Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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08
Ese día Adrián y su familia regresaban de sus vacaciones de fin de año. Habían pasado una semana entera allá. La licencia que Adrián había pedido en el trabajo estaba por terminar: pasado mañana debía presentarse en la oficina.
—Adrián, llama a Camila y dile que cocine algo rico. Así cuando lleguemos a la casa podemos comer de inmediato —ordenó doña Teresa.
—Sí, mamá.
Adrián marcó el número de su esposa. Estaban en el aeropuerto, esperando con tiempo de sobra: el vuelo no salía hasta la una de la tarde.
—Camila, ¿dónde estás? —preguntó en cuanto ella contestó.
—En la casa. ¿Qué pasó? —respondió Camila desde el otro lado de la línea.
—Hoy regresamos. No se te olvide preparar una buena comida, de la que le gusta a todos. Vamos a querer comer en cuanto lleguemos.
—Sí, claro. Yo también estoy esperando a que regresen —contestó Camila con un tono de voz rebosante de alegría.
—Bueno, espéranos en la casa. El avión sale a la una.
Adrián colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo.
—¿Qué te dijo, Adrián? ¿Camila está en la casa? —preguntó doña Teresa.
—Sí, mamá. Dijo que va a preparar comida para todos.
—Qué bien. Oigan, antes de irnos, ¡vamos a tomarnos una foto! —propuso Valeria.
Se tomaron fotos en distintas poses. A lo largo de la semana, Valeria había subido a sus redes sociales una cantidad enorme de fotos y videos de las vacaciones. Quería que todo el mundo viera que su familia viajaba a Cancún cada año.
Camila vio las fotos que Valeria publicó y esbozó una media sonrisa. Eso significaba que llegarían por la tarde. Si el avión despegaba a la una de Cancún, harían unas dos horas de viaje. Calculó que llegarían a la casa entrada la tarde.
—Disfruten los últimos minutos de sus vacaciones allá. Les aseguro que después de esto no van a volver a pisar ese lugar —murmuró Camila con una sonrisa.
Ya no aguantaba la espera. La primera sorpresa estaba lista para recibirlos. Volvió a concentrarse en su trabajo hasta que dieran las cuatro de la tarde, cuando terminaba su jornada. Revisó el teléfono: ninguna llamada ni mensaje. Eso significaba que todavía no habían llegado a la casa; probablemente estaban atorados en el tráfico.
Camila se fue directo a su departamento. Dejó el celular encendido a propósito y tampoco bloqueó ninguno de sus números. Quería escuchar con sus propios oídos la desesperación que estaban a punto de vivir.
Mientras tanto, Adrián y su familia viajaban en un taxi rumbo a la casa. Todavía no tenían idea de lo que les esperaba.
—Por fin llegamos. Estoy muerta, lo único que quiero es descansar —dijo Valeria cuando el taxi se detuvo frente a la reja.
El taxista bajó todo el equipaje y se marchó. Caminaron hacia la entrada y se quedaron mirando, extrañados: en el porche había un montón de cajas de cartón y bolsas negras de basura grandes.
—¿Qué es todo eso, mamá? —preguntó Valeria, frunciendo el ceño.
—¿Y Camila? ¿Por qué no sale a recibirnos? —dijo doña Teresa, desconcertada.
Estaban agotados y no tenían ganas de averiguar qué había en las cajas y las bolsas. Fueron directo a la puerta y la golpearon llamando a Camila.
—¡Camila, abre la puerta! ¡Estoy cansada y quiero descansar! —gritó doña Teresa.
Silencio. No hubo respuesta. La puerta seguía cerrada y no había señal de que alguien fuera a abrir.
—¡Camila, abre de una vez, no estoy para juegos! —bramó Adrián.
—¿Dónde se metió esa inútil? ¿Por qué no abre la maldita puerta? —bufó Valeria.
Adrián marcó al celular de Camila. La primera llamada se quedó sin respuesta, lo que lo enfureció todavía más.
—¿Y bien, Adrián? ¿Dónde está? —preguntó doña Teresa.
—Espera, mamá, le marco otra vez.
Adrián volvió a llamar. Camila contestó hasta la tercera vez.
—¡Camila! ¿Dónde estás? ¡Abre la puerta, ya estamos aquí afuera! —la increpó apenas escuchó su voz.
—¿Cuál puerta quieres que abra? —preguntó Camila con fingida inocencia.
—¡Pues la puerta de mi casa! ¿Qué otra va a ser? Abre ya, Camila, estamos cansados y queremos descansar.
—Si de verdad fuera tu casa, tendrías llave para abrirla tú mismo, ¿no crees? —contestó Camila con toda calma.
—Camila, deja de jugar. Abre la puerta o te va a pesar.
—¿Ah, sí? ¿Y qué me vas a hacer?
—¡Camila, abre la puerta ahora! ¡Quiero descansar, y si mi hija se enferma te voy a partir la cara! —intervino Valeria, arrebatándole el teléfono a su hermano.
—Valeria, tú ya estás casada y tienes marido. ¿No te cansas de vivir de arrimada en mi casa?
—¡Nuera ingrata y descarada! ¡Abre la puerta, quiero entrar! —ahora fue doña Teresa quien le arrancó el teléfono a Valeria.
—¿Quién es la descarada aquí, señora? ¿Yo, o todos ustedes que llevan años viviendo de gorra en mi casa?
—¡Camila, si no abres, voy a tirar esta puerta abajo! —amenazó Adrián, retomando el teléfono.
—Adelante. Pero vas a saber con quién te estás metiendo si le hacen algo a esa puerta.
—Camila, no me pongas a prueba.
Adrián colgó y empezó a patear la puerta con todas sus fuerzas. No tenía la llave de repuesto: la había dejado adentro cuando se fueron de vacaciones la semana anterior.