Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 15: NO VINIERON A SALVARNOS
Pasaron las cuarenta y ocho horas exactas, minuto a minuto, segundo a segundo, desde que aquella voz salió de la radio vieja y nos prometió el cielo, y en todo ese tiempo el reloj dentro de mi cabeza no dejó de correr ni una sola vez, marcando cada instante que nos acercaba más al momento en que la mentira tendría que salir a la luz por fuerza. Para los otros, cada hora que pasaba era una hora menos de infierno, un paso más cerca de la vida que habíamos perdido; para mí, cada tic tac era un número más en la cuenta regresiva hacia la emboscada que yo sabía que estaba ahí, esperando, oculta entre el ruido del mar y el viento que movía la copa de los árboles gigantes. Había pasado dos noches casi sin dormir, sentado en la entrada del refugio mirando la oscuridad, revisando una y otra vez los mismos cálculos, trazando rutas, midiendo distancias, imaginando todas las formas en que podían atacarnos y todas las formas en que podríamos salir vivos de aquello, y sin embargo, en el fondo, muy hondo, guardaba una esperanza diminuta, casi vergonzosa, de que esta vez yo estuviera equivocado, de que todos mis números y mis patrones se hubieran equivocado, de que al final fuera verdad, de que realmente vinieran por nosotros. Pero la mente no miente, y los números nunca engañan. Yo sabía lo que venía. Solo faltaba ver con qué cara se presentarían.
Amanecimos el día veinticuatro con un cielo azul muy claro y limpio, de esos que solo se ven en lugares donde el aire no ha sido tocado nunca por el humo de las ciudades, y por primera vez en casi un mes no hubo ni llovizna, ni nubes bajas, ni esa niebla espesa que suele cubrir la costa de la isla desde el amanecer. Fue como si el propio paisaje quisiera colaborar con la farsa, como si el escenario mismo se hubiera arreglado solo para hacer más creíble la mentira que nos esperaba allá abajo, en la orilla de arena oscura y piedras redondas donde habíamos llegado flotando entre los restos del autobús destrozado, hacía ya casi un mes. Desde que salió el sol nadie pudo quedarse quieto ni cinco minutos seguidos. Se peinaron con los dedos, se limpiaron la cara y el cuello con trapos mojados en agua de lluvia, se acomodaron la ropa rota y sucia como si con eso pudieran borrar de golpe veinticuatro días de hambre, frío, miedo y muerte. Álex no dejaba de mirar su reloj de pulsera, el que ya no marcaba la hora correcta desde el primer día, pero que él seguía consultando una y otra vez como si de él dependiera todo. Bruno revisó por décima vez la pequeña mochila con lo poco que nos quedaba de provisiones, atando y desatando los nudos de la cuerda. Mia llevaba en la mano el collar pequeño de plata que siempre usaba y que había perdido la primera semana, y que habíamos encontrado entre las rocas dos días atrás, apretándolo fuerte contra el pecho sin darse cuenta. Leo caminaba de un lado a otro en silencio, mirando hacia abajo, hacia la línea blanca de la espuma que rompía una y otra vez contra la orilla, y de vez en cuando me lanzaba una mirada rápida y disimulada, la misma que me había clavado en la sala de comunicaciones el día que la viga cambió de dirección en el aire. Él no sabía nada concreto, no tenía pruebas, ni números, ni explicaciones, pero algo en su instinto le decía que algo no encajaba del todo, que algo grande y peligroso se ocultaba detrás de tanta felicidad.
—Ya deberían estar aquí —dijo Álex por fin, con la voz temblorosa de la emoción, apoyando ambas manos en la roca más alta del cerro y mirando con todas sus fuerzas hacia el horizonte infinito del mar—. Dijeron cuarenta y ocho horas exactas. Ya pasaron. Cualquier momento los veremos.
Y en ese preciso instante, justo cuando terminó de hablar, lo oímos. Primero muy lejos, casi imperceptible, mezclado con el sonido constante del viento y las olas, luego cada vez más fuerte, más grave, más potente, llenando todo el aire alrededor, haciendo vibrar las piedras bajo nuestros pies: el ruido profundo y rítmico de hélices de motor girando a toda velocidad. Levantamos la vista todos al mismo tiempo hacia el cielo azul brillante, y allí, saliendo de entre la luz del sol que cegaba la mirada, aparecieron primero dos, luego tres, luego cinco siluetas grandes y oscuras de helicópteros que volaban en formación perfecta, bajando poco a poco de altura y dirigiéndose directo hacia la playa. Al mismo tiempo, desde la curva del acantilado que cortaba la vista hacia el norte, salieron cortando el agua tres lanchas rápidas de color gris oscuro, moviéndose a gran velocidad y dejando detrás una estela blanca y larga sobre la superficie del mar.
Gritaron los cuatro a la vez, tan fuerte que se les quebró la voz de la emoción. Corrieron cuesta abajo por el sendero pedregoso sin cuidado de resbalar o caer, saltando piedras, esquivando troncos y maleza, con los brazos levantados muy por encima de sus cabezas, riendo y llorando al mismo tiempo, gritando que estábamos aquí, que éramos nosotros, que por fin habían llegado. Yo corrí con ellos, me moví al mismo ritmo, levanté también los brazos y grité lo que todos gritaban, por fuera igual que ellos, por dentro con cada músculo del cuerpo en tensión máxima, cada sentido alerta al cien por cien, la mente desglosando cada detalle, cada forma, cada movimiento, cada número que aparecía ante mis ojos mientras bajábamos. Los helicópteros no tenían marcas claras de ninguna fuerza oficial, ni banderas grandes, ni colores que reconociera de instituciones de rescate. Las lanchas iban demasiado cerradas, demasiado coordinadas, con el comportamiento táctico de unidades de seguridad y no de equipos médicos o de salvamento. Y aun así, hasta ese último segundo, seguí deseando con todas mis fuerzas estar equivocado.
Llegamos jadeando, con el pecho ardiendo y las piernas temblorosas, hasta la orilla misma de la arena húmeda, justo donde la espuma del mar llegaba y se retiraba una y otra vez. Los aparatos aterrizaron en la zona más ancha y plana de la playa levantando una nube inmensa de arena, polvo y viento que nos obligó a taparnos la cara con los brazos, y las lanchas encallaron suavemente sobre la orilla pocos segundos después. Bajaron de ellos hombres de estatura grande, fornidos, vestidos todos igual con uniformes de color verde muy oscuro, cascos, chalecos tácticos y armas largas colgadas al hombro, con la mirada seria, fría y calculadora, moviéndose con pasos rápidos, ordenados y secos, sin prisa innecesaria pero sin perder ni un instante. Se acercaron a nosotros en silencio, formando un semicírculo alrededor, y uno de ellos, el que iba delante y que por los galones y la forma de actuar era el jefe, dio un paso al frente con una tableta electrónica reforzada en la mano y nos habló con voz neutra, plana y totalmente desprovista de emoción, diciendo que todo estaría bien, que ya estábamos a salvo, que venían a sacarnos de allí, que solo debíamos seguir sus instrucciones y obedecer en todo lo que dijeran.
Nos dieron frazadas gruesas y secas, botellas de agua fría con el sello intacto, vendas para las heridas más visibles, y por unos instantes, muy breves, incluso yo dudé de mis propios cálculos, incluso yo pensé que quizás después de todo hubiera un error, que quizás la empresa se había visto obligada a enviar ayuda real por la fuerza de las circunstancias. Pero entonces el hombre del frente se giró unos segundos para dar una orden a uno de sus subordinados, y al moverse el viento levantó la solapa de su chaqueta táctica, y por una fracción de segundo vi perfectamente claro, cosido en la manga del uniforme y pintado por encima con pintura del mismo color para ocultarlo, pero aún perfectamente reconocible para quien sabía lo que buscaba, el símbolo de doble hélice estilizada dentro de un hexágono: **EL LOGO DE GENEVOLUTION**.
El suelo se movió bajo mis pies. No era rescate. Nunca lo había sido. Eran mercenarios. Un equipo de intervención privada pagado y enviado por la misma empresa que nos había condenado al olvido desde el primer momento, que había creado todo aquello, que había torturado a las criaturas, que había escondido el error administrativo bajo capas y capas de secretos y mentiras. Su misión no era traernos a casa. Su misión oficial escrita en esos papeles que yo había visto en los archivos parciales era muy distinta: recuperar ejemplares vivos de las especies más valiosas, destruir y borrar toda prueba física, documental y digital que demostrara que el Proyecto Crepúsculo había existido jamás, y **ELIMINAR A CUALQUIER TESTIGO HUMANO QUE HUBIERA PERMANECIDO DENTRO DE LOS LÍMITES DE LA ISLA**. Nosotros éramos lo último que les faltaba por borrar.
Y fue justo en ese momento, cuando yo acababa de conectar la última pieza del rompecabezas en mi cabeza y el frío helado de la verdad me recorría la espalda entera, cuando vimos salir caminando con total tranquilidad desde la rampa de la lancha mayor, junto a dos hombres armados, a una persona que conocíamos muy bien, a quien habíamos encontrado débil y herido escondido dentro de una tubería de drenaje hacía ya más de una semana, a quien habíamos compartido nuestra comida, nuestra agua, nuestro refugio y nuestro calor, a quien habíamos curado las heridas y protegido de las bestias noche tras noche: **JAVIER**, uno de los pocos empleados de mantenimiento que habían logrado sobrevivir al desastre inicial. No estaba herido, no estaba débil, no tenía miedo. Caminaba erguido, tranquilo, y en cuanto nos tuvo delante levantó el brazo y nos señaló a los cinco con el dedo índice, mirando directamente al jefe del equipo, y dijo con total naturalidad, como si estuviera diciendo el nombre de unas cajas o unas herramientas y no a cinco personas que le habían salvado la vida:
—Esos son. Son todos los que quedan. No hay nadie más.
El silencio que cayó entonces sobre la playa fue mucho más pesado, mucho más frío y mucho más doloroso que cualquier silencio que habíamos vivido hasta ese día. Los cuatro se quedaron mudos, paralizados, con las frazadas todavía medio puestas y las botellas de agua cayendo despacio de sus manos a la arena, sin poder creer lo que acababan de ver y oír con sus propios ojos y oídos. La traición no dolía solo por el hecho en sí, dolía porque venía de alguien a quien habíamos dado todo lo poco que teníamos, alguien a quien habíamos considerado uno de los nuestros, alguien por quien habíamos arriesgado la vida más de una vez sin pensarlo dos veces. Álex fue el primero en reaccionar, dando un paso al frente con los puños apretados con fuerza y la voz rota de rabia contenida, gritándole que cómo era capaz, que lo habíamos salvado, que le habíamos dado de comer y de beber cuando nadie más lo habría hecho, que éramos los únicos que le habíamos dado una oportunidad de seguir vivo. Javier solo bajó la mirada un instante, movió los hombros con indiferencia y respondió en voz baja, con una verdad desnuda y cruel que nos partió el alma a los cinco: él solo quería vivir, y nadie, absolutamente nadie del mundo exterior iba a venir jamás por nosotros; hacer el trato con ellos era la única forma real que tenía de salir de allí con vida, y cada uno en el fondo haría exactamente lo mismo si estuviera en su lugar.
Antes de que nadie pudiera decir ni una palabra más, uno de los mercenarios levantó el arma y disparó dos veces al aire, el ruido seco y fuerte retumbó contra la pared de roca del acantilado y nos obligó a quedarnos todos quietos de golpe. El jefe dio la orden de esposarnos y de llevarnos de inmediato hacia la zona de contención temporal que habían instalado en los edificios del sector administrativo, y dijo con total calma que nadie sufriría siempre y cuando obedecieran sin oponer resistencia de ningún tipo. Pero en el mismo instante en que dos de los hombres dieron un paso hacia nosotros para agarrarnos, se oyó desde el borde de la selva, muy cerca, a escasos cincuenta metros de donde estábamos todos, el sonido seco y característico de ramas gruesas rompiéndose bajo un peso inmenso, y luego otro, y otro más, cada vez más cerca, más numerosos, más fuertes.
Salieron de entre la vegetación densa y oscura primero en silencio, moviéndose con una coordinación y una velocidad que ninguno de nosotros habíamos visto hasta entonces: tres **RAPTORES SOMBRA**, delgados, rápidos y letales, salieron de entre los árboles como sombras vivas y saltaron sobre los tres mercenarios que estaban más alejados del grupo principal antes de que cualquiera de ellos pudiera siquiera cambiar el seguro de sus armas. Los gritos y los disparos estallaron de golpe todos al mismo tiempo, llenando la playa de ruido, humo y olor a pólvora quemada. Desde el cielo bajaron en picada los **PTERANODONES**, golpeando con las alas y las garras afiladas como cuchillos a los tripulantes que aún estaban dentro de los helicópteros, haciendo que uno de ellos perdiera el control y chocara contra la ladera del cerro en una enorme bola de fuego y humo negro que subió muy alto hacia el cielo azul. Del mar salió con fuerza brusca y estruendosa la silueta enorme del **SPINOSAURUS MUTANTE**, rompiendo de un golpe el casco de una de las lanchas y hundiéndola en cuestión de segundos entre las olas revueltas. Y desde el camino ancho que bajaba directo desde el interior de la isla, con pasos pesados y rítmicos que hacían temblar la arena bajo nuestros pies, avanzó imponente, tranquilo y aterrador el **T‑REX ALFA**, de quince metros de largo, cargando todo el peso de su cuerpo y de su ira acumulada durante décadas, y cargó de frente contra los vehículos ligeros y los grupos de hombres armados, destrozando todo lo que encontraba a su paso con una furia que nada ni nadie parecía capaz de detener.
Y lo más extraordinario, lo que heló la sangre incluso a los mercenarios entrenados para el combate y el peligro, fue que en medio de todo aquel caos, de todos los disparos, los rugidos, los gritos y la destrucción absoluta, **NINGUNA DE LAS CRIATURAS NOS ATACÓ A NOSOTROS NI UNA SOLA VEZ**. Pasaron a centímetros de nosotros, corrieron alrededor nuestro, saltaron por encima de nuestras cabezas, rugieron y pelearon con una furia aterradora, pero siempre dirigieron cada golpe, cada mordisco, cada embestida exclusivamente contra los uniformados, contra los hombres de GenEvolution, contra quienes reconocían como los verdaderos enemigos, los mismos que las habían encerrado, lastimado, torturado y tratado como cosas durante toda su existencia. Nosotros nos quedamos parados en el centro mismo de la batalla, intactos, sin un solo rasguño nuevo, mirando todo ocurrir alrededor como si fuéramos invisibles para ellas, o como si de alguna forma, muy profundo, supieran que nosotros no éramos los culpables de nada de aquello.
Javier intentó correr de regreso hacia la única lancha que aún quedaba a flote y con el motor en marcha, gritando que lo esperaran, que él había cumplido su parte del trato, pero no llegó ni a la mitad del camino. Dos de los raptores lo cortaron el paso desde los lados saliendo de entre la sombra de los árboles, y lo que ocurrió después fue rápido y silencioso. Nadie gritó por él. Nadie sintió lástima. Nadie movió un dedo para ayudarlo. Había elegido su camino, y el camino lo había cobrado.
Aprovechamos el momento exacto en que la línea de fuego se rompió por el ataque del T‑Rex que arrasó con la posición central, y corrimos los cinco de espaldas al mar, directo hacia la boca del sendero que se adentraba de nuevo en la selva espesa y oscura, lejos de la playa, lejos de las armas, lejos de la mentira del rescate. Corrimos con los pulmones ardiendo, sin mirar atrás, sin detenernos, sin hablar, sabiendo perfectamente lo que aquello significaba de una vez por todas, sin lugar ya a dudas ni esperanzas falsas: el Estado lo sabía, la empresa lo sabía, las autoridades lo sabían, y desde el mismo instante en que el autobús se salió de la carretera y cayó al mar, **HABÍAN DECIDIDO TODOS JUNTOS QUE NINGUNO DE NOSOTROS SALDRÍA CON VIDA DE AQUÍ**.
Corrimos hasta que las piernas ya no nos respondieron, hasta que el ruido de los disparos y los rugidos se quedó muy atrás, amortiguado por la densidad de los árboles y la distancia, y nos dejamos caer sentados sobre la tierra húmeda, jadeando con fuerza, con el sabor amargo de la traición todavía en la boca. Allí, en el silencio verde y oscuro del bosque profundo, entendimos la lección más dura y definitiva que la isla nos había dado hasta ese momento: las bestias grandes, con dientes afilados y garras enormes, daban miedo, sí, podían matar en un instante, sí, pero al final del día solo actuaban por instinto, por hambre o por defensa. **EL VERDADERO MONSTRUO SIEMPRE HABÍA SIDO EL SER HUMANO**. El que planea, el que miente, el que traiciona a quien le dio la mano, el que juega con vidas ajenas desde un escritorio cómodo y seguro a miles de kilómetros de distancia, el que es capaz de borrar a cinco adolescentes de la faz de la tierra solo para proteger un secreto y un montón de dinero.
La luz del día empezó a caer poco a poco entre las ramas altas, anunciando que la noche volvía a llegar, y por primera vez desde que todo empezó, nadie dijo nada sobre volver a la playa, nadie dijo nada sobre esperar ayuda, nadie mencionó helicópteros ni lanchas ni rescate de ningún tipo. Sabíamos ya la verdad completa. Nadie venía. Nadie vendría nunca. Si íbamos a salir vivos de aquel infierno alguna vez, **SOLO LO HARÍAMOS POR NOSOTROS MISMOS**. Y para lograrlo, primero tendríamos que hacer algo que ninguno se había atrevido a pensar en voz alta hasta ese momento: dejar de correr y esconderse, y empezar a pelear de verdad.
Muy lejos, allá en la playa todavía llena de humo y fuego, volvió a sonar el rugido grave y profundo del T‑Rex Alfa, largo y potente, que esta vez no sonó como amenaza ni como ira. Sonó como una victoria.
saludos.