Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 15
Camila
Estaba en mi oficina revisando informes cuando, sin darme cuenta, pasé la yema de los dedos por mis labios.
El gesto fue inconsciente. Automático. Y peligroso.
La imagen de la mañana volvió como un golpe de calor inesperado: la cocina, el silencio roto solo por nuestra respiración, las manos firmes de Maximilian, su manera brutalmente controlada de perder el dominio. No solo había sido intensa por eso. La reunión también había tenido su propio espectáculo.
Recordé la cara de Sebastián mientras hablaba.
Cómo Maximilian, sentado frente a él, pasó de la neutralidad absoluta a una expresión tan gélida que me costó no sonreír. Vi exactamente el segundo en el que entendió que Sebastián estaba improvisando, inflando cifras, mezclando conceptos sin lógica financiera. Fue casi… satisfactorio.
Al salir de la sala tuve que morderme el labio para no reír.
Pero ahora, sentada sola, la risa se disipó.
Lo que realmente me tenía pensativa era otra cosa: nuestras palabras se habían borrado con la primera brisa matutina. No habíamos hablado de nada importante. Ni de lo que pasó. Ni de lo que significaba. Ni de lo que podía pasar.
Y eso me llevaba a un pensamiento que me tensó el estómago.
¿Y si quedaba embarazada?
Me cuidaba. Siempre lo hacía. Y él también colaboraba para que eso no ocurriera. Pero nadie estaba exento. No completamente. No cuando se cruzaban deseo, cercanía y decisiones impulsivas.
Respiré hondo.
No podía permitirme errores. No ahora. No con Sebastián acechando, Marina respirándome en la nuca y Lina jugando a dos bandos.
Así que tomé una decisión práctica: ese mismo día iría a mis chequeos médicos. Y, después, tendría que sentarme a hablar con Maximilian. De verdad. Sin silencios incómodos ni evasiones.
Los chequeos salieron bien.
Perfectos.
Respiré con tranquilidad cuando la doctora me sonrió y dijo que todo estaba en orden. Salí del consultorio con una sensación extraña: alivio mezclado con una presión nueva. Porque ahora no había excusas para seguir evitando la conversación.
Al llegar a casa, algo me sorprendió.
Había luz en la cocina.
—¿Hola? —pregunté, dejando el bolso en la entrada.
—Aquí —respondió una voz grave.
Maximilian estaba de espaldas, frente a la estufa. Arremangado. Concentrado. Cocinando.
Parpadeé.
—Vaya —dije, cruzándome de brazos—. Pensé que no sabías hacer nada de nada.
Él giró apenas el rostro, una ceja arqueada.
—Quería comida alemana —respondió con calma—. Y no confío en los domicilios.
Me acerqué, curiosa.
—¿Qué preparas?
—Königsberger Klopse —dijo—. Albóndigas en salsa blanca con alcaparras. Es de Berlín. Bueno… una versión posible con lo que encontré.
—¿Cocinas y además improvisas? —sonreí—. Esto sí es nuevo.
—No me gusta improvisar —replicó—. Me adapto.
Comimos en silencio durante unos minutos. No era incómodo, pero tampoco ligero. Era un silencio lleno de cosas no dichas.
Dejé los cubiertos a un lado.
—Debemos hacer un nuevo acuerdo.
Él levantó la vista de inmediato. Atento. Preciso.
—Te escucho.
—Esto —dije, señalando el espacio entre nosotros— ya no es solo sexo impulsivo. Trabajamos juntos. Tenemos enemigos comunes. Y hay líneas que no podemos cruzar… o debemos decidir conscientemente cruzarlas.
Maximilian apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Qué propones?
Respiré hondo.
—Un acuerdo claro. Sin promesas románticas, sin mentiras innecesarias. Discreción absoluta en la oficina. Apoyo estratégico mutuo. Y… —dudé apenas— exclusividad mientras esto dure.
Él me observó con esa mirada que siempre parecía evaluar probabilidades.
—¿Y el beneficio? —preguntó—. Para ambos.
—Para ti —respondí—, información interna, lealtad real en un entorno lleno de serpientes y alguien que no te va a adular. Para mí, protección estratégica y un frente común contra Sebastián.
Silencio.
Luego, una leve sonrisa ladeada.
—Eres peligrosa, Camila Reinhart.
—Lo sé.
—Acepto —dijo finalmente—. Con una condición.
—Dime.
—Nada de fingir sentimientos que no existen. Si esto termina, termina limpio.
Asentí.
—De acuerdo.
El resto de la noche se desdibujó entre piel, calor y una necesidad que ya no intentábamos negar. Después, tumbada en mi cama, con el techo como único testigo, pensé en lo que vendría.
Sebastián no iba a rendirse.
Marina tampoco.
Y Lina… Lina jugaba a ser invisible, pero sabía demasiado.
Marina Osorio, 32 años