Samuel lo dio todo por un matrimonio que nunca fue suyo. Durante cinco años suplicó, cedió y aguantó las humillaciones de Samantha, una mujer fría que convirtió cada amenaza de divorcio en un juego para tenerlo de rodillas. Hasta que una noche, entre las llamas de un incendio, entiende la verdad más amarga: ella jamás lo eligió. Y muere sabiéndolo.
Pero abre los ojos… meses atrás, en la audiencia de su vigésimo divorcio. Con el recuerdo intacto de su propia muerte, esta vez Samuel no ruega. Firma. Y se marcha sin mirar atrás.
Lo que Samantha no imagina es que el hombre al que despreció está a punto de convertirse en el nombre que todos susurran: el "Mago de Wall Street". Una herencia oculta, una fortuna que crece de la nada, una niña sin hogar que le devuelve las ganas de vivir y una empresaria tan poderosa como imposible de descifrar… Samuel construye, pieza por pieza, la vida que siempre soñó.
Y mientras él se eleva, quienes lo abandonaron empiezan a caer.
Pero el pasado no arde tan fácil: el hombre por el que Samantha lo dejó morir sigue moviendo los hilos en las sombras, y el fuego podría no ser solo un recuerdo.
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Capítulo 15
Gabriela no desvió la mirada.
GABRIELA — Yo no hago propuestas vacías — comenzó, la voz firme, pero controlada —. Identifico patrones, anticipo movimientos e invierto en quien vale la pena. — Samuel permaneció en silencio, el vaso girando despacio entre sus dedos. Ella continuó—: Apareciste de la nada, dominaste el mercado en semanas, multiplicaste capital como si fuera sencillo. Y ahora abres un negocio que nace ya como referente. — Inclinó levemente la cabeza—. Eso no es suerte. Eso es estrategia.
Samuel se llevó el vaso a los labios, bebiendo con calma.
SAMUEL — ¿Y qué es exactamente lo que quieres?
Gabriela cruzó las piernas, manteniendo la postura impecable.
GABRIELA — Expansión conjunta — respondió —. Tú tienes audacia y timing. Yo tengo estructura, influencia y un alcance internacional consolidado. — Se acercó un poco más—. Juntos podemos dominar mucho más que este mercado local.
El silencio que siguió no estaba vacío: era denso. Samuel la observaba sin prisa, analizando cada palabra, cada intención.
SAMUEL — ¿Y qué ganas tú con eso? — preguntó.
Una leve sonrisa asomó en los labios de ella.
GABRIELA — Crecimiento acelerado — respondió —. Y… interés personal.
Aquello quedó flotando en el aire, ambiguo, deliberado. Samuel apoyó el vaso en la mesa de al lado.
SAMUEL — Este no es el lugar.
Ella arqueó levemente la ceja.
GABRIELA — ¿No?
SAMUEL — Ni el momento — completó —. Los negocios exigen atención. Esto es otra cosa.
Gabriela lo observó un segundo y entonces algo cambió, sutil, pero claro.
Se recostó, dejando escapar la formalidad poco a poco, como quien cambia de estrategia en mitad del juego.
GABRIELA — Tal vez tengas razón… — dijo, más suave.
El sonido del show al fondo llenaba los huecos de silencio, la luz pulsando a través del vidrio mientras la multitud vibraba allá abajo.
Pero ahí, en el palco, el clima había cambiado. Gabriela se levantó, sin prisa.
Caminó unos pasos por el espacio, observando el ambiente como si lo redescubriera, y entonces se detuvo junto a él, más cerca ahora.
GABRIELA — ¿Sabes…? — comenzó —. Me quedé con la curiosidad. — Samuel no respondió, pero tampoco se apartó—. Todo el mundo habla de ti — continuó —, pero nadie te conoce de verdad. — Inclinó levemente el cuerpo, apoyando la mano en el respaldo del sofá donde él estaba sentado—. Y a mí me gusta entender qué hay detrás de las personas interesantes.
La mirada de ella encontró la de él otra vez, más cerca, más intensa. Samuel sostuvo la mirada, sin retroceder, pero había algo ahí, algo distinto del control frío de antes.
SAMUEL — ¿Y descubriste algo? — preguntó.
Gabriela sonrió apenas.
GABRIELA — Todavía no, pero pienso descubrirlo. — Estaba cerca ahora, lo suficiente para que su perfume se volviera presente, suave y marcado.
Samuel no se apartó, pero su mirada cambió: más atenta, más humana. No era un hombre que se dejara llevar con facilidad, pero tampoco era de hierro, y hacía tiempo, mucho tiempo, que no tenía a una mujer.
Gabriela lo notó. Ella siempre notaba el efecto que causaba en los hombres.
GABRIELA — ¿Siempre mantienes esta distancia? — preguntó, casi en tono de provocación.
Samuel inclinó levemente la cabeza.
SAMUEL — Depende.
GABRIELA — ¿De qué?
SAMUEL — De la persona.
La sonrisa de ella se ensanchó.
GABRIELA — ¿Y yo…?
Samuel no respondió, pero tampoco hizo falta: el silencio respondió por él. Gabriela se acercó un poco más; ahora estaba frente a él, sin espacio, sin barreras.
Bajó la mirada un instante, como si analizara algo invisible, y entonces volvió a encararlo. Samuel se levantó despacio, sin prisa.
La tensión era evidente. Ninguno de los dos parecía dispuesto a retroceder, ni a apresurarse. Era un juego, pero no solo estratégico: había algo más, algo físico, casi inevitable.
Samuel se acercó a la mesa y tomó otro trago de whisky, que bebió de una vez. Gabriela se acercó a él, alzó la mano despacio, tocó apenas la solapa de su traje, acomodándola o buscando una excusa.
GABRIELA — Realmente sabes causar impacto.
Samuel le sujetó levemente la muñeca, sin fuerza, pero firme.
SAMUEL — Tú también.
El contacto se quedó, el tiempo suspendido, las miradas atrapadas, y esta vez ninguno de los dos desvió los ojos.
Gabriela se inclinó levemente, sin dudar, sin pedir, y Samuel no lo impidió. El beso empezó suave.
Casi una prueba, un reconocimiento, pero no tardó en ganar intensidad, como todo entre ellos: control e impulso mezclándose.
Ella pasó la mano por la nuca de él, acercándolo más. Samuel respondió, atrayéndola por la cintura, sin prisa.
El mundo de afuera seguía —la música, los gritos, la celebración—, pero ahí dentro nada de eso importaba: era solo el momento, la cercanía y el calor.
Y todo lo que venía con él. Cuando se separaron, no fue algo abrupto: fue lento, como si ambos supieran que aquello no era un simple impulso cualquiera.
Había algo ahí, algo que todavía no tenía nombre, pero que definitivamente no era simple. Gabriela mantuvo la mirada en él, levemente agitada; el beso no había terminado.
Cuando los labios se encontraron, hubo aquel primer instante de prueba, pero, a diferencia de antes, ninguno de los dos retrocedió.
Gabriela profundizó el contacto, sin prisa, pero con intención clara. Su mano subió por la nuca de Samuel, firme, manteniéndolo ahí, como si no hubiera lugar para la duda.
Y él respondió, sin dudar, sin aquella distancia calculada que mantenía con el resto del mundo.
La mano de él se deslizó por la cintura de ella, atrayéndola más cerca, eliminando cualquier espacio entre los dos. El contacto era seguro, decidido, como todo lo que venía de él.
La música estallaba afuera, el público vibraba, la inauguración era un éxito absoluto, pero dentro del palco…
Nada de eso existía. El tiempo parecía suspendido, el beso ganó ritmo, intensidad, no apresurado, pero cargado de algo que iba más allá de una atracción simple.
Era confrontación, curiosidad, tensión acumulada, dos mundos fuertes chocando. Gabriela se apartó un segundo, apenas lo suficiente para respirar.
Pero no para irse. Sus ojos encontraron los de él, brillando, vivos, y sin decir una palabra.
Volvió, esta vez más cerca, más intensa. Samuel no esperó: su mano subió por la espalda de ella, sujetándola firme, mientras el beso recomenzaba con aún más fuerza.
Gabriela deslizó los dedos por el cuello de la camisa de él, sintiendo la tela, el calor, la presencia. Había algo ahí que ella no encontraba a menudo.
Por primera vez esa noche, él no estaba analizando: estaba solo ahí, sintiendo, respondiendo.
El beso se prolongó, sin prisa por terminar, como si ambos rechazaran la idea de interrumpir aquello tan pronto.
Afuera, el show alcanzaba su punto máximo, la cantante encendía a la multitud, pero dentro de aquel espacio cerrado dominaba otra energía, silenciosa.
Gabriela inclinó levemente la cabeza, profundizando aún más el contacto, como si quisiera memorizar aquel momento, entender hasta dónde podía llegar aquello.
Y el beso siguió, sin interrupción, salvo por Gabriela, que se arriesgó.
GABRIELA — ¿En mi casa o en la tuya?