El es abandonado por su alfa y encuentra refugio en otro
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Capitulo 15
Luego, Luca y Darian fueron a buscar a Evan para llevarlo a dar una vuelta al edificio y así perdiera el miedo.
Darian había insistido en que Evan fuera con ellos. Su amigo necesitaba ver que el lugar no era una guarida de monstruos, que era solo una oficina como cualquier otra. Y aunque Evan no estaba del todo convencido, aceptó.
Cuando los tres llegaron al edificio, Evan respiró hondo y apretó los puños.
—Tranquilo —dijo Darian, tomándole la mano—. Estoy aquí.
—Y yo —añadió Luca con una sonrisa tranquilizadora.
Entraron.
Y entonces, todo fue extraño.
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En el vestíbulo
Apenas pusieron un pie dentro, una recepcionista de sonrisa perfecta saltó de su silla como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—¡Señor Evan! ¡Bienvenido! —exclamó con una voz tan dulce que parecía artificial—. ¿Cómo está hoy? ¿Durmió bien? ¿Quiere un café? ¿Un té? ¿Quizás un masaje? Tenemos a nuestros mejores terapeutas disponibles.
Evan parpadeó, confundido.
—Yo... no... solo vine a mirar.
—¡Por supuesto! ¡Mire todo lo que quiera! —dijo la recepcionista, casi inclinándose en reverencia—. ¿Quiere un recorrido? ¡Yo misma se lo haré! ¡O puede llevarlo nuestro mejor guía! ¡O yo! ¡O todos!
Darian y Luca intercambiaron una mirada cómplice.
Algo olía mal.
—Gracias, pero podemos solos —dijo Luca, tratando de contener una sonrisa.
No habían caminado tres pasos cuando un empleado apareció corriendo con una bandeja de pastelitos.
—¡Señor Evan! ¡Pruebe estos! Los hizo mi abuela, son los mejores de la ciudad. ¡Por favor, acepte uno! ¡O dos! ¡O todos!
Evan retrocedió asustado.
—Está bien, está bien, solo uno...
El empleado le ofreció la bandeja con tanta emoción que parecía que iba a llorar si Evan no aceptaba.
—¡Qué bonito pastelito! —dijo otro empleado que apareció de la nada—. ¡Señor Evan, qué bien se ve hoy! ¿Usa algún perfume nuevo? ¡Huele delicioso! ¡Como a rosas y felicidad!
Evan se sintió acorralado. Darian, a su lado, intentaba no reírse.
—Luca —susurró Darian—. ¿Qué está pasando aquí?
Luca se llevó una mano a la boca para ocultar su sonrisa.
—Mi jefe... es un poco intenso con las primeras impresiones.
—¿Intenso? —Darian señaló a un grupo de empleados que se habían formado en fila para saludar a Evan—. ¡Esto es una locura!
Una mujer con lágrimas en los ojos se acercó a Evan.
—Señor Evan, solo quiero que sepa que soy su fan número uno. He oído tantas cosas bonitas de usted... ¡Espero que sea feliz aquí! ¡Muy feliz! ¡Lo más feliz del mundo!
Evan se giró hacia Darian con ojos de auxilio.
—Darian, quiero irme.
—No, no, no —intervino Luca rápidamente—. Vamos a la oficina de Caius, ahí no va a haber tanta gente.
Pero cuando llegaron al pasillo que llevaba a la oficina principal, una fila de empleados los recibió con globos y serpentinas.
—¡BIENVENIDO, EVAN! —gritaron al unísono.
Un cartel enorme colgaba del techo:
"EVAN, ERES EL MEJOR OMEGA DEL MUNDO. ESPERAMOS QUE TE QUEDES CON NOSOTROS. ❤️"
Darian estalló en carcajadas.
—¡No puedo! ¡Esto es demasiado! —dijo entre risas—. Evan, ¡tienen globos con tu cara!
Evan miró el cartel y vio su propia foto impresa en tamaño gigante, con un marco de corazones.
—¿QUÉ ES ESTO? —gritó, avergonzado.
—Caius... —murmuró Luca, negando con la cabeza—. Se pasó.
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En la oficina de Caius
Cuando finalmente lograron abrirse paso entre los empleados que le ofrecían flores, chocolates y tarjetas de felicitación, entraron a la oficina.
Caius estaba de pie detrás de su escritorio, con las manos detrás de la espalda, aparentando serenidad. Pero Luca lo conocía bien. Los dedos de su jefe se movían nerviosamente, y su mandíbula estaba ligeramente tensa.
—Evan —dijo Caius, con la voz tan suave como pudo—. Me alegra que hayas venido.
Evan se quedó quieto, sin saber qué decir.
Caius señaló una mesa en el centro de la oficina, donde había un servicio de té completo con tazas de porcelana fina, pastelillos, sándwiches de pepino y una tetera humeante.
—Pensé que podríamos tomar un té —ofreció Caius—. Si te parece bien.
Los cuatro se sentaron alrededor de la mesa.
Luca sirvió el té con movimientos expertos, mientras Darian miraba todo con incredulidad. El famoso Caius, el mafioso más temido de la ciudad, parecía un adolescente en su primera cita.
—Evan —dijo Caius, con las manos alrededor de su taza—. Quiero disculparme por lo que pasó en la entrevista. No fue mi intención asustarte. Lamento que hayas pasado por eso.
Evan bajó la mirada.
—No fue su culpa. Yo... yo tengo problemas con ciertas cosas.
—Lo sé —dijo Caius—. Y quiero que sepas que aquí, si decides quedarte, nadie va a hacerte daño. Ni Félix ni nadie.
Evan levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Sabe lo de Félix?
—Sé todo lo que necesito saber —respondió Caius, con un destello de peligro en los ojos—. Y también sé que no mereces que te traten así.
Darian le dio un codazo a Evan por debajo de la mesa.
—¿Ves? —susurró—. No es tan malo.
Evan respiró hondo.
—Bueno... quizá podría intentarlo.
Caius sintió que el corazón le daba un vuelco, pero mantuvo la compostura.
—¿En serio?
—Sí —dijo Evan—. Necesito trabajo, y por lo que veo... aquí me tratarían bien. Quizás demasiado bien —agregó con una sonrisa tímida.
Caius sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Luca la vio.
Su jefe estaba feliz. Realmente feliz.
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—Bueno —dijo Luca, levantándose—. Creo que aquí estamos de más.
Darian lo miró con sorpresa.
—¿Qué? ¿Ya nos vamos?
—Sí —respondió Luca, guiñándole un ojo—. Creo que Caius y Evan necesitan hablar solos.
Darian frunció el ceño.
—Pero yo no puedo dejar a Evan solo...
—Darian —interrumpió Evan con una sonrisa—. Está bien. Yo puedo quedarme un rato.
Darian dudó. Miró a su amigo, luego a Caius, luego a Luca.
—Pero si pasa algo...
—No va a pasar nada —dijo Caius con firmeza—. Está a salvo aquí.
Darian no estaba del todo convencido, pero Luca lo tomó de la mano con suavidad.
—Vamos, conejito —susurró Luca—. Déjalos.
Darian se levantó a regañadientes.
—Está bien —dijo, señalando a Caius—. Pero si le pasa algo, te juro que...
—No pasará nada —cortó Caius, con una sonrisa.
Luca llevó a Darian hacia la puerta, pero cuando su Omega seguía mirando atrás con preocupación, sacó algo de su bolsillo.
—Mira —dijo Luca, colocando una tarjeta negra en la mano de Darian—. Mi tarjeta de crédito. Sin límite.
Darian abrió los ojos como platos.
—¿En serio?
—En serio —respondió Luca con una sonrisa—. Ve a comprar lo que quieras. Zapatos, ropa, lo que sea. Yo te alcanzo más tarde.
Darian olvidó por completo su preocupación. Sus ojos brillaron con emoción.
—¡Eres el mejor hombre del mundo! —exclamó, besando a Luca en la mejilla y saliendo corriendo hacia la calle.
Luca lo siguió con la mirada, negando con la cabeza y sonriendo.
—Mi conejito blanco... tan fácil de contentar —murmuró.
Y caminó detrás de él, protegiéndolo desde las sombras, como siempre.
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En la oficina de Caius
Evan y Caius se quedaron solos.
El silencio se extendió entre ellos, pero no era incómodo. Era un silencio cargado de posibilidades.
—Bien —dijo Evan—. ¿Cuándo empiezo?
Caius sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el futuro se veía brillante.
—Cuando tú quieras —respondió el,