Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
Pero un veneno en su cuerpo, la hace perder completamente la vida y reencarnar en el cuerpo de una sirvienta de su propio palacio.
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Capítulo 6
Las sirvientas de Asgardia guiaron a Isabela a través de pasillos laberínticos de piedra oscura, donde el aire estaba impregnado del aroma a incienso pesado y brasas encendidas. El contraste con las gélidas y silenciosas estancias de Valaria era abrumador; aquí todo vibraba con una energía implacable, casi asfixiante.
Al llegar al ala oeste, las pesadas puertas de roble y hierro se abrieron para revelar unos aposentos colosales. Lejos de ser una celda fría, la habitación estaba decorada con pieles oscuras, cortinajes de terciopelo granate y una gran pila central de piedra donde el fuego crepitaba con fuerza, disipando cualquier rastro de frío. En el centro de la estancia, una tina de baño tallada en roca volcánica ya había sido llenada con agua humeante y pétalos aromáticos.
Sin mediar palabra, pero con una firmeza que no admitía réplica, las sirvientas ayudaron a Isabela a despojarse de sus ropas gastadas y su capa de viaje curtida por la nieve. La sumergieron en el agua caliente, un alivio tan profundo que por un segundo hizo que los hombros de la princesa se relajaran contra su voluntad. Lavaron el rastro de la ventisca de su piel, el polvo del camino y las lágrimas invisibles que se había negado a derramar.
Cuando salió, envuelta en toallas suaves, las sirvientas la sentaron frente a un tocador de obsidiana pulida. Mientras una de ellas comenzaba a cepillar con paciencia su larga melena negra, y otra le tendía un conjunto de finas telas y cueros finamente trabajados al estilo del imperio, el pesado sonido de las puertas al abrirse de golpe interrumpió la tranquilidad de la estancia.
Isabela levantó la vista hacia el espejo. En el reflejo apareció una mujer alta, de mirada altiva y una belleza salvaje, enfundada en un vestido rústico de corte vikingo hecho con pieles curtidas y detalles de metal oxidado que marcaban su estatus.
La recién llegada cruzó los brazos bajo el pecho y recorrió a Isabela de arriba abajo con una sonrisa burlona y cargada de veneno.
—¿Así que esta es la pequeña princesa que el señor compró? —soltó la mujer, con un tono despectivo que raspaba en la habitación—. Es mínima cosa... tan frágil que una sola ráfaga de nuestro viento la reduciría a cenizas. No entiendo qué vio en ella.
Una de las sirvientas que peinaba a Isabela detuvo el movimiento de inmediato, lanzándole una mirada de advertencia.
—Ya basta, Yanara. No molestes a la futura reina; el rey dio órdenes estrictas de prepararla.
Yanara soltó una carcajada seca, un sonido agrio que rebotó en las paredes de piedra.
—¿Futura reina? —escupió con odio, dando un paso al frente hasta invadir el espacio visual del espejo—. Nunca ocuparás ese lugar. El trono de Asgardia no es para niñas hambrientas del norte.
Isabela no se quedó callada. Con los ojos chispeando de ira, se puso de pie de un solo salto, enfrentando a la intrusa sin importarle que su cabello aún estuviera a mitad de arreglar.
—Y tú, ¿quién eres y por qué te molesta tanto mi presencia? —preguntó Isabela, con la voz templada por el orgullo y una frialdad que desconcertó a la otra mujer.
Yanara alzó la barbilla con suficiencia, hinchando el pecho.
—Yo soy la amante del rey —respondió con una arrogancia calculada—. Él siempre viene a mi cama. Tú no eres más que un cromo de cambio, un tratado de paz firmado con carne que él olvidará en cuanto se aburra de tu debilidad.
Isabela la miró fijamente, sin apartar los ojos ni un solo segundo, y dejó escapar una sonrisa cínica, cargada de una amargura afilada como un cuchillo.
—Pues entonces —replicó la princesa con total desdén—, debiste haber hecho algo mejor para evitar que me comprara a mí.
El eco de las palabras de Isabela pareció golpear la habitación como una bofetada física.
El rostro de Yanara se contrajo, perdiendo el rastro de superioridad en una fracción de segundo para dar paso a una furia tan ciega y visceral que sus facciones se tensaron. Nadie le hablaba así en los dominios de Asgardia, y mucho menos una princesa derrotada y vendida como mercancía.
—Maldita insolente... —siseó Yanara, dando un paso al frente con los puños cerrados, lista para abalanzarse sobre ella y arrancarle esa máscara de orgullo.
Pero antes de que pudiera dar otro movimiento, las dos sirvientas se interpusieron rápidamente entre ambas, bloqueando el paso de la amante con una rigidez profesional que delataba que cumplían órdenes estrictas del monarca.
—Basta, Yanara —advirtió la sirvienta principal, con una voz baja pero lo suficientemente firme como para recordarle las jerarquías del palacio—. El rey Malakor ha ordenado que la princesa sea respetada y preparada. Si causas un altercado aquí, las consecuencias no recaerán sobre ella, sino sobre ti.
Yanara se detuvo en seco. Sus ojos oscuros y rencorosos se clavaron en Isabela por última vez, echando chispas de pura hostilidad. Sabía que cruzar esa línea con las órdenes del Rey de Asgardia vigentes podía costarle caro, incluso a alguien que compartía su lecho.
—Disfruta de tu corta estadía en el nido, princesa del norte —escupió Yanara con veneno, dándose la vuelta con brusquedad y haciendo que las pieles de su vestido rústico oscilaran con furia—. El dragón se aburre rápido de los juguetes frágiles. Cuando se harte de ti, serás solo ceniza.
Las pesadas puertas de roble volvieron a abrirse y se cerraron de golpe tras su salida, dejando un silencio denso y cargado de electricidad en los aposentos.
Isabela exhaló un suspiro largo y tembloroso, aunque se obligó a mantener los hombros rectos. No iba a permitir que esa mujer la viera temblar. Había soportado el hambre, el frío y la traición de su propio padre; una amante celosa no iba a ser quien la quebrantara.
—Por favor, siéntese de nuevo, alteza —pidió la sirvienta con voz suave, retomando el cepillo con delicadeza—. Es mejor no ganarse enemistades en Asgardia tan pronto. El rey Malakor no es un hombre paciente.
Isabela volvió a sentarse frente al tocador de obsidiana, mirando su propio reflejo en el cristal oscuro. La ropa limpia y el baño caliente le habían devuelto algo de color a las mejillas, pero la chispa de rebelión en sus ojos brillaba con más fuerza que nunca.
—No busqué esta enemistad —respondió Isabela en voz baja, mientras las sirvientas terminaban de entrelazar finas tiras de cuero y metales oscuros en su larga melena negra—. Pero si el rey dragón cree que me ha comprado para tenerme sumisa y callada en una esquina, se va a llevar una gran sorpresa.
Poco después, la transformación estuvo lista. El vestido que le habían entregado era una obra de arte feroz: telas de un rojo profundo y negro carbón, ajustadas al cuerpo con detalles de metal tallado que evocaban la armadura de los guerreros del sur, dándole un aire de elegancia salvaje que combinaba a la perfección con la estética del imperio.
Apenas terminaron de ajustarle las últimas piezas, un golpe seco y autoritario retumbó en la puerta principal.
Una de las sirvientas abrió con rapidez. En el umbral no estaba Yanara ni un mensajero cualquiera, sino uno de los guardias personales de Malakor, con el rostro serio y la mirada fija.
—La cena del rey está servida —anunció el guerrero con voz ronca y marcial—. Y exige la presencia de su nueva esposa en el Gran Salón.