Morir fue inesperado.
Despertar dentro de una novela fue absurdo.
Pero reencarnar como Serena Valmont, la villana destinada a morir a manos de su propio esposo, fue una completa pesadilla.
Conozco esta historia.
Sé que el emperador Kael Draven jamás amará a Serena. Sé que muy pronto conocerá a la verdadera protagonista. Y sé que, cegada por los celos, Serena cometerá una serie de crímenes que terminarán llevándola al cadalso.
Pero yo no soy Serena.
Y no pienso seguir su destino.
Mi plan es simple: alejarme de la protagonista, pedirle el divorcio al emperador y desaparecer antes de que la historia comience.
Solo hay un problema.
—Quiero el divorcio.
Kael alzó la mirada hacia mí.
—No.
...¿Cómo que no?
Se suponía que esta historia ya estaba escrita.
Entonces, ¿por qué está empezando a cambiar?
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Capítulo 18
Capítulo 18: No fue una cita, pero tampoco fue nada.
Hay momentos en la vida en los que una persona debería quedarse callada.
Yo nunca reconocía esos momentos a tiempo.
—La de esposo celoso.
Eso había dicho en voz alta, frente a mi esposo, el Señor Don Emperador, frente a Elena y Frente a Lucien.
Kael me miraba.
Lucien miraba al suelo.
Elena claramente estaba disfrutando.
—No estoy celoso —repitió Kael.
—Perfecto.
—Perfecto.
—Entonces deja de mirarlo como si estuvieras decidiendo qué método de ejecución utilizar.
Lucien levantó la cabeza.
—Agradezco que hayas notado eso.
—No ayudes —dije.
—Estoy intentando sobrevivir.
Kael lo miró.
Lucien dejó de sonreír.
Muy sensato.
—Regresamos al palacio inmediatamente —dijo Kael.
—Excelente. No veía la hora de regresar.
Me acerqué a la puerta y momentáneamente recordé que llevaba casi nada de ropa y lo poco que tenía era de Lucien.
—Necesito cambiarme.
Su mirada volvió a la camisa de Lucien.
Otra vez.
—Sí.
Ese «sí» tenía problemas emocionales.
Muchos.
Elena apareció a mi lado.
Seguía usando el abrigo de Kael.
Miré el abrigo.
Después a Kael.
Después a Elena.
Correcto.
La historia.
Eso era lo importante.
Habían pasado la noche juntos.
¿Cómo había salido?
¿Habían hablado?
¿Hubo chimenea?
¿Hubo miradas?
¿Hubo manos rozándose accidentalmente?
Necesitaba saber.
Por motivos de supervivencia.
Naturalmente.
—Elena.
—¿Sí?
—¿Podemos hablar?
Kael giró.
—Ahora no.
Lo miré.
—Le pregunté a Elena, no a ti, aguafiestas.
Lucien hizo un ruido que podría haber sido una tos.
—Todos regresamos juntos ahora —dijo Kael.
—No entiendo por qué estás tan mandón.
—Soy Emperador, es mi trabajo.
—Ese argumento no puede solucionar todas las discusiones.
—Hasta ahora funciona bastante bien.
Lo odiaba.
Un poquito.
El viaje de regreso fue incómodo.
No para mí.
Bueno.
Sí para mí.
Pero sobre todo para los dos hombres que parecían haber decidido fingir que el otro no existía.
Lucien cabalgaba a mi derecha.
Kael a mi izquierda.
Elena iba junto a Kael.
Y yo estaba en medio.
Literalmente.
—Esto es absurdo —murmuré.
Lucien giró la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
—Estoy aprendiendo de Kael.
—Es mala influencia.
—Te escuché —dijo Kael.
—Era la intención —respondió Lucien.
No.
No, no.
Señores.
Civilización.
—¿Podemos llegar al palacio sin iniciar una guerra?
—No hay ninguna guerra —dijo Kael.
—Claro —respondió Lucien.
—Ese tono...
—¿Qué tono?
—Ese.
—¿Podrías describirlo?
Kael giró hacia él.
—Lucien.
—Majestad.
Silencio.
Oh.
Había vuelto a usar el título.
No me gustó.
—¿Qué pasó entre ustedes? —pregunté.
Ambos respondieron:
—Nada.
Al mismo tiempo.
Elena empezó a reír.
La miré.
—No los animes.
—Lo siento.
No lo sentía.
Podía verlo.
Cuando llegamos al palacio, mi primera misión fue arrastrar a Elena a mis aposentos.
—Habla.
Ella parpadeó.
—¿Sobre qué?
—Anoche.
—¿Qué quieres saber?
Todo.
ABSOLUTAMENTE TODO.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Kael está bien?
—Sí.
—¿Estuvieron solos?
—Sí.
Perfecto.
—¿Hablaron?
—Serena.
—¿Qué?
Elena sonrió lentamente.
No.
—¿Por qué haces tantas preguntas?
—Preocupación.
—Pareces mi madre.
—Tu madre seguramente hace menos preguntas.
Elena se sentó en el sofá.
—Encontramos refugio en una cabaña.
Sí... ¿Y qué más?
—Había una chimenea.
Claro que había una chimenea.
—El emperador encendió fuego.
Naturalmente.
—Y me prestó su abrigo.
Miré el abrigo que todavía llevaba.
—Veo.
Sentí algo.
Pequeño.
Molesto.
Nada importante.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué hablaron?
Elena pensó.
—De muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—De mi familia.
—Ajá.
—De libros.
—Ajá.
—De su infancia.
Me detuve.
Kael hablaba de su infancia con Elena.
Bueno.
Eso parecía íntimo.
Perfecto.
Era lo que debía ocurrir.
—¿Te gusta?
Elena abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Kael.
—¡Serena!
—Pregunta sencilla.
—¡Es tu esposo!
—Temporalmente.
—Sigues diciendo eso.
—Porque sigue siendo verdad.
Elena se puso roja.
Interesante.
—No sé.
—Eso no es un no.
—Es amable.
Me quedé mirándola.
—¿Kael?
—Sí.
—¿Estamos hablando del mismo hombre con el que me casé?
Elena rio.
—Fue amable conmigo.
Ajá.
Así empezaba.
La historia funcionaba.
Entonces debería sentirme feliz.
Muy feliz.
Extremadamente feliz.
—Perfecto.
Elena frunció el ceño.
—¿Perfecto?
—Nada.
No sabía por qué esa palabra me había salido tan seca.
Elena me observó.
—Serena...
—¿Qué?
—¿Tú todavía lo amas?
Me congelé.
—No.
Demasiado rápido.
Elena arqueó una ceja.
—No sé... —corregí inmediatamente.
—¿Cómo que no sabes?
—Nunca estuve enamorada de él.
Eso era verdad.
—Pero eres su esposa.
—Eso es administración, no emoción.
—Qué romántica.
—Estoy intentando sobrevivir.
Elena sonrió.
—Entonces quizá deberías dejar de mirarlo como lo haces.
Mi corazón dio un salto.
—¿Cómo lo miro?
—Como si quisieras golpearlo y besarlo al mismo tiempo.
Abrí la boca.
La cerré.
—No hago eso.
—Sí.
—No.
—Serena.
—¡Tú también empiezas con eso!
Ella se rio.
Traición absoluta.
Después llegó Lucien.
Sin avisar.
Como todo hombre en ese palacio.
—¿Qué quieres?
—Devolver algo.
Levantó mi vestido.
El que había usado durante la tormenta.
Limpio.
Perfectamente doblado.
—Oh... Gracias Lucien, no debiste tomarte la molestia...
Lo tomé.
Elena apareció detrás de mí.
—Duque Raventhal.
—Lady Rosenthal.
Sus ojos se movieron hacia mí.
—Serena.
Sonrió.
Elena lo vio.
Claro que lo vio.
Yo también.
Maldita sonrisa.
—¿Qué?
—Nada.
—Deja de hacer eso.
—¿Hacer qué?
—Mirarme como si supieras algo que yo no.
—Sé muchas cosas que tú no.
—Arrogante.
—Curiosa.
Elena tosió.
Nos giramos.
Sonreía.
—¿Qué?
—Nada.
No.
Ya estaba contagiada.
—¿Por qué todo el mundo dice nada?
—Quizá porque haces demasiadas preguntas incómodas —respondió Lucien.
Elena miró entre nosotros.
—Los dejaré solos.
—¡No!
Demasiado rápido.
Lucien levantó una ceja.
Elena sonrió todavía más.
—Tengo que irme de todas formas.
—Elena...
—Después hablamos.
Me dio un beso en la mejilla.
Y se marchó.
Traición.
Cerré la puerta.
Me giré hacia Lucien.
—Si dices una sola palabra...
—¿Sobre qué?
—Lo sabes.
Sonrió.
—No sé de qué hablas.
—Perfecto.
Fui a dejar el vestido.
—Serena.
—¿Qué?
La sonrisa desapareció.
—¿Estás bien?
Me detuve.
—Sí.
—No me refiero a la caída.
—¿Entonces?
—A anoche.
Pensé en la carta.
La investigación.
Kael.
La tormenta.
—Estoy bien.
Lucien se acercó.
—No tienes que decirme todo.
—Bien.
—Pero tampoco tienes que fingir conmigo.
Eso me hizo callar.
La forma en que lo dijo...
Sin presión.
Sin exigencias.
Simplemente allí.
Era extraño.
Kael siempre intentaba arrancarme respuestas.
Lucien dejaba que llegaran.
—¿Por qué eres tan amable conmigo?
Él pareció sorprendido.
—¿Es una acusación?
—Pregunta legítima.
—No sé.
—Respuesta mala.
Lucien apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Quizá porque me gusta esta Serena.
Mi corazón se detuvo.
...
Oh.
No.
—¿Esta Serena?
—Sí.
Mal.
Muy mal.
—¿Y la anterior?
—Me caía bastante mal.
Justo.
—Gracias.
—Pediste honestidad.
—Me arrepiento.
Lucien sonrió.
Pero no apartó la mirada.
—Ahora te ríes.
—Antes también me reía.
—No conmigo.
—Eso ya lo dijiste.
—Ahora me buscas.
—Porque eres útil.
—Qué romántico.
—No era romanticismo.
—Una pena.
Silencio.
Algo había cambiado.
No sabía exactamente cuándo.
Quizá en la cabaña.
Quizá antes.
Pero Lucien ya no parecía estar bromeando únicamente por diversión.
Y eso... era peligroso.
—Lucien.
—Serena.
—No te enamores de mí.
Silencio.
Me arrepentí inmediatamente.
—¿Qué?
Su sonrisa había desaparecido.
Completamente.
—Era una broma.
—No sonó como una.
—Entonces fue una mala broma.
Intenté apartarme.
Lucien habló.
—¿Y si ya es demasiado tarde?
Me detuve.
No.
No.
Eso no estaba... Bueno.
Lucien podía cambiar la historia.
Lo sabía.
Pero...
—No digas cosas así.
—¿Por qué?
—Porque estoy casada.
—Quieres divorciarte.
Golpe bajo.
—Porque...
No sabía.
Lucien dio un paso hacia mí.
No demasiado.
Solo suficiente.
—No te estoy pidiendo nada.
Su voz era tranquila.
—Ni que me elijas. Ni que dejes a Kael. Ni siquiera que sientas algo. De hecho, ni siquiera sé si tengo el completo valor y honor de declararme a la Emperatriz... Solo no me pidas que no sienta yo.
Silencio.
Maldito hombre.
Eso había sido demasiado bueno.
—Eso no es justo.
Lucien sonrió apenas.
—Nunca dije que lo fuera.
Me quedé mirándolo.
Y por primera vez desde que había llegado a aquel mundo pensé algo que me dio más miedo que cualquier mensaje de la historia.
Podría gustarme Lucien de verdad.
No como personaje.
No como segundo protagonista.
No como aliado.
Como hombre.
Y eso complicaba absolutamente todo.