Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 16
Capítulo 16 — Solo en Panamá
Salió del edificio de cristal media hora después con esa calma de quien nunca corre, porque el mundo lo espera a él. Yo seguía en el coche, la leona de metal clavada en la palma, con la cabeza hecha un nudo de embajadas y horarios. Él abrió la puerta, me miró, y lo primero que hizo no fue hablar del reloj que, según él, corría. Fue levantar del piso del coche la bolsa que yo había dejado caer sin querer.
Era una bolsa que él había mandado comprar esa mañana, de una marca que yo solo conocía de los aparadores por los que se pasa de largo. Me la había puesto en las manos como se le da un juguete a un niño para que se calle, y yo la había soltado en el asiento sin abrirla siquiera.
—Se te cayó —dijo, y me la colgó del hombro él mismo, acomodándome la correa con dos dedos.
—No la quiero —le dije—. No es mía.
—Ahora es tuya. —Cerró la puerta de mi lado—. Y se te ve bien.
—A mí no me…
—Se te ve bien —repitió, sin levantar la voz, mirándome como se mira una cuenta ya saldada— porque yo lo digo. Aquí lo que yo digo que está bien, está bien. Vas a tener que acostumbrarte, Ana.
Cada vez que decía mi nombre —el de verdad, el que le había escondido con tanto cuidado— era como si me tocara sin manos. Me tragué la respuesta y me colgué la maldita bolsa. Escoger mis peleas también era sobrevivir.
Caminamos un tramo. Panamá al caer la tarde era un río de gente, de idiomas, de bocinas, y yo iba midiéndolo todo con el rabillo del ojo: aquella esquina, aquel letrero de banco, la boca del metro. En algún lugar de esa ciudad había un consulado con la bandera verde, blanca y roja de mi país, y detrás de esa bandera, alguien que pudiera decir mi nombre en un teléfono y hacer que existiera otra vez.
Fue entonces cuando pasó la moto.
Vino pegada a la banqueta, rápida, y el de atrás estiró el brazo hacia mi bolsa nueva. Ni lo pensé: apreté la correa. Pero antes de que el tirón me arrancara del piso, Dante ya se había movido. No corrió. Dio un paso, un solo paso largo, y con el pie enganchó la rueda de atrás. La moto se fue de lado con un chirrido, los dos hombres rodaron sobre el asfalto, y de las sombras de un portal salieron, de la nada, dos tipos de traje que yo no había visto en toda la tarde y que se los llevaron sin una palabra, sin un policía, sin que nadie en la calle levantara siquiera la cabeza.
Dante se sacudió el polvo del zapato.
—En esta ciudad —dijo, tranquilo— nadie te toca lo que es mío. Ni una bolsa.
Lo dijo por la bolsa. Yo entendí que lo decía por mí.
Cenamos en un piso altísimo, con la ciudad tendida abajo como un mantel de brasas. Él comió poco y habló menos; yo comí menos y calculé más. Contaba las salidas del restaurante, los rótulos de la avenida, el hombre de traje que fingía leer el periódico dos mesas más allá y que era, sin duda, uno de los suyos. Aprendí esa noche algo que no se me olvidó nunca: que en el mundo de Dante nunca estás sola aunque no veas a nadie, que siempre hay una sombra sentada dos mesas más allá, y que el que crea que está libre es el que todavía no ha aprendido a mirar.
A las tres de la mañana, tal como lo había jurado, se fue.
No hubo despedida. Un mensaje a Saúl, un coche negro en la puerta del hotel, y él en el umbral de la suite abotonándose el saco. Me miró desde allá, con la ciudad ardiendo detrás del vidrio.
—Un día —dijo—. El reloj sigue corriendo.
Y se fue a Almanegra, y me dejó sola en la torre más alta de Panamá con una tarjeta que podía mover a media ciudad. Apostando —yo lo sabía, lo sabía perfectamente— a que no iba a atreverme.
Y ahí, por fin sola, me senté en el borde de esa cama del tamaño de mi cuarto entero y me obligué a pensar con la cabeza fría, como me había enseñado la vida y no él.
Podía correr. Tenía la leona, tenía horas, tenía una ciudad de verdad. Pero la tarjeta era suya: cada peso que gastara, cada puerta que tocara, iba a dibujarle en una pantalla el mapa exacto de mi huida. No conocía a nadie. No tenía un solo apellido que fuera palanca. Y aunque lograra subir a un avión —¿a dónde?—, él sabía el nombre de mi pueblo, la calle de mis padres, el color de la lancha de mi papá. Correr ya no era jugarme mi pellejo. Era jugarme el de ellos.
Así que decidí quedarme.
Y quiero que quede claro, porque nunca antes había sido así: no me quedé porque me tuvieran encerrada. Esa noche la puerta estaba abierta de par en par. Me quedé porque yo, Ana, calculando fríamente, decidí que era más listo quedarme, ganarme su confianza, aprender el terreno y correr después, cuando corriera de verdad y no como un gato al que le tiran el ovillo para verlo jugar. Por primera vez en mucho tiempo, la jaula fue una decisión mía. Eso, por pequeño que suene, me devolvió algo.
Me duró poco el orgullo.
A la media hora empezó a revolvérseme el estómago. Había comido en un puesto de la calle, unas empanadas que olían a gloria y a libertad, y el cuerpo, que no entiende de estrategias, me pasó la factura. Vomité hasta el alma. Después vino lo otro, y la fiebre, esa fiebre baja y terca que te deja los huesos de trapo. Me arrastré a la cocineta de la suite, puse agua a hervir y le eché unas rodajas de jengibre que encontré en la canasta de frutas, porque eso hacía mi mamá, Amparo, cuando de niña me caía mal el mar: té de jengibre y una mano en la frente.
No había mano en la frente. Había una ciudad de ocho millones de luces y ni una sola cara conocida.
Me acurruqué en el piso frío de mármol, abrazándome las rodillas, esperando que pasara. Y en la fiebre se me vinieron todos de golpe: Chato, el perro guardián de la casa, el único paciente que había operado en mi vida, moviendo la cola torcida. Copo, la bolita blanca de mi mamá, durmiendo en el hueco de mis piernas. Los domingos de misa y de caldo. Y Yesi. Yesi riéndose, Yesi enseñándome el folleto del viaje gratis, Yesi cruzando conmigo la frontera. Si de veras había sido ella la que me vendió, entonces yo no lloraba a una muerta: lloraba a una traición. Y no supe qué dolía más, si el estómago o eso.
Estaba así, doblada, con una arcada seca que ya no tenía nada que sacar, cuando el teléfono se encendió en la mesita.
Era un aviso de la tarjeta. Un cargo, automático, del hotel. La leona seguía despierta aunque yo me estuviera muriendo en el piso.
Y mirando esa pantalla se me ocurrió algo. Algo que me sacaría de esa suite y de esos fantasmas, que me despejaría la cabeza, y que —de paso, la muy calculadora que soy hasta cuando estoy verde de fiebre— le dejaría a Dante una constancia clarísima, un rastro imposible de discutir, de que yo, teniendo el día entero y el mundo abierto, no había huido.
Me levanté del piso como pude. Me lavé la cara. Y agarré la leona.