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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:400
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 1

Capítulo 1: Correr descalza

La tierra roja me abría las plantas de los pies a cada zancada y yo seguía corriendo.

No sabía hacia dónde. Hacia cualquier parte que tuviera un camino. El labio de abajo se me había vuelto a partir y la sangre me sabía a moneda vieja; los pulmones me raspaban como si alguien los estuviera lijando desde adentro. Detrás de mí, el motor de una camioneta subió de tono.

Dos días y dos noches sin agua. Eso era lo único que mi cuerpo sabía con certeza.

Tres días antes había sonado mi celular a las once de la noche. Era tío Horacio, con esa voz suya de tío que te compra el helado a escondidas de tu mamá: "Mija, tus papás tuvieron un accidente en la frontera sur. Están graves. Tienes que venir ya". Los teléfonos de mis papás mandaban a buzón. Saqué un boleto con la tarjeta de emergencias, aterricé en un aeropuerto de una sola pista donde el calor olía a diésel, y un hombre que se presentó como "el amigo de tu tío" me abrió la puerta de una camioneta y me dio una botella de agua fría. Me la bebí entera. Desperté en un cuarto negro, sin pasaporte, sin celular, sin cartera, con el vestido de tirantes rasgado hasta la cadera.

Y ahora corría con lo que quedaba de ese vestido pegado al cuerpo por el sudor.

La oportunidad había durado un parpadeo: un camión de redilas se llevó por delante la cerca del lado norte del patio y los de camuflaje corrieron hacia allá gritando. La reja de la casa negra se quedó abierta un momento. Cuatro salimos. A dos las tumbaron antes de cruzar el patio. A la tercera la oí caer a mis espaldas, con un grito corto que se apagó de golpe, y no volteé.

Yo era la única que llegó hasta donde se acababa el monte bajo. Luego se acabó también el suelo: una raíz, o un bejuco, me atrapó el tobillo y me fui de boca contra la tierra. El golpe me sacó el aire. Cuando levanté la cara tenía la boca llena de polvo rojo y, frente a mí, dos pickups cerrándome el paso con las luces encendidas a pleno día.

Se bajaron riéndose.

—Flaquita, pero corre como venado —dijo uno, con un acento que no era de ninguna parte que yo conociera.

—No está fea —dijo otro, y me alzó la barbilla con el cañón del rifle para mirarme mejor.

—Según la regla, a ese cuarto.

Me levantaron de los brazos. Yo no pesaba nada para ellos. Traté de clavar los talones y solo conseguí dejar dos surcos en la tierra, como los que deja un perro que no quiere entrar a la veterinaria. Uno de ellos me olió el pelo al pasar y dijo algo que no entendí. Los demás se rieron.

Lo único que importa es estar viva. No sé por qué se me vino esa frase justo entonces, con la voz de mi mamá, como una mano en la nuca. Dejé de clavar los talones.

El cuarto era de cemento, sin ventana, con una sola manguera enroscada en la pared como una víbora dormida. Ya había tres muchachas adentro, de pie, con la espalda contra la pared del fondo. Una tenía más o menos mi edad y un piercing en la ceja; otra tenía la boca hinchada; la tercera miraba el piso y no dejó de mirarlo en todo el tiempo que estuve ahí.

—Contra la pared. Ropa fuera.

El agua salió con tanta presión que me tiró contra el cemento. Estaba helada. Me pegó en la espalda, en las piernas, en la cara cuando me giré, y entonces hice algo que todavía me da vergüenza: abrí la boca. Abrí la boca contra el chorro como un perro contra una llave abierta y tragué, tragué agua con sabor a manguera y a óxido, hasta que el de la barriga se rio y me apuntó a los ojos para que la cerrara. Durante diez minutos no hubo nada más en el mundo que ese chorro y el ruido de mi propia respiración cortándose. La de la ceja lloraba. Yo no. Lo poco que acababa de tragar no me alcanzaba para eso.

Después nos aventaron unos vestidos blancos de algodón grueso, largos hasta el tobillo, que raspaban como costal. El mío me quedaba grande de hombros. Me lo puse con las manos temblando tanto que tardé tres intentos en encontrar el agujero de la cabeza.

El que mandaba en ese cuarto tenía una barriga que le colgaba sobre el cinturón y un radio en la mano. Nos habló como quien lee un aviso pegado en la pared.

—Las nuevas pasan delante de don Basilio. A la que él escoja le va bien: come, duerme en cama, la tratan como gente. La que no sabe agradecer, al cerro. —Hizo una pausa para que la palabra entrara—. Allá arriba hay perros. Ustedes deciden.

Nadie preguntó nada. Yo tampoco. Tenía la garganta tan seca que no habría podido.

Nos dejaron ahí. Las horas pasaron sin reloj, medidas por el cambio de luz debajo de la puerta y por los pasos afuera. Me senté en el piso mojado con las rodillas abrazadas y apoyé los labios partidos contra la tela del vestido, sobre la rodilla, porque el algodón absorbía la sangre y así no me la tragaba.

Mi papá usa guantes para cortar papel en la papelería y aun así siempre trae una curita en algún dedo. Mi mamá me manda stickers de la Virgen por WhatsApp aunque estemos en el mismo cuarto. Pensé en eso, no en ellos: en los guantes, en los stickers. En las cosas. Si pensaba en ellos me iba a romper, y en ese cuarto no había nadie que juntara los pedazos.

Vivir. Eso primero.

Si vivía, algún día iba a salir de ahí. Si salía, algún día iba a tener a tío Horacio enfrente. Y le iba a preguntar una sola cosa: ¿por qué? No para que me explicara. Para verle la cara mientras buscaba una respuesta.

Con eso me alcanzaba. Me lo repetí hasta que dejó de ser una frase y se volvió una cosa dura, chiquita, que podía guardar en algún lugar del pecho donde el chorro no llegaba.

La de la ceja se acercó arrastrándose y se sentó pegada a mi hombro.

—¿De dónde eres? —Lo dijo tan bajito que lo sentí más que oírlo.

—De la Narvarte. Ciudad de México.

—Yo de Puebla. Me dijeron que era un trabajo de edecán. —Se le quebró la voz en "edecán" y ya no siguió.

No le pregunté más. No quería saber su nombre, porque en ese cuarto los nombres eran una cosa que después dolía cargar. Temblaba tanto que me contagió el temblor, o quizá ya lo traía yo. Nos quedamos así, sumando dos fríos.

En algún momento uno de los de camuflaje abrió la puerta, nos miró de una en una como quien revisa un corral, y volvió a cerrar. La de la boca hinchada empezó a rezar entre dientes. La que miraba el piso siguió mirando el piso.

Afuera, los pasos cambiaron de ritmo. Corrían. Alguien gritó una orden y otro contestó con una risa. Pegué la oreja a la puerta de lámina.

—Llegó un invitado —decía uno—. El Basa lo está atendiendo arriba, en persona.

—¿En persona? ¿Y ese milagro?

—Cállate y ve por las nuevas.

Un invitado. Alguien a quien don Basilio atendía en persona. No supe si era peor o mejor que nada. Solo supe que mi cuerpo, sin pedirme permiso, se enderezó contra la pared, como si todavía hubiera algo en mí que quisiera que la vieran de pie y no en el piso.

La puerta se abrió y entró el calor de la tarde junto con el de la barriga y el radio.

—Las cuatro. Arriba. Al Basa le gusta que el invitado escoja primero.

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