En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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Capítulo 7: El día que el pasado tocó la puerta
El día que el pasado tocó la puerta
Lucas no fue a la universidad.
Se quedó en el sillón con una manta hasta casi el mediodía, mirando un punto fijo en la pared. Yo le preparé té que no bebió y tostadas que apenas tocó. No intenté llenar el silencio con palabras vacías. Solo me senté cerca, lo suficiente para que supiera que no estaba solo, pero sin invadir el espacio que necesitaba para romper.
A las dos de la tarde se levantó, se duchó y salió de su habitación con el cabello mojado y los ojos todavía hinchados.
—Voy a borrar su número —dijo.
La frase sonó simple. Casi frágil.
—¿Quieres que esté conmigo mientras lo haces?
Asintió.
Nos sentamos en el piso de la sala, con las piernas cruzadas como cuando éramos adolescentes y escondíamos secretos debajo de las almohadas. Lucas tomó el teléfono con las dos manos. Buscó el chat. El último mensaje de Thiago seguía ahí, sin responder: “No sé qué te pasa. Llama cuando se te pase.”
Lucas se quedó mirándolo un largo rato.
—Es curioso —murmuró—. Cómo la misma frase puede doler tanto desde dos bocas distintas.
No tuve que preguntar a qué se refería. Mateo me había escrito casi lo mismo.
Presionó el botón de eliminar contacto. Después bloqueó el número. El teléfono vibró una vez, como un último coletazo, y después se quedó en silencio.
Lucas dejó el aparato sobre la alfombra y se tapó la cara con las manos. No lloró esta vez. Solo respiró hondo, una, dos, tres veces, como si estuviera sacando algo venenoso de los pulmones.
—Listo —dijo al fin, con la voz ronca—. Ya está.
Me acerqué y apoyé mi frente contra la suya.
—Estoy orgullosa de ti.
—Todavía duele.
—Va a doler un tiempo. Pero ya no vas a sangrar en silencio.
Él asintió. Y por primera vez en días, una sonrisa pequeña —rota, pero real— asomó en su boca.
Esa pequeña victoria duró poco.
A las cinco de la tarde el timbre sonó.
Lucas y yo nos miramos. Él se levantó primero.
—Si es Thiago, no le abras —dije.
—No creo que sea él.
Abrió la puerta. Del otro lado estaba Mateo.
No traía flores esta vez. Ni collares. Ni esa sonrisa de niño arrepentido. Traía una expresión seria, casi fría, y una carpeta negra bajo el brazo.
—Necesito hablar con Valeria —dijo, mirando directamente a Lucas—. A solas.
Lucas se tensó.
—Ella decide eso.
Me levanté y caminé hasta la entrada. El corazón me latía con fuerza, pero ya no era el mismo miedo de antes. Era una alerta distinta. Más clara.
—Puedes pasar —dije—. Cinco minutos.
Lucas me miró con preocupación. Le hice una seña suave para que nos dejara. Él dudó, pero terminó yendo a su habitación, dejando la puerta entreabierta a propósito.
Mateo entró. Cerró la puerta detrás de sí y dejó la carpeta sobre la mesa de la entrada.
—No me has contestado en días —empezó.
—Lo sé.
—¿Es en serio esto? ¿Vas a tirar abajo dos años por una pelea?
Dos años.
En esta línea temporal todavía éramos solo eso. Dos años. En mi otra vida habían sido muchos más… y igual habían terminado en el mismo lugar.
—No es por una pelea, Mateo.
—Entonces explícamelo. Porque no entiendo nada. De pronto actuás como si te hubiera traicionado de la peor manera.
La ironía me golpeó tan fuerte que casi me sale una risa amarga.
—Tal vez simplemente me cansé de ser la única que pone el esfuerzo.
Mateo dio un paso más cerca. Bajó un poco la voz, esa voz que siempre había usado para convencerme.
—Valeria… yo te quiero. Tú lo sabes. Pero no puedo estar con alguien que cada vez que se enoja decide desaparecer. Eso no es maduro.
Ahí estaba otra vez.
El discurso.
El que convertía mi necesidad de respeto en un defecto mío.
—Entonces quizás no deberíamos estar juntos —dije con calma.
Sus ojos se abrieron apenas. No esperaba que yo lo dijera primero.
—No digas estupideces.
—No es una estupidez. Es una posibilidad.
Mateo apretó la mandíbula. Después tomó la carpeta y me la extendió.
—Antes de que sigas con este drama, mira esto.
Abrí la carpeta. Adentro había papeles. Documentos de una inmobiliaria. El contrato de alquiler de un departamento de dos ambientes en un barrio mucho mejor que el nuestro.
—Lo conseguí para nosotros —dijo—. Pensé que podíamos empezar a vivir juntos. Que tal vez eso nos estabilizaría. Pero si prefieres seguir jugando a la independiente… dímelo ahora y lo cancelo.
El golpe fue bajo.
Y preciso.
En mi vida anterior ese departamento había sido el escenario de algunas de nuestras peores peleas… y también de las noches en que yo me aferraba a él creyendo que la cercanía física podía arreglar lo que ya estaba roto.
Esta vez cerré la carpeta despacio.
—No quiero un departamento con alguien que me hace sentir que pedir espacio es un capricho.
Mateo se quedó muy quieto. Después soltó una risa corta, incrédula.
—Wow. Entonces esto es real. Estás dispuesta a tirar todo por la borda.
—Estoy dispuesta a no traicionarme otra vez.
Él me miró como si fuera la primera vez que me veía. Después tomó la carpeta de mis manos, la guardó bajo el brazo y caminó hacia la puerta.
Antes de salir se detuvo.
—Cuando te arrepientas —dijo sin mirarme—, no sé si voy a estar disponible.
Cerró la puerta con suavidad. Esa suavidad dolió más que si la hubiera golpeado.
Me quedé parada en el medio de la sala mucho tiempo. Hasta que las piernas me temblaron y tuve que sentarme en el piso.
Lucas salió de su habitación casi de inmediato. Se sentó a mi lado sin preguntar nada. Solo esperó.
—Me ofreció mudarnos juntos —dije al fin, con la voz rara—. Como si un departamento pudiera tapar todo lo demás.
—¿Y tú?
—Dije que no.
Lucas apoyó la cabeza en mi hombro.
—Estamos aprendiendo a decir que no al mismo tiempo, ¿no?
—Parece que sí.
Nos quedamos en el piso hasta que la luz de la tarde se volvió naranja y después gris. En algún momento Lucas se levantó a preparar fideos con manteca, la comida de las crisis. Comimos en silencio. Después él se fue a su habitación y yo me quedé en la sala con la libreta abierta.
Escribí:
“Hoy me ofreció un futuro.
El mismo futuro que en otra vida me atrapó.
Hoy dije que no.
Me duele el pecho.
Pero por primera vez el dolor se siente limpio.”
Cerré la libreta.
Eran casi las once cuando el teléfono vibró. Esta vez no era Mateo. Era un número desconocido. Dudé antes de contestar.
—¿Hola?
Una voz masculina, grave y calmada, habló del otro lado:
—Disculpe la hora. Busco a Valeria Mendoza. Mi nombre es Adrián Rivas. Creo que perdió una libreta esta tarde en el café de la calle Mendoza. Tiene su nombre adentro.
El corazón me dio un vuelco.
La libreta.
La había olvidado en la mesa del café.
—Sí… soy yo. Gracias por llamar.
—Puedo dejársela en la recepción del edificio si me da la dirección. O, si prefiere, estoy todavía cerca del café por trabajo. Puedo esperarla diez minutos.
Miré el reloj. Después miré la puerta de la habitación de Lucas.
—Voy para allá. Diez minutos.
Colgué. Me puse una campera y salí.
El café estaba a punto de cerrar. Solo quedaban dos mesas ocupadas. El hombre del traje oscuro —el mismo de días atrás— estaba sentado cerca de la ventana, con mi libreta sobre la mesa y una taza de café negro todavía medio llena.
Se levantó cuando me vio.
—Valeria Mendoza —dijo, como confirmando.
—Sí. Gracias… de verdad. Es importante para mí.
Le extendí la mano para tomar la libreta. Nuestros dedos se rozaron un segundo. Él tenía las manos frías.
—La leí —admitió con naturalidad—. Solo la primera página. Para saber de quién era. Tiene una letra… intensa.
Me ruboricé un poco.
—Son solo notas.
—Parecen más que notas. Pero no es asunto mío.
Me devolvió la libreta. Antes de que me fuera, agregó:
—Cuídese, Valeria. A veces las cosas que escribimos en los momentos más oscuros son las que después nos recuerdan quiénes queremos ser.
No supe qué responder. Solo asentí, murmuré otro gracias y salí al frío de la noche.
Mientras caminaba de regreso, apreté la libreta contra el pecho.
Por primera vez desde que había despertado en esta nueva vida, sentí que alguien me había mirado sin querer arreglarme ni convencerme de nada.
Solo me había visto.
Y eso, de alguna forma extraña, me asustó más que todas las amenazas de Mateo juntas.