Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 24
La luz del alba apenas comenzaba a teñir el cielo de un gris dorado cuando el suave tintineo de las campanas del palacio anunció el inicio de un nuevo día. Elizabeth abrió los ojos de golpe, con la clara conciencia de que el tiempo corría en su contra. Solo tenía unas pocas horas antes de que el pequeño Lucas despertara y exigiera su atención habitual.
Se levantó de la cama con agilidad, se enfundó en un vestido sencillo de lino oscuro que le permitiera moverse con libertad y se ató el cabello en una coleta alta, asegurándose de que ningún mechón le estorbara en la tarea que le esperaba.
Al cruzar los pasillos desiertos hacia las cocinas imperiales, el aire fresco de la mañana le despejó los últimos vestigios de sueño. Cuando empujó las grandes puertas de roble, el calor del ambiente y el aroma dulzón de la harina y las especias la envolvieron de inmediato. La cocinera amable de la noche anterior ya la esperaba, habiendo despejado una pequeña mesa de trabajo y dispuesto cuencos de cerámica, tarros de miel dorada, bayas silvestres y mantequilla fresca.
—Llegas a tiempo —dijo la mujer con una sonrisa alentadora, entregándole un delantal limpio—. Los hornos auxiliares ya están calientes. Tienes todo lo necesario para hacer un pastel decente, pero tendrás que darte prisa si quieres que esté listo antes de que el príncipe despierte.
—Muchas gracias. No te defraudaré —respondió Elizabeth con determinación, arremangándose los vestidos.
Se puso manos a la obra con una concentración absoluta. Midió la harina, batió los huevos con la energía justa y mezcló la mantequilla con la miel, recordando las pocas veces que en su vida anterior había horneado algo con calma. Cada movimiento estaba guiado por el deseo genuino de ver una sonrisa auténtica en el rostro de Lucas.
Mientras el pastel se doraba lentamente en el interior del horno de piedra, llenando la cocina con un reconfortante aroma a vainilla y frutos horneados, Elizabeth se encargó de preparar un glaseado ligero y de decorar la superficie con las bayas silvestres, formando un patrón prolijo que, sin ser una obra de arte de la repostería real, desbordaba cuidado y cariño.
Justo cuando terminaba de colocar el último detalle, el sonido de unos pasos apresurados y risas infantiles resonó al otro lado de las puertas de la cocina.
—¡Nana! ¡Nana, ¿dónde estás?! —se escuchó la voz cristalina de Lucas recorriendo el pasillo.
Elizabeth contuvo la respiración, miró el pastel terminado con una sonrisa de triunfo y se apresuró a limpiar un poco de harina de su mejilla antes de que el pequeño príncipe abriera la puerta de empujón, buscando a su niñera favorita para comenzar el día de su cumpleaños.
Las puertas de la cocina se abrieron de par en par con un chirrido alegre, y la pequeña figura de Lucas apareció en el umbral. El príncipe llevaba el cabello ligeramente alborotado y una túnica de mañanera mal abrochada, la clara evidencia de que se había escapado de su aya personal en cuanto abrió los ojos.
Al ver a Elizabeth de pie junto a la mesa de trabajo, el niño detuvo su carrera y frunció el ceño, curioso, mientras sus ojos se desviaban inmediatamente hacia el pequeño pastel decorado con bayas silvestres que reposaba sobre la tabla de madera.
—¡Nana! Te estuve buscando por todas partes —reclamó Lucas, acercándose a grandes zancadas con una mezcla de reproche y asombro infantil—. ¿Qué haces aquí tan temprano? ¡Y huele increíble!
Elizabeth se arrodilló para quedar a la altura del príncipe, limpiándose el resto de harina de las manos con un paño y esbozando una sonrisa cálida que disipaba todo el cansancio de la madrugada.
—Feliz cumpleaños, mi pequeño príncipe —susurró Elizabeth con dulzura, extendiendo los brazos para dejar al descubierto la modesta pero amorosa creación que había horneado para él.
Los ojos de Lucas se abrieron de par en par, brillando con una intensidad genuina. Olvidando por completo cualquier rastro de queja, el niño dio un pequeño aplauso ahogado y se inclinó para examinar el pastel de miel y frutos rojos.
—¿Es... es para mí? —preguntó Lucas con un hilo de voz, como si le costara creer que alguien se hubiera tomado la molestia de hacer algo tan especial solo para él en un palacio donde todo solía ser frío, protocolario y distante.
—Hecho especialmente para ti, con mis propias manos —afirmó Elizabeth, acariciándole con suavidad la cabeza—. Sé que en la corte habrá banquetes enormes y regalos caros, pero quería que tuvieras algo hecho con verdadero cariño.
Sin poder contener la emoción, Lucas se lanzó a los brazos de Elizabeth, rodeándole el cuello con fuerza y apretando su pequeña carita contra el hombro de la niñera.
—¡Es el mejor regalo del mundo, Nana! ¡Nadie nunca me había horneado un pastel! —exclamó el niño con la voz un poco ahogada contra la tela de su vestido.
A pocos pasos de distancia, la cocinera que la había ayudado observaba la escena con una sonrisa cómplice y los brazos cruzados sobre el delantal, mientras las demás sirvientas asentían con aprobación silenciosa.
Pero la paz de aquel tierno momento se vio interrumpida de golpe cuando el pesado eco de unas botas militares resonó en el pasillo exterior. Los pasos eran firmes, pesados y autoritarios, acercándose a la cocina con una velocidad que heló la sangre de todos los presentes.
Lucas se separó ligeramente de los brazos de Elizabeth, parpadeando con sorpresa, justo en el momento en que las puertas se abrieron por completo para revelar la imponente figura del emperador Vinicius, quien cruzaba el umbral con el rostro tan serio y enérgico como el acero templado de su corona.