejando a Sebastián solo con sus dudas, sus sospechas y el eco de un chiste malo que, ahora lo entendía, no era una broma en absoluto, sino una prueba. Ella no estaba tratando de ser graciosa; estaba probando si él era lo suficientemente inteligente para ver más allá de la superficie. Y por la mirada que él le había dedicado, ella sabía que él ya no la dejaría en paz, pero ella estaba lista para convertir a la Bestia en su mejor arma o en su primera gran baja del año. El juego de poder estaba lejos de terminar.

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