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El Halcón y la doctora

El Halcón y la doctora

Status: Terminada
Genre:Romance / Doctor / Amor en la guerra / Policial / Completas
Popularitas:8.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Luz Salazar

Valentina Reyes es médica de urgencias en el Hospital Civil de Guadalajara. Trabaja turnos de cuarenta y ocho horas, mantiene sola a su madre en silla de ruedas y no tiene tiempo para el amor. Mucho menos para un hombre que llega a su sala de emergencias cubierto de sangre, con el cuerpo lleno de cicatrices y una mirada que dice: *yo te conozco*.

Santiago Montero no es quien aparenta ser. Para el mundo es el heredero del Grupo Montero, una de las familias más poderosas de Jalisco. Para el cártel Los Voraces, es "El Halcón", un sicario leal que lleva cinco años infiltrado entre asesinos y narcotraficantes. Para el ejército, es un capitán de fuerzas especiales dispuesto a sacrificarlo todo por destruir al capo más peligroso de Sinaloa.

Pero para Valentina... Santiago es el niño al que ella le regaló un dulce de tamarindo en una capilla destruida, hace veinte años. Ella lo salvó. Él nunca la olvidó. Ella, por el trauma, borró su rostro de la memoria.

Ahora Santiago ha vuelto. Y está dispuesto a esperar lo que haga falta.

Cien cartas escritas en secreto. Una medalla con la inicial "S" que ella lleva al cuello sin saber por qué. Un anillo de plata con turquesa que él juró ponerle en el dedo... aunque le cueste la mano entera.

Pero el pasado no perdona. El Tigre, líder de Los Voraces, tiene una deuda de sangre con la familia Reyes. Y cuando descubra que El Halcón tiene un punto débil llamado Valentina, la guerra dejará de ser solo entre cárteles.

Entre secuestros, tiroteos, secretos familiares y una boda en la misma capilla donde todo comenzó, Valentina y Santiago descubrirán que el destino los unió por una razón.

La pregunta es si sobrevivirán para demostrarlo.

NovelToon tiene autorización de Luz Salazar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16

Dos Mundos

La sala de juntas de Grupo Montero ocupaba todo el piso veintiséis. Cristales del suelo al techo, vista panorámica de Guadalajara, una mesa de caoba lo bastante larga para aterrizar un avión.

Santiago odiaba esa mesa.

—¿Me estás escuchando?

Andrés lo miraba desde el otro lado con una mezcla de exasperación y cariño que solo un hermano menor podía lograr.

—Te estoy escuchando —dijo Santiago, cerrando la carpeta que no había leído.

—No es cierto. Llevas quince minutos mirando por la ventana.

Andrés se aflojó la corbata y se recargó en la silla.

—Hermano, papá quiere que dirijas la empresa, y tú ni apareces. ¿Sabes cuántas juntas has faltado este trimestre? Once de catorce.

—Tuve compromisos.

—¿Compromisos? —Andrés levantó las cejas—. Mano, yo no sé qué haces cuando desapareces. No pregunto porque sé que no me vas a contestar. Pero papá ya no tiene paciencia, y yo llevo meses tapándote.

Santiago sintió algo apretarle el pecho. Andrés no merecía eso. Andrés, que conocía cada división del grupo, que se sabía los nombres de los empleados de intendencia. Andrés, que debería ser el heredero.

—Lo sé —dijo Santiago, en voz baja—. Y te lo agradezco.

—No quiero que me lo agradezcas. Quiero que vengas a las juntas.

—Voy a intentar.

—Siempre dices eso.

Porque siempre era verdad. Lo que Andrés no sabía —lo que no podía saber— era que los compromisos de Santiago tenían el peso de cosas que no se discutían en salas de juntas.

—Mira —dijo Andrés, suavizando el tono—, la próxima semana hay una cena con los inversionistas de Monterrey. ¿Puedes hacer eso por mí?

—Voy a estar ahí. Promesa.

Andrés asintió, satisfecho. Recogió las carpetas.

—Lee el informe del proyecto Chapala antes del viernes. Cuarenta páginas.

—Las gráficas las entiendo.

—Lee el texto también, mano.

Santiago sonrió mientras su hermano salía. La sonrisa duró tres segundos.

Sacó el teléfono. Un mensaje de Mateo: "Los Voraces movieron carga por la frontera norte. Estamos monitoreando."

Guardó el teléfono. Miró la ciudad a través del cristal.

Dos mundos. Siempre dos mundos.

* * *

Santiago caminó por el pasillo de traumatología con margaritas y una bolsa de pan dulce.

Estrella lo recibió con mejor color que la última vez. La fractura sanaba bien.

—Mire nada más —dijo ella, sonriendo—. El señor importante con flores.

—No soy importante.

—Trae flores y pan dulce. Para mí eso es bastante importante.

Antes de que pudiera responder, una voz llegó desde la puerta.

—Buenas tardes, Estrella. Vengo a revisar... —Valentina se detuvo al ver a Santiago—. Ah. Buenas tardes.

Había un tiempo en que ese encuentro habría sido tenso. Pero algo había cambiado.

Valentina revisó el expediente, le tomó el pulso, examinó la movilidad del brazo.

—La inflamación bajó mucho. Si sigue así, el lunes hablamos del alta.

—¡El lunes! —Estrella miró a Santiago con ojos brillantes.

—Gracias, doctora —dijo él.

—Es mi trabajo —respondió Valentina, pero la sonrisa que le dedicó no era profesional. Era pequeña, breve. Real.

Santiago le devolvió la sonrisa. Estrella los miraba con la expresión satisfecha de alguien que entiende perfectamente lo que está pasando.

—Dígale a este señor que coma algo —pidió Estrella cuando Valentina se despedía—. Se ve flaco.

—Tiene razón —rio Valentina—. Se ve un poco flaco.

—Traidora —murmuró Santiago, pero sonreía.

Valentina salió. Santiago la observó alejarse y notó algo: sus hombros se tensaron al pasar frente a cirugía. Un segundo, tal vez menos.

No preguntó. Pero lo archivó.

* * *

A las siete, Valentina guardaba sus cosas en el casillero cuando llegó el mensaje.

"Doctora Reyes, ¿ya comió?"

Miró el sándwich a medio comer que llevaba en la bolsa desde las dos de la tarde.

"¿Medio sándwich de hace cinco horas cuenta como haber comido?"

"No. Conozco un lugar. Estos son los mejores tacos de birria de Guadalajara. No puedes no conocerlos."

"Soy de Guadalajara. Claro que me gustan los tacos de birria."

"La veo en la puerta del hospital en veinte minutos."

Valentina se miró en el espejo. Ojeras, chongo despeinado, cero maquillaje. Se soltó el pelo, se lo volvió a recoger.

—Es solo comida —se dijo en voz alta.

El espejo no le creyó.

* * *

El mercado nocturno de la colonia Americana era un caos hermoso. Puestos con humo, focos colgantes, música de un trío en la esquina. Olores de carne asada, cilantro, cebolla caramelizada.

Santiago la esperaba sin traje. Jeans oscuros, camisa arremangada, botas.

—Venga. Don Beto cierra a las diez y ya hay fila.

—¡Santiago! —gritó un hombre enorme detrás de un comal—. ¡Meses sin verte, cabrón!

—Don Beto, buenas noches. Me traje a alguien que dice que le gustan los tacos de birria pero no ha probado los suyos.

—Entonces no sabe lo que es la birria, señorita. Siéntense.

Don Beto les puso tacos de birria dorados, consomé humeante, dos aguas de jamaica. Valentina mordió el primer taco y el sonido que hizo no fue elegante.

—Dios mío. ¿Por qué no conocía este lugar?

—Porque los mejores tacos de Guadalajara no están en Google Maps. Están donde Don Beto ponga su comal esa semana.

Comieron. Hablaron. No de misiones ni de expedientes sospechosos. Cosas normales: la infancia de Santiago con sus primos, la residencia de Valentina, la vez que Andrés intentó cocinar mole y casi incendia la cocina.

—No es cierto —dijo Valentina, riendo.

—Te juro. Llamó a los bomberos. Mi mamá no le habló en tres días.

—¿Por casi quemar la cocina?

—No. Por arruinar la olla de cobre. Era herencia de mi abuela.

Valentina soltó una carcajada. Santiago la observó con una expresión que él mismo no sabía que tenía: la de alguien mirando algo que no se merece pero no puede apartar la vista.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Algún desastre culinario?

—Intenté hacer sushi. Terminé con arroz en el techo. Olla de presión. No preguntes más.

Santiago rio. Una risa baja que transformaba su cara de algo duro a algo casi joven.

Valentina lo miró mientras él le ponía limón a su tercer taco, con ese gesto natural de alguien que ha comido en puestos callejeros toda su vida. Que conoce a cada vendedor. Que bromea en jerga local y deja propinas generosas.

"Este no es el hombre que vi matar en San Miguel", pensó. "Este es alguien que lleva demasiado tiempo fingiendo ser un monstruo."

—Oye —dijo Santiago—. Te quedaste callada.

—Estaba pensando en que tienes razón. Son los mejores tacos de Guadalajara.

Santiago la miró como si supiera que no era eso. Pero no insistió.

—¿Quiere más jamaica, doctora?

—Ya no me digas doctora. Estamos comiendo tacos en un puesto callejero.

—Entonces, ¿cómo le digo?

—Valentina. O Vale.

—Vale —dijo, probando la palabra—. ¿Quieres más jamaica, Vale?

Se sentía extraño. No incómodo: extraño. Como ropa nueva que queda perfecta pero todavía no huele a ti.

Don Beto cerró a las diez. Les regaló jamaica extra "para el camino" y le dijo a Valentina que volviera "con o sin este flaco".

Caminaron por la banqueta. La noche de Guadalajara era tibia.

—¿Estás bien? —preguntó Santiago—. En el hospital, cuando pasaste por cirugía. Te tensaste.

Valentina pensó en los tres expedientes. Las quejas de acoso desestimadas. El nombre de Rodrigo flotando como una sombra.

—Cosas del trabajo. Nada que no pueda manejar.

Santiago no presionó.

—Si en algún momento no puedes manejarlo sola, no tiene nada de malo pedir ayuda.

—¿Tú pides ayuda?

—No. Por eso lo digo. Aprende de mis errores, no de mi ejemplo.

Llegaron a su edificio. Tercer piso, la puerta azul.

—Gracias por los tacos —dijo Valentina—. Necesitaba una noche normal.

—Yo también.

Se miraron. El pasillo estaba vacío.

Un mechón de cabello se soltó del chongo de Valentina. El viento de la escalera lo empujó sobre su frente.

Santiago levantó la mano. Lento. Como si le diera tiempo para apartarse.

Valentina no se movió.

Él le acomodó el mechón detrás de la oreja. Sus dedos rozaron su sien, apenas. Un toque tan breve que podría haber sido accidental si no fuera por la forma en que su mano se detuvo un instante antes de retirarse.

—Buenas noches, Vale.

—Buenas noches, Santiago.

Se dio la vuelta y bajó las escaleras sin mirar atrás.

Valentina entró. Cerró la puerta. Se recargó en ella con los ojos cerrados, sintiendo todavía el fantasma de sus dedos en la sien.

—Estás en problemas —se dijo—. Estás en serios problemas.

Entonces su teléfono vibró.

Número privado. Sin nombre. Un solo mensaje.

"Doctora Reyes, aléjese del Halcón. Por su propio bien."

Las letras brillaban en la oscuridad como una advertencia escrita con fósforo.

El Halcón. Alguien sabía. Alguien los había visto juntos. Alguien estaba vigilando.

Bloqueó el teléfono. Lo puso boca abajo sobre la mesa.

Se sentó en el sillón, en la oscuridad, con el corazón latiéndole en los oídos y el sabor de la birria todavía en los labios.

La noche de Guadalajara seguía tibia al otro lado de la ventana.

Pero dentro del departamento de Valentina Reyes, algo acababa de cambiar.

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Nilda María Ovelar Zarate
Felicidades escritora, buena trama, me gustó mucho!
Esperaremos más historias 🙌
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Rosa Rodelo
Foto foto foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰porfa 😭
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